viernes, 23 de mayo de 2014

Aida y Clara



Aida Avella y Clara López van por la Presidencia de Colombia.



Aida y Clara
 

No creo en la paz de Santos, la de los sepulcros, la de los falsos positivos, la de las multinacionales que explotan tranquilas la riqueza patria y la dignidad de la gente; detesto el fascismo que se esconde tras Zuluaga, ese que creó el paramilitarismo, vive del narco y hace de la muerte la fuente principal de sus riquezas; no creo en Martha Lucía Ramírez, porque con ella están los dueños de la tierra, los latifundistas milenarios que unidos a la iglesia han deshonrado la grandeza patria; no creo en Peñaloza, por pusilánime, porque al final no hay nada serio que lo diferencie ni de Santos ni de Uribe. Creo en Aida Avella, creo en la Esperanza, creo en su valentía y en su coherencia; creo en Clara López, porque ha aprendido de los errores, porque supo superar a buena hora el dogmatismo que la tenía secuestrada en su despacho de Teusaquillo y se la jugó por las calles, las plazas y la gente del común, la carne y el hueso de un país que quiere decencia, dignidad, democracia real, honestidad y paz verdadera. 


Si algún colombiano quiere agua, territorios, naturaleza viva, pero  vota por Santos, habrá decidido por la muerte y la desolación; si alguien quiere tranquilidad, trabajo decente, prosperidad, pero vota por Zuluaga o por Ramírez, habrá decidido por la miseria, por el atraso, por el hambre. Si alguien quiere cambios, pero vota por Peñaloza, habrá decidido aplazar la oportunidad de las trasformaciones. Yo quiero agua, parques, bosques, selvas, vida, empleo decente, trabajo honesto, pan en nuestra mesa, cambios de fondo, paz duradera, por esa razón Voto por Clara, voto por Aida. 

lunes, 14 de abril de 2014

El Nacional-Chovinismo


El Nacional-Chovinismo

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Por: Mauricio Rodríguez Amaya



 
En épocas en que nos considerábamos inferiores o iguales, por debajo de nuestra verdadera condición humana, aceptamos inscribirnos en ese despreciable sistema interamericano de protección de Derechos Humanos;  ese sistema defiende  intereses de quienes sin el alcance de nuestra cultura, pretenden ponerse a nuestro nivel sin que ni su sangre ni su intelecto los legitime



Cada vez más solos, más puros, más nacionales; las instancias de justicia internacional desaparecen ante nuestros ojos como si nunca hubieran existido, para bien de nuestras propias verdades. Cada vez estamos más convencidos de nuestro propio destino manifiesto, imbuidos en nuestras locomotoras que llevan el progreso del subsuelo al puerto sin hacer ninguna parada cerca a nuestras casas. Cada vez más solos, más nacionales, más orgullosos de nuestra felicidad a borbotones, la misma que nos permite ganar premios de sonrisas año tras año, mientras las lágrimas se ocultan para mejorar el paisaje. Entre más pobres y miserables más engreídos de nuestro rotundo éxito en la brega por alcanzar el tan prometido paraíso; entre más nacionales más seguros de no hacer parte de esa plebe que contagia democracias por todo el continente en contra del deseo de los verdaderos propietarios del progreso. Esa es la fuente de nuestro renovado nacional-chovinismo, el que predica nuestro honorabilísimo Señor Presidente, heredero legítimo de Chauvin, muestra incólume de nuestra más noble pureza intelectual, referente contemporáneo de la justicia y del derecho.   

El Nacional-Chovinismo permite defendernos incluso de nosotros mismos: hace algunos años, cuando no teníamos conciencia de nuestra prolífica pureza intelectual, algunos manzanillos diplomáticos firmaron el Pacto de Bogotá; invitaron cancilleres y diplomáticos de culturas menos desarrolladas y por error y por desgracia, nos rebajamos a su nivel. En abril de 1948 nos sometimos a un requerimiento injusto con nuestro portentoso origen superior nacional; aceptamos que las controversias con nuestros vecinos serían resueltas, sin más mediación  ni dilaciones, por la Corte Internacional de Justicia de la Haya; nada más deshonroso para nuestra sangre y nuestro intelecto que someternos como iguales con pueblos inferiores, vecinos pero inferiores; para bien de nuestra superioridad nacional, nuestro Presidente y Guía Supremo, ha decidido que ese famoso Pacto de Bogotá no existe y nunca debió haber existido; ha optado por retirarnos de semejante oprobio para imponer ante nuestros ojos nuestra voluntad superior, por encima de todo esquema que limite nuestras infinitas condiciones principales.

El Nacional-Chauvinismo nos protege de los estertores democráticos que a nombre de una supuesta justicia internacional vienen imponiendo culturas despreciables e impuras; En épocas en que nos considerábamos inferiores o iguales, por debajo de nuestra verdadera condición humana, aceptamos inscribirnos en ese depravado sistema interamericano de protección de Derechos Humanos;  ese sistema defiende  intereses de quienes sin el alcance de nuestra cultura, pretenden ponerse a nuestro nivel sin que ni su sangre ni su intelecto los legitime; llaman derechos humanos a las degradaciones de pueblos infectos, a las limitaciones de gentes confinadas, a las inmundicias de culturas basabas en democracias contaminantes; Algunos nacionales de miserable cuño, han acudido a esas cortes roñosas para intentar detener nuestro futuro superior, incluso esas cortes han pretendido emitir decisiones contra nuestra razones de justicia, irrumpiendo abusivamente la superioridad de nuestro sistema jurídico, cuestionando el poder de nuestras autoridades nacionales, constituidas por la Fe Católica y por la pureza de la Raza, llamadas a protegernos de las desviaciones de quienes por error acceden a los puestos de poder que están destinados para nuestros machos y ricos más ilustres y poderosos. Sirva de ejemplo el caso Petro, ese semihombre minúsculo que promovió, para vergüenza de nuestro orgullo nacional, un proceso contra nuestro Estado ante una Comisión Interamericana. De nuevo, el Conductor de la Patria, cortó de un tajo semejante vagabundería e impuso lo que la verdad exige: que esa Comisión Interamericana no existe, que esa decisión pervertida de proteger a Petro no existe, que ese señor Petro nunca debió haber asumido un cargo de Alcalde porque esos asientos están destinados para hombres puros, dignos del poder, representantes de toda nuestra orgullosa estética nacional.

Ni las Cortes de la Haya existen, ni el Sistema interamericano existe, ni siquiera nuestros vecinos existen a los ojos de nuestro ilustre Presidente. Solo existimos nosotros y nuestras verdades, nuestro orgullo nacional y superioridad histórica; En el mundo existen dos tipos de seres humanos: nosotros, los de supremacía demostrada, y los demás, los inferiores, los débiles, los que recurren a la denigrante justicia internacional para intentar defenderse de su propia impotencia histórica. Hoy se hace más necesaria la defensa de la plataforma nacional-chovinista porque solo mirándonos a nosotros mismos y negándonos a la influencia mezquina de pueblos precarios e inferiores, podremos mantener nuestro orgullo nacional, nuestra pureza patria, nuestro intelecto límpido y nuestro perfecto e inmutable sistema de justicia.  
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miércoles, 9 de abril de 2014

Un presidente gringo



U n presidente gringo

Enrique Peñalosa

Por: Mauricio Rodríguez Amaya



 
Ha llegado la hora de tener, para bien de la patria (nuestra y suya) un presidente de altas latitudes norteamericanas, de modales de corte anglosajón y de sentimientos nobles e imperiales como lo demuestra su linaje. Ha llegado la hora de tener un presidente Gringo que piense en su pueblo  y nos gobierne a nosotros.

En una venturosa tarde de septiembre de 1954, bajo los calores otoñales de Washington refrescados por los aires provenientes del Potomac, nació un niño que ahora quiere ser Presidente a varias leguas de distancia del país donde  vio la vida. Hijo de un prestigioso economista y político colombiano, Enrique Peñalosa, creció en el imperturbable norte de Bogotá, muy cerca donde hace pocos años unos asaltantes, seguramente venidos del sur, le robaron su bicicleta mientras almorzaba. Se hizo bachiller en el Refus, en Cota, fuera de la bulliciosa capital, en épocas en que los colegios públicos bogotanos no eran más que casuchas levantadas con tapia prefabricada y ladrillos cocidos en San Cristóbal (también al Sur). Luego, muchos años después, este gringo pudo ser alcalde de la Capital de Colombia, cuando se presentó ante el electorado como un candidato independiente, protector del cemento, prometedor de obras estratégicas (como la desocupación de la Candelaria y el Transmilenio), después de haberlo  intentado dos veces antes desde el Glorioso Partido Liberal, el mismo que le permitió a su padre ser ministro, embajador y hasta productor de telenovelas, cuando Punch dominaba el mercado de las lágrimas.

Ahora, este hombre de presencia gringa y de apellido cachaco, quiere ser presidente; algunos han dicho de forma equivocada que su inscripción es inconstitucional;  esta tesis no es cierta, porque los prístinos juristas que redactaron nuestra constitución nacional dejaron bien claro que son colombianos de nacimiento, no solo los que son paridos en esta patria moribunda y pobre, sino los que prorrumpen a la vida en el extranjero pero cuyos padres son nacionales colombianos. Cuando Enriquito nació, don Enrique Peñalosa Camargo era funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo bajo el manto prolijo del partido liberal de Lleras. Por esto, ese argumento para ensombrecer el legítimo derecho que tenemos todos a tener, por fin, un presidente gringo, se cae por su propio peso.

Ha llegado la hora de tener, para bien de la patria (nuestra y suya) un presidente de altas latitudes norteamericanas, de modales de corte anglosajón y de sentimientos nobles e imperiales como lo demuestra su linaje. Ha llegado la hora de tener un presidente Gringo que piense en su pueblo  y nos gobierne a nosotros. Bolívar se equivocó de cabo a rabo cuando aseguró que los Estados Unidos parecen estar destinados por la providencia para plagar de hambre y miseria el pueblo americano; pero errar es de humanos, y no tenía por qué saber nuestro libertador que de esas mismas tierras brotaría el hombre iluminado por la providencia para llevarnos al camino del bien común, del destino manifiesto, de nuestro propio sueño americano.

Para desgracia nuestra, siempre hemos tenido presidentes criollos, impuros de sangre y nacionales de nacimiento en estas tierras de tercera clase, concebidos en hospitales bogotanos o paisas, de pronto algún caucano o un barranquillero; y las experiencias nunca, pero nunca, han sido del todo satisfactorias; en la médula del problema está, que la enorme mayoría de todos nuestros gobernantes han nacido acá con ganas de haber sido de allá. Entonces, la única forma de revertir semejante tacha ha consistido en gobernar para allá, despreciando a todos los de acá.  Esos presidentes, desde el nacimiento mismo de esta republiquita liberal y goda, han intentado quedar bien con quienes consideran sus guías fundamentales, no les pueden llamar padres, porque no lo son, entonces asumen que deben llamarles jefes. Pero cuando este pueblito hace reclamaciones por la falta de justicia o de pan, por la ausencia de soberanía o de decencia, entonces estos presidenticos han asumido la postura de sus jefes: se han hecho los gringos. No queremos más presidentes que ante los problemas o las presiones, ante los reclamos y ante las multitudes descontentas se hagan los gringos, necesitamos un gringo que ya lo sea desde el primer día, que no tenga que hacerse el gringo porque ya lo es y para que no haya duda que  cuando reclame la gente de acá él se comportará como se comportan los de allá.

Peñalosa, nuestro futuro presidente gringo, tiene buenos respaldos aquí y en su país. Desde su país lo apoyan los economistas y los bancos que necesitan más cosas de nosotros y nuestro suelo, para pagar las deudas que nuestros presidentes criollos han  incrementado desmesuradamente; acá cuenta con el apoyo de otros ilustres colombianos, incluyendo a nuestro símbolo nacional, el Gran Colombiano, el ejemplo paisa, el dueño del ubérrimo y de su propio ejército, el hombre que logró que el centro (democrático) pudiera ubicarse definitivamente en la extrema derecha. Decir que Peñalosa es el caballo de Troya de los uribes y sus ubérrimos, es una figura desproporcionada y arcaica que remonta a una mitología ya olvidada en estas tierras dond ya no se estudia Ciencias Sociales en las escuelas públicas. No, definitivamente Peñalosa no es ningún caballo de Troya, es un símbolo fresco del progreso, es el Volks Wagen con el que Hitler introdujo a Henry Ford en el mercado de los automóviles de Europa; es el tanque con el que Texas Co. sembró la democracia en Irak; es la hamburguesa con que McDonald’s revolucionó la alimentación de la desnutrida y amarillenta cultura china; es el tomate transgénico con el que Monsanto nos va a convencer de producir alimentos sin que para ello tengamos que utilizar la tierra; Peñalosa es el símbolo del progreso americano, el chico rebelde (o  reverde) que cree en la economía del mercado aunque el mercado no crea en nosotros.

Peñalosa representa a nuestro propio llanero solitario, llamado por los dioses americanos a eliminar por fin, tanto indio suelto en estas tierras prodigiosas y ricas, a las que tantas ganas le tienen desde hace siglos los verdaderos redentores del futuro, los herederos legítimos de Monroe, la sangre poderosa que por el mundo riega millones de carros, tancados de democracia y carretilladas de hamburguesas.