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lunes, 25 de febrero de 2019

Gasolina, veneno y espacio público


Gasolina, veneno y espacio público

Mauricio Rodríguez Amaya




“La doble cara del control del espacio público es evidente; se reprimen las movilizaciones indígenas y negras, feministas y proletarias, ambientalistas y del arte popular; en la otra cara de la misma moneda, el fascismo estimula las manifestaciones artísticas de la élite, celebra la guerra al tiempo que garantiza las movilizaciones de las clases dominantes”

  


La radicalización del autoritarismo está cobrando una nueva batalla por el control absoluto del espacio público; mientras, por un lado, los regímenes autoritarios golpean con sevicia a quienes salen a las marchas por sus derechos, como en Barcelona, Colombia o París; por otro lado, se promueven manifestaciones públicas con gran cobertura mediática contra gobiernos que claramente no siguen las directrices del pentágono. Mientras se estimulan conciertos masivos con transmisión directa por más de 6 horas, como en Cúcuta, al mismo tiempo, se reprimen los manifestantes en Ituango o el Cauca; son expresiones diferentes con el mismo objetivo, consistente en controlar el espacio público, en uniformar los discursos e incentivar el odio y el fascismo social.




En Colombia, por ejemplo, mientras las manifestaciones estudiantiles por el derecho a la educación fueron brutalmente reprimidas entre octubre y diciembre de 2018, el mismo régimen garantizó todas las condiciones para que el fascismo se movilizara a favor de la guerra y se exacerbara el odio en una jornada a la que asistió el mismo Presidente de la República, en enero de 2019. Igual sucede en la frontera, igual sucede en Europa, en Estados Unidos y en Haití. La disputa por el espacio público cobra vidas cuando se trata de las movilizaciones callejeras contra regímenes corruptos, pero incentiva la toma de las calles, la quema con gasolina de alimentos o las balas perdidas, cuando se trata de legitimar el odio y la guerra. El fascismo envenena empanadas de las ventas ambulantes en Bogotá, mientras ve morir de hambre a los niños de la Guajira o Haití; Celebra conciertos con artistas de Bolsillo en Cúcuta, pero reprime brutalmente el arte callejero y las mingas indígenas en el Cauca o en la Guajira. El fascismo estimula movilizaciones masivas a favor de la guerra, pero prohíbe las marchas de los campesinos que luchan por la vida en Antioquia.
La doble cara del control del espacio público es evidente; se reprimen las movilizaciones indígenas y negras, feministas y proletarias, ambientalistas y del arte popular; en la otra cara de la misma moneda, el fascismo estimula las manifestaciones artísticas de la élite, celebra la guerra al tiempo que garantiza las movilizaciones de las clases dominantes; como en Bogotá, por ejemplo donde se reprime a quienes protestan contra las ceremonias elitistas de sacrificio animal en la Plaza de “Todos”  La Santa María, mientras la Policía crea corredores exclusivos para que esa misma élite pueda ingresar al disfrute de la sevicia de la sangre en el ruedo.


Lo que está en juego, no es poco; es nada más y nada menos que el control fascista de las calles, de los teatros, de los centros comerciales, incluso de los parques donde aún es mal visto a mujeres que amamantan a sus hijos menores. La icónica fascista del dolor y el control se expresan como omnipotentes, en decisiones policivas y en directrices desde las tarimas; la icónica del odio cobra terreno y las estéticas de la élite se basan el uso machista y patriarcal de los cuerpos de mujeres y hombres. El control fascista del espacio público impone un patrón democratizado, amplificado por la moda y controlado por losa medios de comunicación. El espacio público televisado es la imposición aparentemente diversa del control fascista sobre los cuerpos, las estéticas y el poder político.


Como lo plantearía Boaventura de Sousa Santos, no se trata solo del fascismo político del Siglo XX; hoy enfrentamos también un fascismo social, que desde cierto pluralismo desprecia lo diferente, lo racializado, lo pobre y lo extraño. La sociedad ha sido uniformada por la moda y todo aquello que la controvierte es susceptible de ser cuestionado o agredido. Los casos se multiplican por miles; y esta faceta de la nueva fase del capitalismo global, impone la métrica uniformemente diversa de las prácticas secularizadas del odio, la discriminación y el miedo.


No es un buen momento para quienes han luchado por el acceso democrático al espacio público, es un momento de revés donde el fascismo político y social imponen sus prácticas de adoctrinamiento corporal, y mental. Ni los arboles de los parques se salvan de esta arremetida en ciudades como Bogotá, donde el Alcalde ha decidido incrementar la tala, en una ciudad que se calienta diariamente por el efecto invernadero. No son buenas noticias, ni son buenos momentos. Quizás es necesario observar con detalle este fenómeno controlador del espacio público para que reorientemos los esfuerzos por la reconquista democrática y cosmopoliticista de las calles y los parques, las escuelas y los centros culturales. Es hora de detenerse un poco, tomar distancia y alcanzar a percibir las grietas desde las cuales es posible aun insistir en la brega diaria por el derecho democrático del espacio público.



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jueves, 14 de febrero de 2019

Haití, Venezuela y el uso fascista del humanitarismo


Haití, Venezuela y el uso fascista del humanitarismo

Los imperios hinchan sus pulmones con causas humanitarias cuando de sus aventuras logran las ganancias de la apropiación y el despojo; cuando gracias a las consignas de la libertad o la civilización alcanzan el control de los recursos que hacen “mover sus automóviles”

Mauricio Rodríguez Amaya
www.mauriciorodriguezamaya.blogspot.com

Fuente: El Espectador/AFP

Haití se desangra. Varios días llevan las revueltas populares que han decretado a febrero como el punto definitivo para derrocar al gobierno corrupto de Juvenel Moise, a quien se le acusa de quedarse con más de 3.8 mil millones de dólares que Petrocaribe entregó a su gobierno con destinación a obras de infraestructura y servicios. Los manifestantes mueren a diario. Unos, por las balas asesinas del régimen protegido por El Pentágono, y otros, por el hambre y falta de atención médica. Nada se dice de ayuda humanitaria, nadie levanta la voz de indignación por esta nueva tragedia contra una isla que le enseñó a un continente entero la justa causa de la libertad.

Los ojos de la gran prensa solo miran hacia Venezuela, hablan de ayuda humanitaria a un país cuya economía está bloqueada y saboteada por los mismos que proclaman el humanitarismo. Hablan de enviar aviones repletos de humanidad, hablan de quitar del gobierno al tipo que no se arrodilla, pero callan impunemente frente a los muertos de régimen de Moise, en Haití, donde el Ejército dispara contra sus hermanos a diestra y siniestra, bajo el silencio cómplice de la misma gran prensa que se rasga las vestiduras frente a Venezuela.  Pero ya sabemos que la gran prensa defiende los intereses de las trasnacionales que la patrocina, y por eso, detrás de cada segundo de información sobre Venezuela, están millones de dólares para promover una invasión militar que le entregue a esas empresas el petróleo que nunca debió dejar de estar bajo su poder. Ya sabemos también que la democracia es selectiva y que las causas democráticas sirven para resolver problemas internos de la muy desprestigiada democracia estadounidense.

No solo se trata de la selectividad de los escándalos y las noticias, sino del uso instrumental y selectivo del humanitarismo. Haití, sigue siendo de lejos el país más pobre del Continente; la reconstrucción después del terremoto sigue siendo lenta, los servicios públicos son casi inexistentes y el hambre pulula. No hay campañas internacionales para llevar comida o abrigo a los haitianos, no hay prensa ni gobiernos del norte prometiendo lanzar comida desde aviones o helicópteros, no hay campañas internacionales para devolverle el pan a los niños y a las niñas de la isla; no hay humanitarismo internacional frente a una tragedia humana que envuelve a este país ante el silencio del mundo. Haití sigue abandonada a su suerte, en manos de un gobierno corrupto al servicio de Washington, mientras desde Washington se prometen más de 150 mil millones de dólares para invadir a Venezuela.

Fuente: El Popular.com.ar

Desde tiempos remotos, el humanitarismo ha sido utilizado como pretexto de los invasores, ha servido de bandera legitimadora de la colonización; ya lo decía el célebre humanista francés Ernest Renan, en algunos de sus trabajos repletos de humanitarismo colonial: “La regeneración de las razas inferiores o bastardas por las razas superiores está en el orden providencial de la humanidad… Gobiérnesela con justicia, extrayendo de ella, por el beneficio de un gobierno así,  abundantes bienes, y ella estará satisfecha;  una raza de trabajadores de la tierra es el negro[…]; una raza de amos y de soldados es la raza europea […]. Que cada uno haga aquello para lo que está preparado, y todo irá bien”[1].

En el mismo sentido, se pronunciaba el argentino Domingo Faustino Sarmiento, al servicio de la causa humanista de la gran potencia del norte: “Puede ser muy injusto exterminar salvajes, sofocar civilizaciones nacientes, conquistar pueblos que están en posesión de un terreno privilegiado; pero gracias a esta injusticia, la América en lugar de permanecer abandonada a los salvajes, incapaces de progreso, está ocupada hoy por la raza caucásica, la más perfecta, la más inteligente, la más bella, y la más progresiva de las que pueblan la tierra”[2]. Sin mencionar la reconocida consigna de Monroe, de que la América está destinada a los “americanos”, en sus cartas con el presidente Jefferson quien comentaba sin vacilaciones: “Los ciudadanos de Estados Unidos abrigan los sentimientos más amistosos en favor de la libertad y de la dicha de sus semejantes del otro lado del Atlántico. En guerras de los poderes europeos sobre asuntos que se relacionan con ellos mismos, jamás hemos tomado parte, ni es conforme con nuestra política obrar de otra manera”[3].

Fente: https://www.telesurtv.net/news/Memorias-del-holocausto-indigena-en-America-Latina-20160122-0074.html

Los imperios hinchan sus pulmones con causas humanitarias cuando de sus aventuras logran las ganancias de la apropiación y el despojo; cuando gracias a las consignas de la libertad o la civilización alcanzan el control de los recursos que hacen “mover sus automóviles”, como lo diría el mismo expresidente Obama en su discurso de posesión de su primer gobierno, o como lo ratificaría Donald Trump al momento de hacerse Presidente: “Nosotros, los ciudadanos de Estados Unidos, nos unimos ahora en un gran esfuerzo nacional para reconstruir nuestro país y restaurar su promesa para todo nuestro pueblo. Juntos podremos determinar el curso de Estados Unidos y del mundo en los años venideros”. 
No puede el humanitarismo seguir siendo utilizado como pretexto al servicio de los intereses internacionales del fascismo; no puede el humanitarismo seguir encubriendo invasiones y genocidios; no puede el mundo seguir viendo cómo la humanidad ve morir los niños haitianos mientras pide asesinar niños venezolanos con las bombas de un nuevo humanitarismo colonial y fascista orientado desde los escritorios que sirvieron de plataforma para auspiciar las intervenciones militares sobre Texas, Nuevo México, Granada, Cuba, Puerto Rico, Panamá, Honduras, Nicaragua, Chile y Ahora Venezuela. No olvidamos que, a nombre de un humanitarismo selectivo y fascista, Estados Unidos sigue destinado a plagar de miseria el continente entero, como lo diagnosticó Bolívar hace un poco menos de 200 años.
Hay otro humanismo, el de la América Nuestra, el de los rostros cobrizos y amarillos, mulatos y mestizos de los pueblos que siguen luchando por su libertad, por la dignidad del trabajo y la dignificación de la vida. El humanismo de los pueblos de la América que rechazan con vehemencia seguir siendo objeto de las aventuras militaristas de Estados Unidos, de Europa, o de cualquier otra potencia que desde el norte quiere jugar a la guerra en las tierras de nuestro sur global. Cualquiera que sea el promotor de la guerra, no pondrá los muertos; los muertos serán los hijos y las hijas de este sur, que sueña, como diría Martí, con que algún día logremos la segunda y definitiva independencia. Nuestro humanismo es la paz, la autodeterminación de los pueblos y la justicia social; nuestro humanismo, es llevar en el corazón y en la mente, la solidaridad a los hombres y mujeres que en Haití siguen luchando por pan y democracia ante el silencio sórdido del mundo; nuestro humanismo consiste en rechazar el genocidio contra el pueblo de Venezuela, y de paso contra las aventuras del fascismo que quiere renacer en varios rincones de esta tierra herida y renacida mil veces, desde que los “humanistas” europeos vieron con buenos ojos venir a asesinar “salvajes”.

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[1] Citado por Aimé Cesaire en Discours sur le colonialisme (1950). En Retamar (2005).
[2] Retamar (2005), citando a Domingo Faustino Sarmiento.
[3] López-Portillo y Rojas, José (1912). la Doctrina Monroe. Versión PDF.

jueves, 31 de enero de 2019

Bicentenario, de qué?


Bicentenario, de qué?

“Pero, así como nuestros pueblos no olvidan sus triunfos, el invasor tampoco olvida su derrota, y han decidido, no por coincidencia, que este 2019, en pleno bicentenario, se hará trizas lo que queda de la memoria colectiva de nuestras luchas por la libertad”.

Mauricio Rodríguez Amaya


fuente:https://www.google.com

No es coincidencia, que precisamente por estos años, las armas de Estados Unidos sueñen con establecerse en nuestros territorios; no es coincidencia, que una guerra fratricida contra los hermanos y hermanas de la América Nuestra aparezca como inevitable. Hace más de doscientos años, una generación de hombres y mujeres soñaron y trabajaron por el propósito de la libertad, recogiendo las banderas de las incontables luchas indígenas y negras por la independencia; hace doscientos años no solo fueron derrotados los europeos que plagaron de miseria y muerte el continente entero, sino también los espíritus invasores que desde Estados Unidos veían en estas tierras la prolongación de su imperio. Hace doscientos años, fueron derrotados Europa y Estados Unidos en las tierras y en los mares de la América Nuestra; pero si nosotros recordamos esa victoria de hace doscientos años, debemos tener seguro que el gringo tampoco olvida su derrota.

Desde las resistencias indígenas, pasando por las incontables independencias negras del cimarronaje africano que vistió de colores y tambores toda nuestra América, hasta las independencias impulsadas por las nuevas generaciones de criollos ricos, el siglo XIX le dio a Nuestra América un aire de libertad que supo saborear con agrado, aunque no por mucho tiempo. Las pugnas internas rompieron nuestra gran nación latinoamericana en pequeñas republiquitas manipuladas por empréstito gringo y británico, condenadas a servir fielmente los intereses de los imperios y a pagar el favor con las enormes riquezas de la tierra y el mar. Pronto los gobiernos de criollos ricos, fieles a los ideales de Europa y Estados Unidos, hijos legítimos del colonialismo y el patriarcado, tomaron el rumbo de las nuevas instituciones, para hacer lo mismo que el poder extranjero, pero ahora a favor de las nuevas familias poderosas que se instalaron para controlar la tierra, la fuerza de trabajo negra e indígena, el desprecio por lo femenino, la exaltación del catolicismo y la copia burda de instituciones republicanas en tierras manejadas como feudos. En pocos años, la nueva estirpe dirigente nos condenó a guerras entre hermanos y hermanas, en el chaco y en el Caribe, en Centro América y en la Pampa; en los primeros años de independencia, se consolidaron los proyectos esclavistas y se declaró la guerra a los pueblos indígenas y negros, tanto en México como en Colombia, en la Pampa Argentina y en bella Venezuela; la guerra fratricida de Rosas y de Mosquera, promovió el exterminio los pueblos originarios y ordenó el destierro, la esclavitud y la muerte de miles de aquellos que se negaron a someterse al modelo civilizatorio colonial, patriarcal y extractivista.


Entonces vale la pena preguntarse, qué conmemoramos? En primera medida, conmemoramos las incontables insurrecciones indígenas y negras por todo el continente, que hoy siguen tronando en las montañas y en los mares para exigir respeto, pan y paz. conmemoramos el empoderamiento de las mujeres que con los feminismos del abya Yala han recuperado su lugar histórico en las luchas contra el poder patriarcal, capitalista y colonial; conmemoramos las trasgresiones del arte popular, de las voces juveniles cansadas de seguir el libreto vetusto de la dominación colonial sobre sus cuerpos y esperanzas. conmemoramos la vida de un continente que se ha tejido a pulso con el dolor y la sangre de miles de hilos cortados en la urdimbre de nuestra historia. conmemoramos la creatividad que no se agota, la agroecología que busca salvar el planeta, la imaginación indígena y la potencia negra. conmemoramos la vida que nos queda en medio de los vientos de guerra y muerte.

Pero, así como nuestros pueblos no olvidan sus triunfos, el invasor tampoco olvida su derrota, y han decidido, no por coincidencia, que este 2019, en pleno bicentenario, se hará trizas lo que queda de la memoria colectiva de nuestras luchas por la libertad. El invasor sabe que no es suficiente con usurpar el poder y producir muertos, sino que tiene claro que debe destruir los símbolos y los valores de las sociedades que ha puesto bajo su dominio. No es gratuita la época en que con fiereza el invasor nos condena a la guerra. Es parte de la destrucción icónica de nuestras identidades nacionales y territoriales; el bicentenario de esas primeras independencias incómodas, resulta una buena época para volver a demostrarnos que tienen la fuerza para plagar de miseria un continente entero.

Este 2019, arranca con una profunda amenaza de recolonización capitalista trasnacional. Las empresas poderosas de la guerra, el petróleo y el oro, han puesto sus ojos en las enormes riquezas venezolanas, y usando todos los libretos de intervención, apoyados por su absoluto control sobre los medios de comunicación y sobre los gobiernos proclives a su agenda, amenazan con una casi inminente toma militar del Estado venezolano. Los gobiernos del continente se han dividido en pros y contras, y los pueblos están fraccionados entre los que se guían por el odio del fascismo mediatizado y los que aún se manifiestan en rechazo a la nueva guerra imperialista. Con un continente dividido, entregado en gran parte al fascismo trasnacional y condenado a sus deudas de corrupción, cumplimos este bicentenario.


La década entera ha estado harta de los intentos belicistas sobre el continente; Honduras, Brasil y Ecuador pueden hablar con precisión de los efectos dominadores del fascismo impulsado por las trasnacionales del capitalismo global. Colombia, que no ha conocido aún una experiencia de aquellas que denominados progresistas sobre la primera década de este envejecido siglo –no tanto por sus años como por sus odios- sigue al servicio ciego de los intereses trasnacionales, siempre violentos, siempre corruptos, siempre insultantes. Gozamos con el despreciable título del hermano lacayo que es capaz de agredir a su propio hermano para gozar con las migajas de la mesa del vecino. La pobreza patriótica de nuestros gobiernos nos ha puesto ante la vergüenza continental como un país sin dignidad ni escrúpulos. Los gobiernos de estas épocas insultan el derecho de los pueblos y prestan sus bases militares para asesinar hermanos; vergüenza producimos en el continente y de vergüenza está plagada la cúpula corrupta que ostenta el poder, para quienes la guerra, contra el que sea, es la cortina perfecta para ocultar sus fechorías. A doscientos años de las primeras independencias, el gobierno de turno, sigue mostrando que no hay límites para el odio y la corrupción y que no están dispuestos ni siquiera a respetar los principios básicos de la democracia republicana que dicen representar. ¿Qué conmemoramos? conmemoramos el proyecto frustrado de la unidad republicana de Bolívar y de Martí, de Leona Vicario y de Juana Azurduy; conmemoramos la cita incumplida de Angostura, y conmemoramos la fragmentación potenciada por la banca trasnacional que hoy sigue haciendo de las suyas en nuestro continente. No los conmemoramos, porque compartamos ese camino de la derrota de la América nuestra; lo conmemoramos porque esos sueños y esos proyectos siguen vigentes en el corolario de las luchas por la tierra y el agua de los pueblos nuestroamericanos que no se rinden ante el poder injurioso del imperio.

Como hace 200 años, los pueblos marginados y mancillados por las familias poderosas que suplantaron el poder español y estadounidense para seguir al servicio de sus instituciones, nunca abandonaron la lucha ni han abandonado la esperanza de un continente nuevo. Desde la gran lección de la independencia Haitiana, la primera de todo el continente, hasta las banderas emancipatorias del zapatismo, de las cholas aymaras, de los combatientes mapuches de Chile y las sonrisas maravillosas del pacífico afrodescendiente, las banderas de la libertad, la dignidad y la paz, siguen ondeando en sus territorios y trincheras.

Hoy Venezuela está amenazada por las bombas que destrozaron a oriente medio con toda y su milenaria historia cultural y política; hoy Venezuela y todo el continente siente la bota militar de nuevo entrando a sus calles y casas asesinando gente para cumplir las metas del imperio, como en Panamá, como en Nicaragua, como en la Chile, como en Guatemala. Hoy, a doscientos años de las independencias, es hora de batir el clamor contra la guerra, es hora de enarbolar la dignidad como bandera y es hora de recordar  lo que José Martí, ese hermano gigante de Nuestra América, nos dijo hace casi 150 años: “El amor, madre, a la patria, no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; Es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca“.

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martes, 27 de julio de 2010

La Guerra del Bicentenario


La guerra del bicentenario

Ante el Presidente Álvaro Uribe Vélez se posesionó este martes Luis Alfonso Hoyos Aristizábal como Embajador de Colombia ante la Organización de Estados Americanos (OEA). El nuevo representante ante este organismo continental ocupó la Dirección de la Agencia Presidencial para la Acción Social y la Cooperación Internacional. Foto: Felipe Ariza - SP

Mauricio Rodríguez Amaya

www.bajolamole. blogspot. com

¿Como le caería al continente la guerra de Uribe contra Venezuela en plenas festividades del bicentenario de las primeras independencias?¿ Porqué el interés del ubérrimo de encochinar las conmemoraciones bicentenarias, a sabiendas que en quince días se acaba su gobierno?. Hacer el mal, dejar su huella revanchista, alimentar el odio entre hermanos y cumplir juiciosamente la tarea impuesta por el pentágono, son algunas de las razones.

Pero existe otra que me llama poderosamente la atención. Una labor más sutil, más ideológica, menos pragmática. Aunque las amenazas belicistas del capataz de Nari, no llegasen a la concreción contra el pueblo venezolano y su gobierno, no hay duda que la agresión tiene un sello histórico: demostrar que en los últimos doscientos años, la división, el enfrentamiento fraterno y las heridas entre nuestros pueblos prevalecen sobre los anhelos de unidad continental y popular. Desde los inicios de su gobierno, Alvaro Uribe Vélez (AUV) fue un enemigo de la integración latinoamericana, de la búsqueda de caminos propios de los modelos populares cercanos.

Desde sus inicios se enlistó en las filas del ALCA, y ante su derrota se entregó a un TLC, que por distintas razones ajenas a su voluntad no ha podido entrar en vigor. Luego impulsó el odio entre Ecuador y Perú, promovió la animadversión contra Venezuela y recibió como héroes a los traidores que hicieron el golpe de Estado contra Chavez en 2002. Prohibió en Colombia la ideología chavista; invadió vilmente la República ecuatoriana; se adelantó a recibir gloriosamente a los golpistas de Honduras antes que su golpe se disfrazara de democracia con unas elecciones arregladas. Si en esta etapa ha habido un gobierno abiertamente opuesto a los ideales populares de América Latina, es el de Colombia, para vergüenza de los colombianos y para orgullo de las vetustas oligarquías continentales.

En plenas conmemoraciones del bicentenario, AUV montó un nuevo show mediático contra Venezuela; en boca de un delincuente más de su ralea (Luis Alfonso Hoyos) Uribe agredió de nuevo al pueblo venezolano, arremetió contra su gobierno y pretendió poner a la OEA a favor de otro intento fratricida. Mostró unos mapas bajados del google (o del Ricón del Vago, da lo mismo) profirió improperios antes y después de la sesión y amenazó con iniciar una aventura guerrerista. Luego, después del escándalo, guardó silencio, se ensimismó en sus gotas de valeriana y dejó que los medios oficialistas de Colombia hicieran el resto del trabajo.

Es triste que mientras el resto del continente recuerda con orgullo los primeros estertores que nos permitieron lograr la independencia de las potencias europeas en los primeros años del siglo XIX, el gobierno de Colombia sea el instigador del odio, el promotor del belicismo entre pueblos hermanos y el conspirador más importante contra el proyecto integracionista latinoamericano. Da vergüenza y da rabia; el aislamiento en que se encuentra nuestro país en relación con las naciones hermanas no tiene precedentes; el odio que despierta Uribe en todo el continente lo viven sin amparo los compatriotas que habitan otras tierras; Uribe juega el papel del borracho empedernido y bollero que en medio de la fiesta expela su inmundicia sobre la torta, golpea a los invitados y descarga sus heces en la puerta de la casa. América Latina asiste estrepitosa al espectáculo bochornoso de este enano pendenciero, que ama la guerra más que a sí mismo. Duele saber que nos gobierna, tranquiliza saber que ya se va.

AUV, tiene el serio propósito de envilecer las festividades del bicentenario, no tiene nada de raro que sus aspavientos hagan parte de alguna treta programada por los padres del Monroismo, para intentar convencernos que la división sigue siendo nuestro fatal destino; mientras este títere se juega su propósito, el resto del continente, incluyéndonos a miles de colombianos, queremos vivir este bicentenario en paz, en medio de una nueva ruta que una definitivamente el destino común de Nuestra América.

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