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domingo, 10 de marzo de 2019

La rebelión de Juana y el Feminismo Comunitario


La rebelión de Juana y el Feminismo Comunitario


Mauricio Rodríguez Amaya


"hoy, como hace 200 años, las mujeres de Abya Yala emprenden la lucha por la liberación ante las nuevas cadenas de la explotación y las opresiones; hoy como hace 200 años, miles de juanas están abriendo el camino de la igualdad y el reconocimiento para recuperar la esperanza y la utopía".
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Son días de conmemoración de las luchas infinitas de las mujeres; recordamos el sacrificio de 129 obreras que murieron calcinadas mientras pedían salario, descanso y dignidad; se recuerdan las luchas de miles de mujeres que por el mundo han elevado las banderas de la igualdad y la diferencia; y por supuesto, conmemoramos las jornadas maravillosas cuando Juana Azurduy, al frente de un ejército de indígenas, liberó a Bolivia y de paso a su marido.

 
Un 3 de marzo, de 1816, cuando era prohibido que las mujeres hicieran parte de los ejércitos independentistas, Juana encabezó una rebelión que puso fin al sitio español sobre Bolivia y libertó a don Manuel Asensio Padilla, figura reconocida de las luchas libertarias entre el Chaco y Perú. Juana era de origen mestizo, guerrera desde niña, heredera de la memoria colectiva de las causas gloriosas de Tupac Amaru II y Micaela Bastidas, cuya sangre inundó toda la tierra Inca y Aymara. Juana creó el ejército de las Amazonas, con cientos de hermanas guerreras y madres, cuyas hazañas lograron sobrevivir al olvido patriarcal institucionalizado.
 
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Juana también fue madre y tuvo que ver morir a sus cuatro hijos mayores en medio de la hambruna y la impotencia. No cedió nunca a la presión del dolor y jamás dejó de pelearse un puesto en los ejércitos libertadores. Juana no solo comandó la liberación de Bolivia, sino que contribuyó a las independencias del Perú y la Argentina, al frente de su ejercito de mujeres denominado “Las Leales”; pero el patriarcado criollo, no podía aceptar que una mujer, mestiza y humilde fuera generala de la tropa. Solo hasta 1824, Bolívar le concedió el Rango de Coronela y le ofreció una pensión que luego fue incumplida en 1830 por los gobernantes bolivianos que terminaron echando al piso las causas libertarias de los ejércitos comandados por Azurduy.

Juana es un ícono de la lucha de la independencia, y sobre todo, hace parte del acervo inspirador de las mujeres de Nuestra América que han logrado conquistar espacios reservados por el machismo a los hombres, no sin tener que confrontar cientos de exclusiones y estigmatizaciones. En las tierras de Juana, ahora anda caminando el feminismo comunitario; el feminismo de las hermanas Aymaras, obreras y madres, artistas y rebeldes, de las mujeres de la tierra, bronceadas al sol del desierto y moldeadas con las aguas del Titicaca.

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El feminismo comunitario, aprende desde las memorias colectivas, que son, como lo dice Adriana Guzmán, los ojos que nos sirven para caminar. El feminismo comunitario quiere romper con los ejercicios de poder impuestos por el patriarcado y la colonización, lucha por la tierra contra el control del capitalismo global, promueve una nueva conciencia colectiva en la que la vida articula toda la acción humana y de la naturaleza. El feminismo comunitario, es una forma integral de poder constituyente, una herramienta que enfrenta todas las formas de opresión patriarcal, machista, colonialista y capitalista. El feminismo comunitario no aspira a una revolución futura, porque es en sí mismo una revolución presente, actual, vigente y poderosa. El feminismo comunitario, es al mismo tiempo una teoría social emancipatoria, que nace en el origen de los pueblos y se alimenta de las luchas y las transformaciones contemporáneas. Es un feminismo proletario, porque comprende que el poder de clases es una forma de opresión que se alimenta y radicaliza con el patriarcado y el machismo. El feminismo comunitario confronta al cristianismo y su perspectiva patriarcal, que condena a las mujeres como causantes del pecado. El feminismo comunitario es una apuesta pedagógica descolonizadora, que pretende superar todas las prácticas educacionales en donde no se reconocen las diferencias ni las igualdades entre todos los seres de la naturaleza.
 

Hoy miles de mujeres luchan desde sus comunidades por implementar una nueva sociedad, antipatriarcal, anticolonial, anticapitalista, a partir de los principios y las prácticas del feminismo comunitario; hoy, como hace 200 años, las mujeres de Abya Yala emprenden la lucha por la liberación ante las nuevas cadenas de la explotación y las opresiones; hoy como hace 200 años, miles de juanas están abriendo el camino de la igualdad y el reconocimiento para recuperar la esperanza y la utopía. “Son días, para volver a creer, para volver a soñar”, nos lo dice Adriana Guzmán, precisamente en estos días en que recordamos a Juana Azurduy, a quien los honores le llegaron tarde, a pesar de haber liberado, con un ejército de mujeres, una porción gigante de este continente.
 

Pocos recuerdan a Juana Azurduy, y mucho hicieron por ocultar su legado; le prometieron una pensión vitalicia que solo le llegó por 6 años; nunca reconocieron su rango genuino en la tropa libertadora, sino hasta 2009, cuando fue nombrada Mariscal de Bolivia y en 2015, cuando se le nombro Generala del Ejército Argentino.  Pero a pesar de los olvidos voluntarios y las marginaciones institucionalizadas, Juana Azurduy encabeza un nuevo ejército libertador, el ejército del feminismo comunitario, que promete parir desde la América Nuestra las claves para una nueva humanidad rebelde y liberadora.

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lunes, 10 de octubre de 2016

Por qué a una feroz invasión le llamamos descubrimiento?

Por qué a una feroz invasión le llamamos descubrimiento?



Fuimos invadidos, no descubiertos; nosotros ya habíamos descubierto nuestro mundo, nuestra magia y nuestra ciencia, nuestros temores y nuestros anhelos, nuestra vida y  nuestra muerte.

Mauricio Rodríguez Amaya




El nombre de  esta tierra no era América, ni nosotros éramos Americanos; la tierra que pisamos se llamaba Chaxra Yunca, Hicha, pachamama; nuestros abuelos eran chibcha, chacha, calincha, guache, guaricha, cihuati. Somos Americanos porque fue el nombre que nos dio el invasor y que aprendimos a usar, como su lengua, en su lengua y contra ellos a través de su lengua. Como en la metáfora de Calibán, aprendimos su lengua, para combatirlos, para recuperar la dignidad, para no renunciar a la existencia, para que no fueran olvidados nuestros abuelos y nuestras abuelas, en las costas de Santo Domingo y Panamá, las mesetas  de Tenochitlán ni en las intrincadas montañas de la ciudad secreta de Machupichu.

Fuimos invadidos, no descubiertos; nosotros ya habíamos descubierto nuestro mundo, nuestra magia y nuestra ciencia, nuestros temores y nuestros anhelos, nuestra vida y  nuestra muerte; nosotros ya habíamos descubierto la redondez de la tierra y el calendario y los números, la rueda y el destino, la paz y la guerra. La palabra y la escritura habían sido descubiertas también en nuestros pueblos. Nuestros abuelos y nuestras abuelas descubrieron hace más de cinco mil años que la naturaleza es madre hermana hija, que la tierra es madre, que el sol es padre, que la luna es hermana y que la flor es hija y es hijo el jitomate y el maíz y el pan.


Cuando vino el invasor,  no hubo una sola historia, sino muchas, pero ninguna conduce a un descubrimiento. Algunos de los hombres de occidente, asesinaron a nuestros hombres y a mujeres, por la fuerza de la guerra o por traición, con honor algunos y muchos con cobardía y sevicia. Otros se dedicaron a conocer nuestras culturas y a conocernos; incluso en algunos casos muy contados, hablaron nuestra lengua, luego la pervirtieron y nos prohibieron usarla  por siempre jamás. Violaron su palabra, que la nuestra era sagrada; nos impusieron sus leyes y sus escrituras, sus rituales y sus cultos, sus odios y sus demonios; fuimos invadidos, engañados, traicionados, pero nunca pudieron descubrir la magia de nuestras montañas, ni la potencia magnífica de nuestras mariposas, ni la calma de nuestros volcanes, ni la paciencia de nuestras manos.  Nunca pudieron descubrir nuestro encanto natural y nuestra fe en lo profano, en lo vivo, en el universo cósmico que habla con nosotros y para nosotros habla.


La voz de Aymara y Chibcha, retumban en los socavones y en las plazas; no hubo descubrimiento alguno, solo hubo traición, muerte y codicia. No pueden llamar descubridores a los encubridores de un crimen monumental que hoy sigue cobrando vidas en las calles de nuestras ciudades; que sigue imponiendo la muerte, el olvido y la pobreza por toda esta América, que así se llama ahora la tierra nuestra, Nuestra América, la que sigue esperando, con la tranquilidad del abuelo y las esperanza inalterable del niño, a que venga por fin el turno de reescribir dignamente nuestra propia historia, esa que falta contarle al mundo entero para que sepa que fuimos invadidos muchas veces, de mil maneras, pero ni una sola de ellas puede llamarse un descubrimiento.



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