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jueves, 31 de enero de 2019

Bicentenario, de qué?


Bicentenario, de qué?

“Pero, así como nuestros pueblos no olvidan sus triunfos, el invasor tampoco olvida su derrota, y han decidido, no por coincidencia, que este 2019, en pleno bicentenario, se hará trizas lo que queda de la memoria colectiva de nuestras luchas por la libertad”.

Mauricio Rodríguez Amaya


fuente:https://www.google.com

No es coincidencia, que precisamente por estos años, las armas de Estados Unidos sueñen con establecerse en nuestros territorios; no es coincidencia, que una guerra fratricida contra los hermanos y hermanas de la América Nuestra aparezca como inevitable. Hace más de doscientos años, una generación de hombres y mujeres soñaron y trabajaron por el propósito de la libertad, recogiendo las banderas de las incontables luchas indígenas y negras por la independencia; hace doscientos años no solo fueron derrotados los europeos que plagaron de miseria y muerte el continente entero, sino también los espíritus invasores que desde Estados Unidos veían en estas tierras la prolongación de su imperio. Hace doscientos años, fueron derrotados Europa y Estados Unidos en las tierras y en los mares de la América Nuestra; pero si nosotros recordamos esa victoria de hace doscientos años, debemos tener seguro que el gringo tampoco olvida su derrota.

Desde las resistencias indígenas, pasando por las incontables independencias negras del cimarronaje africano que vistió de colores y tambores toda nuestra América, hasta las independencias impulsadas por las nuevas generaciones de criollos ricos, el siglo XIX le dio a Nuestra América un aire de libertad que supo saborear con agrado, aunque no por mucho tiempo. Las pugnas internas rompieron nuestra gran nación latinoamericana en pequeñas republiquitas manipuladas por empréstito gringo y británico, condenadas a servir fielmente los intereses de los imperios y a pagar el favor con las enormes riquezas de la tierra y el mar. Pronto los gobiernos de criollos ricos, fieles a los ideales de Europa y Estados Unidos, hijos legítimos del colonialismo y el patriarcado, tomaron el rumbo de las nuevas instituciones, para hacer lo mismo que el poder extranjero, pero ahora a favor de las nuevas familias poderosas que se instalaron para controlar la tierra, la fuerza de trabajo negra e indígena, el desprecio por lo femenino, la exaltación del catolicismo y la copia burda de instituciones republicanas en tierras manejadas como feudos. En pocos años, la nueva estirpe dirigente nos condenó a guerras entre hermanos y hermanas, en el chaco y en el Caribe, en Centro América y en la Pampa; en los primeros años de independencia, se consolidaron los proyectos esclavistas y se declaró la guerra a los pueblos indígenas y negros, tanto en México como en Colombia, en la Pampa Argentina y en bella Venezuela; la guerra fratricida de Rosas y de Mosquera, promovió el exterminio los pueblos originarios y ordenó el destierro, la esclavitud y la muerte de miles de aquellos que se negaron a someterse al modelo civilizatorio colonial, patriarcal y extractivista.


Entonces vale la pena preguntarse, qué conmemoramos? En primera medida, conmemoramos las incontables insurrecciones indígenas y negras por todo el continente, que hoy siguen tronando en las montañas y en los mares para exigir respeto, pan y paz. conmemoramos el empoderamiento de las mujeres que con los feminismos del abya Yala han recuperado su lugar histórico en las luchas contra el poder patriarcal, capitalista y colonial; conmemoramos las trasgresiones del arte popular, de las voces juveniles cansadas de seguir el libreto vetusto de la dominación colonial sobre sus cuerpos y esperanzas. conmemoramos la vida de un continente que se ha tejido a pulso con el dolor y la sangre de miles de hilos cortados en la urdimbre de nuestra historia. conmemoramos la creatividad que no se agota, la agroecología que busca salvar el planeta, la imaginación indígena y la potencia negra. conmemoramos la vida que nos queda en medio de los vientos de guerra y muerte.

Pero, así como nuestros pueblos no olvidan sus triunfos, el invasor tampoco olvida su derrota, y han decidido, no por coincidencia, que este 2019, en pleno bicentenario, se hará trizas lo que queda de la memoria colectiva de nuestras luchas por la libertad. El invasor sabe que no es suficiente con usurpar el poder y producir muertos, sino que tiene claro que debe destruir los símbolos y los valores de las sociedades que ha puesto bajo su dominio. No es gratuita la época en que con fiereza el invasor nos condena a la guerra. Es parte de la destrucción icónica de nuestras identidades nacionales y territoriales; el bicentenario de esas primeras independencias incómodas, resulta una buena época para volver a demostrarnos que tienen la fuerza para plagar de miseria un continente entero.

Este 2019, arranca con una profunda amenaza de recolonización capitalista trasnacional. Las empresas poderosas de la guerra, el petróleo y el oro, han puesto sus ojos en las enormes riquezas venezolanas, y usando todos los libretos de intervención, apoyados por su absoluto control sobre los medios de comunicación y sobre los gobiernos proclives a su agenda, amenazan con una casi inminente toma militar del Estado venezolano. Los gobiernos del continente se han dividido en pros y contras, y los pueblos están fraccionados entre los que se guían por el odio del fascismo mediatizado y los que aún se manifiestan en rechazo a la nueva guerra imperialista. Con un continente dividido, entregado en gran parte al fascismo trasnacional y condenado a sus deudas de corrupción, cumplimos este bicentenario.


La década entera ha estado harta de los intentos belicistas sobre el continente; Honduras, Brasil y Ecuador pueden hablar con precisión de los efectos dominadores del fascismo impulsado por las trasnacionales del capitalismo global. Colombia, que no ha conocido aún una experiencia de aquellas que denominados progresistas sobre la primera década de este envejecido siglo –no tanto por sus años como por sus odios- sigue al servicio ciego de los intereses trasnacionales, siempre violentos, siempre corruptos, siempre insultantes. Gozamos con el despreciable título del hermano lacayo que es capaz de agredir a su propio hermano para gozar con las migajas de la mesa del vecino. La pobreza patriótica de nuestros gobiernos nos ha puesto ante la vergüenza continental como un país sin dignidad ni escrúpulos. Los gobiernos de estas épocas insultan el derecho de los pueblos y prestan sus bases militares para asesinar hermanos; vergüenza producimos en el continente y de vergüenza está plagada la cúpula corrupta que ostenta el poder, para quienes la guerra, contra el que sea, es la cortina perfecta para ocultar sus fechorías. A doscientos años de las primeras independencias, el gobierno de turno, sigue mostrando que no hay límites para el odio y la corrupción y que no están dispuestos ni siquiera a respetar los principios básicos de la democracia republicana que dicen representar. ¿Qué conmemoramos? conmemoramos el proyecto frustrado de la unidad republicana de Bolívar y de Martí, de Leona Vicario y de Juana Azurduy; conmemoramos la cita incumplida de Angostura, y conmemoramos la fragmentación potenciada por la banca trasnacional que hoy sigue haciendo de las suyas en nuestro continente. No los conmemoramos, porque compartamos ese camino de la derrota de la América nuestra; lo conmemoramos porque esos sueños y esos proyectos siguen vigentes en el corolario de las luchas por la tierra y el agua de los pueblos nuestroamericanos que no se rinden ante el poder injurioso del imperio.

Como hace 200 años, los pueblos marginados y mancillados por las familias poderosas que suplantaron el poder español y estadounidense para seguir al servicio de sus instituciones, nunca abandonaron la lucha ni han abandonado la esperanza de un continente nuevo. Desde la gran lección de la independencia Haitiana, la primera de todo el continente, hasta las banderas emancipatorias del zapatismo, de las cholas aymaras, de los combatientes mapuches de Chile y las sonrisas maravillosas del pacífico afrodescendiente, las banderas de la libertad, la dignidad y la paz, siguen ondeando en sus territorios y trincheras.

Hoy Venezuela está amenazada por las bombas que destrozaron a oriente medio con toda y su milenaria historia cultural y política; hoy Venezuela y todo el continente siente la bota militar de nuevo entrando a sus calles y casas asesinando gente para cumplir las metas del imperio, como en Panamá, como en Nicaragua, como en la Chile, como en Guatemala. Hoy, a doscientos años de las independencias, es hora de batir el clamor contra la guerra, es hora de enarbolar la dignidad como bandera y es hora de recordar  lo que José Martí, ese hermano gigante de Nuestra América, nos dijo hace casi 150 años: “El amor, madre, a la patria, no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; Es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca“.

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miércoles, 20 de junio de 2018

Te veo en las Calles


Te veo en las calles

 Almaro

S
é que habíamos prometido vernos pronto en la copa de un nevado, bajo la cristalina golpiza de una cascada o bajo el sol intenso de una mar desprovista de sombras. Pero no logro ver el nevado, ni la playa, ni la cascada. No logro hallarte en esos lugares que hoy vuelven a estar en riesgo, porque los que gobiernan desprecian el agua del nevado, destruyen la montaña de la cascada y envenenan la mar. Solo logro verte en la calle, en la marcha que pide agua, en la multitud que quiere democracia y en la protesta contra los explotadores de la tierra. Veo tus manos trazando en la pared un mensaje a los jóvenes revolucionarios, te veo sobre la ventana de un auto alzando las banderas de la paz y la esperanza. Veo tus ojos tras la capucha que esconde el rostro para poder mostrar la indignación; mis ojos no pueden dejar de ver tu sonrisa caminando de la mano con tus camaradas exigiendo el pan, el agua, el derecho a un mundo donde vivir valga la pena. Te veo rechazando desde la tribuna el asesinato del estudiante víctima de la intolerancia policiaca, te veo llevando la pancarta en donde se lee paz, mientras tus labios, sedientos, la gritan en coro. Te veo en la protesta y el tropel, te veo en medio de la muchedumbre y el mitin, te veo en la reunion preparatoria de la marcha y en la marcha preparatoria de la próxima lucha.
Vienen tiempos difíciles, difíciles para la montaña y para el amor, para la cascada y el nevado; las balas volverán a ocupar el silencio del desierto y las amenazas caerán de nuevo mientras se envenena la tierra con glifosato. Vienen las bombas del fracking y de la guerra, todo indica que la pequeña paz, recién nacida, se quedará de nuevo a las puertas de un hospital viendo morir a sus abuelas y estas a sus hijos. Vienen tiempos de violencia y lágrimas, y aun no logro verte en el nevado, escapada de las tribunas y las marchas; Estás ahí, en medio de la gente que ha recuperado su dignidad; te veo venir encabezando la manifestación; te veo con tu piel convertida en dibujo y te veo llevando la banderita verdeamarilla o la camiseta roja de la sangre roja; veo tu cabello recogido peinado combativamente para que pueda ver el sello precioso de tu juventud y tu cuello. Te veo dirigiendo la reunión del consejo de estudiantes y la junta del barrio, te veo organizando la asamblea y adornando la sede, escribiendo con el corazón las consignas sobre papelitos que serán repartidos en el mitin y te veo hablándome al oído, diciéndome casi en silencio, solo después de un beso, “no me esperes en el nevado, es el tiempo de vernos en las calles”. 



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jueves, 14 de junio de 2018

Petro, el trabajo, el Agua y la Paz


Petro, el trabajo, el Agua y la Paz

"Si Petro cumple con la agenda del trabajo, la protección del agua y de la paz, Colombia podría pasar del lastre del atraso a la vanguardia del desarrollo; los territorios tendrían derecho a la palabra y la palabra de los pueblos sería decisiva. Las montañas y los ríos tendrían una segunda oportunidad y la democracia podría construirse sin el miedo al francotirador". 



Mauricio Rodríguez Amaya


Conozco a Petro hace más de dos décadas; cuando él era Representante a la Cámara y yo era dirigente de la Asociación Nacional de Estudiantes de Secundaria, nos acompañó en varias escuelas y eventos políticos, lo acompañamos cuando quiso ser Alcalde de Bogotá por primera vez y su campaña pasó casi desapercibida, luego volvió al Congreso para enfrentar sin miedo la parapolítica y la corrupción. Nos volvimos a encontrar en el Polo Democrático en orillas diferentes y votamos por él es su campaña presidencial de 2010. También fui testigo de su gobierno en Bogotá, y la forma como logró darle síntesis a la agenda social iniciada ocho años atrás y que no pudieron detener, a pesar de la persecución fascista de Vargas Lleras, Ordoñez y Uribe Vélez.  





La Agenda política de Petro ha sido coherente en lo que conozco de su carrera, ha enfrentado la corrupción desde varias tribunas, supo denunciar incluso esa misma corrupción cuando El POLO la orquestó en Bogotá; ha sido contundente en su denuncia de la toma mafiosa del Estado y no ha dejado de construir con la gente una agenda de derechos, basada en la sobrevivencia del planeta, el derecho a la dignidad humana y la posibilidad de construir una sociedad más incluyente y equitativa. Es un hombre billante y académicamente riguroso, no sobrestima su capacidad y sabe rodearse de personas que piensan colectivamente las agendas y los discursos. Su Programa Progresistas se basa en lo construido con los años, con las luchas dadas de toda la vida y con los aprendizajes que le permiten combinar con audacia en sus discursos teorías y opiniones políticas. es de esos políticos que al escucharlos uno se siente en clase de economía o de Historia, o de ambas. 





Sin duda, la agenda de Petro está lejos de ser Socialista. Por lo menos del Socialismo estatista clásico que conocimos en la Europa del Este y que repetimos sin miramientos contextales en algunas latitudes de nuestra América Latina. La agenda política de Petro combina, no sin las respectivas contradicciones, la necesidad de crecer en empresas y negocios con la protección adecuada de los bienes comunes de la naturaleza; habla de productividad y también de empleo decente; conversa con las nuevas tecnologías pero no desprecia los saberes ancestrales de nuestros pueblos originarios, habla de energías limpias pero reconoce el poder imprescindible del petróleo para la economía global contemporanea; En lo particular, hay tres temas que hacen que la decisión de votar por Petro sea hoy el producto de la voluntad y de la razón: Primero, Un gobierno de la Colombia humana puede poner de relieve la necesidad de proteger el agua, de ordenar el territorio alrededor de la conservación de nuestras fuentes hídricas; Segundo, en la Colombia humana, se reversaría la reforma laboral del neoliberalismo, que destruyó el trabajo decente y nos condenó a la precariedad, la tercerización y la violencia contra los sindicalistas; Tercero, Petro es quien puede garantizar que el Estado cumpla la palabra dada en el Acuerdo para la terminación del Conflicto armado con las FARC y al tiempo podría proponer caminos para resolver con el diálogo la confrontación con el ELN, incluso Propone fórmulas creativas para reducir la capacidad ofensiva de los grupos paramilitares, que aliados al narcotráfico y la clase política más retardataria, amenazan con mantenernos en el capítulo casi eterno de la guerra.



 Si Petro cumple con la agenda del trabajo, la protección del agua y de la paz, Colombia podría pasar del lastre del atraso a la vanguardia del desarrollo; los territorios tendrían derecho a la palabra y la palabra de los pueblos sería decisiva. Las montañas y los ríos tendrían una segunda oportunidad y la democracia podría construirse sin el miedo al francotirador. Por supuesto que habrán perdedores si Petro Gana. Perderán las mafias el control del Estado, perderán las redes de narcóticos el control de ciertos territorios, perderá el latifundio improductivo y perderán los que se oponen a salir del atraso del extractivismo. Perderá la clase corrupta y perderá el fascismo. Perderán los dueños de la guerra y los financiadores de la muerte.




Este es un voto de aprecio personal y de compromiso colectivo. Es un voto de confianza y un voto de trabajo, pues será responsabilidad de todos y de todas hacer que el gobierno de Petro cumpla con lo dicho. Colombia está a pocas horas de iniciar un rumbo que aún no conoce, y eso asusta; pero esta vez, sabemos bien lo que significa el retorno del fascismo y no hay futuro que pueda ser peor que ese que ya vivimos y todavía nos duele. Es el momento del trabajo, del Agua y de la Paz.

 
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domingo, 21 de mayo de 2017

Buenaventura y Chocó: La Revolución Pacífica

Buenaventura y Chocó:
La Revolución Pacífica

El Paro en el pacífico dejó al descubierto el abandono en que durante décadas el Estado Colombiano, centralista, racista y capitalista, ha sometido a los pobladores del Chocó y Buenaventura.

Por Mauricio Rodríguez Amaya




El chocó no aguantó más y desde cada casa se construyó el Paro Cívico, la gente salió a las calles, cerró el comercio y empezó uno de los capítulos más bellos por la dignidad del pueblo chocoano. Algo parecido sucedió en Buenaventura, la hora cero decretada fue el pasado martes 16 de mayo a las 5:00 a.m.; a partir de entonces, se clausuró el comercio en su totalidad, las vías fueron cerradas y la multitud se tomó las calles. Lo que antes eran estacionamientos de tracto mulas, se volvieron improvisadas canchas de futbol, lugares de canto y currulao, puntos de encuentro entre amigos y vecinas. Así nació el paro, como su región, pacífico, valiente, solidario; un Paro que sólo ha recibido por parte del Estado, la acostumbrada represión policial y estigmatización y señalamientos por parte de los medios de  comunicación dominantes.

El Paro en el pacífico dejó al descubierto el abandono en que durante décadas el Estado Colombiano, centralista, racista y capitalista, ha sometido a los pobladores del Chocó y Buenaventura. El pacífico colombiano pide servicios públicos, pide agua potable, pide escuelas y colegios, pide desarrollo económico, pide paz, esa paz con la que se sueña después de la guerra, esa paz que implica pan y salud, trabajo y dignidad. Esa región ha sido marginada y estigmatizada por siglos. Fue construida a fuerza del cimarronaje libertario del pueblo afro decsendiente  y de la resistencia indígena y mestiza. El pacífico colombiano se quedó rezagado del desarrollo centralista, machista y racista con el que se construyó el Estado; detrás de la cordillera quedó el desarraigo y el abandono.  En esa región, la minería y la industria maderera esclavizan pueblos enteros y destruyen ríos y montañas que sirvieron de refugio a pueblos libertarios; por esa región entra y sale el libre comercio, el 60% de las importaciones que recibe Colombia, pero en su pueblo solo quedan los desperdicios de los contenedores y la contaminación producida por los buques. En toda la región pacífica, sus habitantes son precarizados y tercerizados en su trabajo, estigmatizados por su condición negra o indígena, y condenados a la pobreza y al olvido. A Buenaventura la baña el Dagua y el Danubio, pero no tiene agua potable; su naturaleza produce maderas finas y fieles, pero no tiene industria maderera, la pesca es diaria y abundante, pero no hay mercado pesquero, y los barcos que antes hacían la pesca se oxidan en el mar del abandono. El Chocó tiene las tierras más fértiles de toda Colombia, pero no hay alimentos, las aguas más torrenciales, pero no hay energía y la gente más noble, pero no hay escuelas. El poder central del Estado se queda con todo, con las riquezas del puerto y la industria maderera, con la fuerza de trabajo y la exigencia del oro.



12 familias son dueñas de la Sociedad Portuaria de Buenaventura, ninguno de sus dueños vive en Colombia, pero el puerto vincula 4000 obreros que no tienen contratos de trabajo, estar tercerizados, ganan menos de veinte dólares al mes y no cuentan con seguridad social ni derecho a pensiones.  4000 obreros producen la riqueza de 12 familias, las mismas que controlan los Ministerios de Comercio Exterior y del Trabajo, la Superintendencia de Puertos y la Presidencia de la República, la Gobernación del Valle y la Alcaldía de Buenaventura. Ellos lo controlan todo, pero no viven en Colombia para ver las consecuencias trágicas del modelo de explotación violenta que imponen en el puerto más importante de Colombia.


Los pueblos del Pacífico no aguantan más y han lanzado a la historia un grito de rebeldía, han iniciado una revolución pacífica, libertaria y bella, una revolución negra, indígena y mestiza; una revolución que desde el mar atravesará las montañas de los Andes y se escuchará en cada Rincón de la América Nuestra. La Revolución del Pacífico, es la revolución de todos nosotros y nosotras, los que luchamos por un país donde valga la pena vivir y sembrar, danzar la ritmo del currulao y la marimba, disfrutar los ritos y los mitos de las gentes bellas que conversando con la tierra y el océano han decidido iniciar una nueva lucha por la libertad y han prometido no dar marcha atrás.
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lunes, 19 de septiembre de 2016

Un octubre 3, después de la Guerra

Un octubre 3, después de la Guerra


Mauricio Rodríguez Amaya


Las cosas se parecen al pasado, los pobres seguimos siendo pobres, las multinacionales siguen explotando nuestro carbón, envenenando nuestras aguas con mercurio y destrozando pueblos; todo sigue como ayer, como hace unos años; pero hay algo nuevo, algo poderosamente nuevo, se respira otro aire de esperanza.



Hoy Salí a trabajar, temprano como de costumbre, tomé el transporte de siempre, los mismos rostros, las mismas sillas llenas; algo era más extraño; por alguna razón, más gente venía conversando sobre ayer, sobre los acontecimientos de la mañana y las angustias de la tarde mientras se esperaban los resultados en casi todos los televisores y en todas las radios. En casi todas las ciudades, salvo algunas pequeñas y remotas, había ganado el Sí, un sí de un país entero por la Paz, como una manifestación colectiva del agotamiento que sentimos con la guerra. Había ganado el Sí; cerca de las 7 de la noche, ya los resultados confirmaban un deseo colectivo, una posibilidad peleada y soñada; la diferencia era abrumadora, quienes salimos a votar fuimos muchos, los que votaron por el Sí fueron casi tres veces el número de aquellos que dijeron no.

La tarde estuvo igual; en el almuerzo la paz era el tema y las sonrisas la constante; en la tarde, en el café, todo hablaba de paz, todo hablaba de ganas de parar y superar la guerra. Al final, mientras compartía algunas notas en el cafetín de la ventana grande, dos mujeres, trabajadoras treintañeras, simpáticas, discutían fervorosamente sobre el tema, ellas conversaban sobre la síntesis de este escrito que aún no había nacido. La mayor dijo, pues al fin y al cabo,  todo sigue igual, hoy me tocó madrugar igual y trabajar como si nada; nada ha cambiado; la chica, la más joven, respondió, sí, tienes razón, todo sigue igual, pero no podrás quitarme, al menos por hoy, la sonrisa que produce esta nueva esperanza.

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viernes, 20 de febrero de 2015

Las Ocho guerras


Las ocho guerras


Mauricio Rodríguez Amaya
Julio, 2028

H
ace quince años, el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo nos invitó a un evento de conmemoración de su 35 aniversario, en esta multitudinaria reunión, se dejó planteada una pregunta: ¿cómo será el país de los próximos quince años? Bueno, no teníamos como saberlo, no conocíamos la paz, por lo menos la firma de acuerdos que permitieran la superación del conflicto armado, éramos parte de la generación que no conocía un solo día sin violencia; y peor aún, no teníamos ni idea que habríamos de vivir el largo periodo de las ocho guerras.

La historia cambió, dio vuelcos incomprensibles y  vertiginosos; parimos un nuevo destino en medio de miles de incertidumbres, conflictos necesarios y aprendizajes complejos. Después de la firma de los acuerdos de paz, el país tomó un nuevo aire; las alas de los pueblos se multiplicaron y las calles se llenaron de gente para exigir cambios profundos, los colores se tomaron las calles y las calles se llenaron de protestas y las protestas estaban hinchadas de programas y los programas eran el futuro. Pero, como era de esperarse, muchos aún no comprendían los giros de la historia, y al contrario, hicieron todo cuanto estuvo en sus manos para evitar los cambios.  Así llegó esa época apasionante y dolorosa, que los historiadores contemporáneos llaman el período de las ocho guerras. Paradójicamente, la guerrilla más antigua del mundo dejaba las últimas armas, mientras cientos de personas por todo el territorio colombiano las tomaban por primera vez. Todos sabemos que el periodo de las ocho guerras fue menos largo pero mucho más intenso que la época anterior, y en cierta forma sin él, no estaríamos hoy hablando de los cambios que logramos. Primero vino la guerra de la tierra, en la que miles de campesinos saltaron sobre millones de hectáreas despobladas y dedicadas al engorde financiero; familias enteras se inmolaron para que fuera posible recuperar la pequeña propiedad campesina en el país con la mayor concentración latifundista; muchos murieron, aún en este momento no ha sido posible indicar cuantos, pero la guerra se ganó y no hubo suficientes balas ni bombas para despoblar un país que estaba siendo reconquistado y repoblado por la esperanza y la vida; pero si la guerra de la tierra fue cruenta, la guerra del agua fue más dolorosa. Empresas multinacionales eran las dueñas de las minas, el petróleo  y el agua, y fueron necesarias las más de 300 asambleas populares, las consultas abiertas, los millones de votos, para que se entendiera la necesidad de recuperar el control directo de la explotación de los recursos naturales y particularmente, el control sobre el agua. Pueblos enteros, miles de personas dejaron su vida en paréntesis, hasta no resolver el problema de la expulsión de la trasnacionales del agua y de las minas; las gentes en las plazas por más de cuatro meses en el año de las causas perdidas, lograron que el Estado reconociera la propiedad legítima sobre la tierra, el agua y los recursos naturales; fue la gente bajo las carpas, las lluvias matutinas y el inquebrantable solsticio de ese invierno, lo que lograron recuperaran el control sobre sus territorios, sus culturas sus imaginarios colectivos, sus vidas. Vino la guerra de los desocupados y las miles de manifestaciones atropelladas en las ciudades capitales; y esos desocupados se juntaron con los sindicatos y ganaron mejores condiciones para el empleo y el trabajo digno;  vimos venir la guerra del aire, y la ganamos,  y nunca tanta gente entendió como en esos meses su derecho al oxígeno limpio; y vivimos la guerra del petróleo y no se vendió un solo galón más de combustible privatizado; fuimos testigos de la guerra del indio y los territorios crecieron y volvimos a disfrutar de los sitios sagrados y se recuperaron cientos de estos lugares que habían sido avasallados por las excavadoras del carbón y los metales; sufrimos la guerra de los puertos, también conocida como la guerra negra, porque por todo el borde descomunal del pacífico, miles de hombres y mujeres de tez morena y corazones cálidos decidieron recuperar el rumbo de su propia historia. Esos días en que se pararon los puertos de pacífico,  sufrimos los avatares del desabastecimiento, pero en medio de las necesidades, todos sabíamos que era necesario aguantar, y así fue posible, volver a probar las bondades de nuestro suelo y nuestras montañas, de nuestros mares y ríos que se recuperaban vertiginosamente de la debacle próxima que produjo las guerras.

Luego vinieron esos días difíciles, cuando la represión endureció sus tácticas ad portas de la caída del régimen del Infame Monumental; soportamos con dignidad las duras circunstancias en esa breve guerra de los colores, y pudimos conocer el primer gobierno de los pueblos libres de la Colombia entera; el día de la marcha de los colores, sentíamos que nos estábamos descubriendo a nosotros mismos, que no había viaje hacia atrás y que era el momento de asumir la tarea de  inundar todas las literaturas con nuestra propia historia.
Estos quince años, desde el día en que el Colectivo nos indagó sobre el futuro, han sido la cantera de otra vida, la vida de otros pueblos, la esperanza que resurgió de las tristezas y de la muerte; han sido la vida repensándose y la tierra produciendo de nuevo alimento y amor; el agua fluye y es de todos, se puede respirar sin pagar el odioso impuesto del aire; se puede caminar por el mundo y tener el pecho henchido de orgullo por estas ocho guerras que cambiaron nuestras vidas para siempre.