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sábado, 15 de junio de 2019

Hija


Hija






Almaro

Nací el mismo día cuando vi tus ojos. Ya tenía sospechas que vendrías para revolcarlo todo, para poner a latir este corazón inagotable, para llenar de vida la vida completa, para que cada paso y cada palabra tuya lo cambiara todo, lo hiciera letra, flor, caricia, amor, alimento, calma. Llegaste entre los vientos de abril y las esperanzas de la juventud; traías entre tus manos la estrella que me guía.
 

Fuimos caminando desde la casa al primer día del colegio y ni tú, ni tu mami ni yo queríamos movernos de la puerta; vivimos heridas de los primeros días y aprendimos a curarnos juntos; luego todo era una fiesta entre colores y dibujos mágicos que aun conservo como se conservan los tesoros de la Atlántida. Luego fuimos muchos días a la escuela y al parque, a la tienda y al cine; en las noches, leímos muchas historias que se iban quedando en tu memoria mientras venían los sueños, y cuando sentías que mi voz se apagaba, entre el cansancio y las horas, volvías en sí para pedir con tu voz entre dormida, sigue leyendo. 




También nos separamos muchos días y las lágrimas nos hicieron abrazarnos infinitamente para recordarnos que en nuestros brazos están los secretos que se necesitan para respirar. Luego vinieron tus palabras bellas, tu amor por las divinas, tu canto a tientas de las letras de las populares, y tu sonrisa milagrosa en la que se olvidaban todas las angustias.



Aprendimos a leernos los cuentos y los ojos, a quedarnos en silencio sobre los dibujos y sobre la pradera de los parques. Aprendimos a respirar al mismo tiempo y aprendí a subir las escaleras mientras me ganabas todas las carreras. Aprendí a vivir por primera vez siguiendo cada uno de tus pasos. Aprendimos a viajar juntos y a conocer de la mano otros destinos, otros idiomas, otras geografías de este planeta que se nos quiere volver más pequeñito.

Vas creciendo y en tus ojos es donde quedan los secretos de la esperanza; en cada marca de este calendario estás más grande, y a veces a mi lado, sueñas con alcanzar mi estatura mediana. Reconoces que te falta trabajo, pero estás tranquila porque sabes que más temprano que tarde me mirarás desde más arriba y besarás mi cabeza cuando me abraces en silencio y mi corazón brinque como niño cerquita de tus brazos.


Hija, tu tallaste la forma perfecta de este corazón, has acompañado mis triunfos y me has visto llorar en esos días de las cosas difíciles; hemos conversado por horas, sobre las cosas que nos enseñan y nos desenseñan estos días turbulentos, donde el odio pareciera ganarle la batalla al amor y en donde las gentes se estrellan en los paraderos de sus propios afanes. Pero tu hija mía, sigues vertiendo calma en esta vida que respira para tenerte cerca, que no se rinde, porque tú eres el más grande de los triunfos, el más perfectamente sencillo deseo de vivir.



Gracias por acompañar este camino, gracias por haber mirado hacia este planeta, cuando antes de venir, decidiste escogernos a tu mami y sus ojos gigantes y a mí, con este corazón que ya te pertenecía antes de conocerte. Gracias por caminar a mi lado y por ganarme las carreras en las escaleras y los parques, gracias por escribir tan bello como lo haces, gracias por compartir esta pasión por las letras y las lecturas y gracias por enseñarme que el tamaño del amor está hecho a la medida de tu sonrisa y a la forma exacta de tus abrazos. El camino nos llevará a nuevos destinos y también volveremos de vez en cuando a los senderos ya  caminados para recordarme, recordarnos, que el aire de tu aliento es el que necesito diariamente para respirar.







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miércoles, 12 de junio de 2019

Mi corazón, mi entendimiento


Mi corazón, mi entendimiento
Pquyquy Cho
(Corazón bonito)

Almaro





He venido de tierras lejanas que ahora me parecen extrañas y de las que pareciera que se borraran las memorias. He venido a la conquista de tus secretos, al amasijo profano de tu vientre y al tejido paciente de tus deseos. He conocido el lugar recóndito en donde guardas mil riquezas, entre poemas en lenguas milenarias y pasos caminados por hombres y mujeres que crearon este mundo que ahora tú me enseñas viajando en las estrellas de tu cielo; me has llevado al sitio donde ocultas tus libros secretos y las pócimas donde aprendiste a cambiar el mundo solo con tronar tus dedos. No conocía tu lengua, pero de ella aprendí que corazón y entendimiento son la misma cosa, se pronuncian con la misma fuerza y en las mismas siete letras, como siete misterios. No sabía de los parajes profundos en donde reyes y reinas entregaban al sol y a la luna sus tesoros fundidos en jornadas extenuantes de saberes y fiestas; no conocía este mundo tuyo, repleto de imaginación y de misterios, que ahora me parece tan cercano y tan propio.






Vine a conquistar la cumbre pronunciada de tus labios, y a beber en tus besos esos lenguajes nuevos que se escriben con el color de la montaña o las aguas prodigiosas de tus ríos; vine a saborear el idilio sagrado de tus mejillas, en donde el frío reposa tiernamente mientras mis manos temblorosas conocen poro a poro esos nuevos senderos. Tomaré posesión de las alturas de tus senos y desde sus cumbres majestuosas y tibias proclamaré mi nuevo reino; te tomaré por la cintura y clavaré mi espada en la tierra fértil de tu cuerpo, dejaré en tus oídos una oración profana de jadeos en donde prometeré no salir jamás de este paraíso sagrado que me ofreces hasta morir idolatrando tu presencia y tus diosas. Bajaré a las profundidades de formas cóncavas y dúctiles y con mi lengua tallaré mi nombre con la suavidad de las aguas que nacen desde el fondo de tu vientre y vienen a alimentarme y a beberme. Besaré cada valle y cada curvatura de tu espalda y cabalgaré sobre ese terciopelo majestuoso que solo conocen los frailejones y los duraznos, y la recorreré palmo a palmo, a veces con la fuerza raudal del aguacero, a veces con la suavidad del rocío que hace el amor al alba en cada pétalo.

 

Ya no pronunciaré mi lengua, y aprenderé la tuya en la que corazón y entendimiento son la misma cosa. Quiero morir enterrado en tu cuerpo, dejar que mi espíritu sea liberado en los cielos radiantes de tus constelaciones, y quiero vivir mil años entre las caricias de tus manos que labran la historia de tu pueblo, ese pueblo que ha fraguado mil batallas para recuperar la memoria profanada por almas invasoras y pérfidas y para lamer las cicatrices que en otras guerras avasallaron sus cuerpos.  No volveré a partir, moriré complacido en las orillas de tus mares y tus lagunas de oro y cielo; quemaré mis navíos y ya no conoceré otros destinos que no vengan de la extensión maravillosa de tu cabello o de la oscuridad profunda de tus ojos o de la paz sincera de tus besos. Naceré de nuevo, entre tu lengua, entre los hijos bellos de tus tierras, y me quedaré mil años hecho polvo y cieno, planta natural y pétalo, aquí en donde estarás tú, mi corazón, mi entendimiento.

 
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miércoles, 24 de abril de 2019

La decadencia del Capo


La decadencia del capo
Almaro

“Para perseguir a este tirano búho, hay que bajar con él hasta el fondo del abismo, siguiéndolo en su voloteo vertiginoso en las tinieblas (…) era un despreciable y oscuro soñador de crímenes; aquel déspota, fue un arcaísmo político, un extraño en este siglo, una especie de fraile loco, escapado de su celda, y tocado del misticismo de la destrucción”.
José María Vargas Vila, De los divinos y los Humanos. Sobre otro déspota parecido al protagonista de esta nota.

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Son famosas las decadencias de los usurpadores, de los déspotas y los sátrapas. Pero las caídas de sus cuerpos descompuestos no son silenciosas ni calmadas; por el contrario, están repletas de jadeos y gritos espantosos, de olores hediondos de la fetidez que despliegan mientras caen. No hay caída de un tirano que no termine estrellada sobre la sangre que derramó en los cuerpos de su pueblo; no hay silencio en la decadencia de los asesinos; precisamente porque esos estertores melancólicos y dramáticos son su voz agónica ante la inevitable circunstancia de su desgracia.

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Este hombre minúsculo se hizo grande en la felonía de la trampa y la traición; creció rodeado de los capos que le formaron para ser uno de los mismos, uno de ellos, el más servil y útil capo de entre ellos; aprendió de lealtades y de rutas, aprendió que era útil matar comunistas para ocultar las guerras de la mafia; su padre manejaba todo, conocía muy bien a sus enemigos y sus amigos eran pocos. Era poderoso como solo él pero la muerte le llegó pronto, producto de las mismas traiciones e inquinas que le habían llevado a convertirse en uno de esos hombres duros que la mafia protege. El estudiante se hizo maestro y burócrata, hizo aeropuertos y limpió las rutas de competidores indeseados; muchos murieron hasta que él se convirtió en esa especie de jefe medio que manda pero que obedece, que grita pero que calla, que mata pero pide permiso. En las épocas en que los capos se volvían héroes, él se escondió en la fila trastera de los cobardes; así que la furia cayó sobre la arrogancia de los poderosos y él se quedó abajo, esperando el momento de asaltar el vacío dejado por sus antiguos dirigentes. Era la época de la opulencia y la arrogancia, de los escándalos y los espectáculos como muestras de poder y de encanto; amenazar, cumplir, matar, seguir reinando, era la línea poderosa de los capos mayores; él aprendió el arte de encubrirse, de pasar por debajo desapercibido. Se hizo gobernante muy joven y acumuló su propio poder. Cada día dependía menos de sus mentores hasta que le estorbaron y entonces vino la difícil pero plácida tarea de exterminarlos. Sus ejércitos, ahora al servicio del Estado que combatían, llevaron a la muerte al más grande de sus maestros.

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Ya sin aspavientos, él tomó su lugar, de a poco, como crece la hiedra y el regaliz en selvas húmedas de ansias de poder y secas de decencia. Se tornó imprescindible, consolidó su ejército, controló las rutas del narco, los contactos, los jefes medios, unificó a los narcos regionales, refundó la patria ante el poder impotente de su insignia mafiosa y llegó a Presidente. Ya en el gobierno, amnistió a sus socios y exilió a sus contradictores, aquellos que quedaban de otroras épocas cuando él no era más que el mensajero, el aprendiz, el joven dúctil y locuaz que consumaba cumplidamente las órdenes que le eran asignadas.

Gobernó largo tiempo; instauró el miedo, creó escombreras de tumbas, mató miles y los vistió para la muerte, tomó el derecho para destruir el derecho, creó leyes para asegurar su impunidad y se hizo reelegir usando las trampas y las balas que desde joven había aprendido a cultivar pacientemente. Quiso mantenerse en el poder que envenena su espíritu engreído y paciente, pero las cosas habían cambiado, y aquellos que lo usaron para limpiar el país de sindicalistas y campesinos, ya no necesitaban de la misma forma de sus servicios. Le ofrecieron un partido propio y un puesto en el Congreso, como otros sátrapas en otras geografías, que después de matar se hicieron senadores.

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Vinieron épocas de cierta calma, donde su poder se convirtió en problema para una parte de los poderosos que representaba. Nunca dejó de ser el mensajero aquel que cumplía cabalmente cada orden, nunca pudo ponerse a la cima del mundo, porque el mundo le pertenece a los que alimentan la guerra que lo usa.

Sigue presentándose como el gran jefe, pero siempre ha sido el mensajero otrora preferido, ahora medio incomodo mensajero. Hizo la guerra, alimentó la guerra, necesita la guerra porque ahí es cuando más lo necesitan. Controla sus redes de asesinos, los pájaros oscuros de la muerte que lo siguen tratándo como el capo supremo entre los capos. Pero ineludiblemente estorba a las élites que lo usaron y él lo sabe. Ha empezado la caída, su caída funesta, su desaparición trágica.

Ha iniciado su ocaso; su final melancólico y trágico. Pero él, tan cobarde y paciente, no quiere dejar de ser, de aparentar ser la sombra que todo lo oscurece, el buitre que decide la carroña, el apóstol santificado de la decadencia. Ahora, en su caída impredecible, grita, amenaza, deja las babas exaltadas en la mesa, gruñe inverosímil, dispara bocanadas inefables de insultos. Su caída será lenta y dolorosa, su final será escandaloso y perverso, él es la perversión. Ha empezado su degeneración y del estadista que quiso ser, quedarán sus sombras y las miles de tumbas en que sostuvo su oscuro mandato. Viene su fin, por eso grita, por eso enloquece y no hay medicina natural que atenúe el desespero de su alma mordaz y sucia ante la inminencia de su caída al fondo del abismo.
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domingo, 10 de marzo de 2019

La chica de la tela




La chica de la tela

Almaro





Ya hace varios días que no viene; he estado esperando inútilmente sobre las 9 o cerca de las 4, que eran las horas en que acostumbraba a verla desde la ventana que deja luz al pequeño escritorio donde trabajo en esta agencia de viajes. Ella venía, silenciosa, sola, con su maletita de estudiante, dejaba en el suelo sus pertenencias, sacaba una enorme tela negra, y empezaba, sin decir una sola palabra, a improvisar una serie de movimientos que con el tiempo se iban volviendo más fuertes, más intensos, más conmovedores; después de algunos minutos, iniciaba un monólogo extraño, entre sonidos estridentes y textos de alguna obra teatral, una poesía o alguna canción de tierras lejanas; cantaba, gritaba, gemía, hablaba en susurros, con su voz tenue, melancólica, fuerte, aguda y grave. La primera vez que se instaló frente a mi ventana, pensé que se trataba de alguna chica buscando algún aliento económico con su presentación unipersonal, sin ayuda, sin compañía, solo algunos transeúntes que se dejaban salir de su camino para introducirse en la rutina de esta chica; muchas personas la miraban extrañados al pasar a su lado, e incluso, algunas veces los agentes del orden intentaron detener su ejercicio infructuosamente, porque mientras ajustaban esos movimientos extraños a un delito perseguible, el ejercicio se daba por finalizado; otras veces vi rostros absortos convertidos en sonrisas y en otras ocasiones, vi gente dejar pasar minutos de sus vidas para convertirse en su público gratuito.


Muchas veces la vi repetir su extraña presentación, nunca pidió monedas ni esperaba recibir aplausos, solo ella y su enorme tela negra llegaban y se iban en el mismo silencio absorto. Con el tiempo comprendí que no era la necesidad de la limosna la causa de sus vueltas en el suelo; entonces pensé que se trataba de una actriz de alguna compañía teatral que había decidido abstraerse de su grupo para preparar su presentación; también llegué a pensar que se trataba de una estudiante que por alguna razón extraña, abandonaba la comodidad de los salones de clase y los portentos auditorios y por la dureza de los andenes y el cemento para desarrollar sus corporencias, (que es como le llaman las actrices a las conversaciones que se realizan con el cuerpo) sin más aspiraciones de público que los pocos transeúntes extrañados, los policías al servicio de la cuadra y yo, yo desde mi ventana y mi escritorio de venta de viajes.



Cuando ella convierte la calle en su escuela, su campo de combate, su teatro, o lo que sea, los transeúntes se detienen, miran un poco, pretenden haber comprendido alguna cosa, y luego se retiran; yo no, yo me quedo observando toda la secuencia, paro mis ocupaciones y me deleito con su voz y su danza, con su cuerpo y su cabello, casi tan largo como la tela negra en que se envuelve sobre el suelo frío; Cuando termina cada presentación, está extenuada, sudorosa, cansada; toma con el mismo silencio y la misma calma su maletita de estudiante y se retira, sin aplausos, sin público, solo yo, que ya no puedo concentrarme en estas solicitudes de créditos de viaje. Pienso en qué querrá decir con sus discursos, por qué baila en su tela y se deja envolver sobre ese suelo duro; por qué la gente no se queda hasta el final, a ver qué pasa, cómo termina todo eso; pienso si por algún momento cambiará la escena, dirá otra cosa, saldrá de su sencilla presentación absorta y mirará de frente a mi ventana y sabrá que la observo, que disfruto mirar su cabello negro, su tela interminable y sus ojos intensos, oscuros, brillantes, su movimiento compulsivo y frecuente, su sonrisa y sus labios, su sudor y su maletita de estudiante.


Ahora mismo no puedo concentrarme en estos papeles, solo quiero saber en qué lugar de la ciudad su tela estará envolviendo su cuerpo, y cuanta gente pasará sin mirarla mientras yo deseo que venga de nuevo, para salir de esta oficina lúgubre, a romper definitivamente mi silencio, y hasta quizás acepte algún refresco, o un café; decirle que la observo con la pasión del teatro o de la pantalla del cine; que quiero saber por qué lo hace, qué nos quiere decir, de quién son esos textos, por qué escogió precisamente instalarse frente a mi ventana. Ella no viene y no puedo pensar en otra cosa, mientras se acumulan estas solicitudes de crédito de viaje, de gente que quiere salir de esta ciudad bajo cualquier pretexto; yo en cambio, quiero salir de mi oficina, quedarme en la ciudad y buscarla, porque en algún lugar, estará silenciosa y bella, envuelta entre su tela y su cabello, hablándole a los nadies, conquistando otros ojos, mientras los míos solo quieren mirarla una vez más para poder volar con ella sobre su enorme tela negra, en la que debe viajar todos los días desde su mundo mágico hasta mi ventana.



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lunes, 21 de enero de 2019

El amor y la época


El amor y la época

Almaro




No son éstas las noches de dormir tranquilo, tú lo asaltas todo. El mundo se revuelca en su inmundicia de guerra incontrolable, y en mi calle no se escucha un suspiro, gente pusilánime que duerme mientras la tierra muere, y la noche sería perfecta para caer en las trampas del sopor, si no fuera por la imagen de tus besos, el aroma que llega de tu cuello o la mirada tierna y fija con la que sonreíste en ese momento frío del primer beso cálido. Tus ojos no dejan de mirarme y tus manos, de dedos largos y perfectos, no dejan de acariciar las manos mías, rústicas y torpes. Tu voz, siempre cálida, sigue hablándome de ti y de lo bonito que es ese mundo que respiras. La luna de esta noche me habla desde su menguante, yo creo escucharla cuando me comenta que me piensas; no es consolación saberlo porque en mi cabeza no caben más ideas que no vengan de tus párpados, de tus labios o de tus dientes mordiendo con amor los labios que deseo.

No son épocas fáciles y miles mueren; yo sueño con nacer contigo en otro mundo, donde valga la pena amar el aroma de la madrugada y el frío de la noche. Donde sea posible sembrar para vivir y morir para sembrar. Sueño ese mundo donde la vida vale la pena, porque la muerte no lo corrompe todo y sueño, que en medio de todo, la muerte cumpla su papel con paciencia y ternura. Sueño con tus ojos acompañándome mientras caminamos y hablamos de locuras, o de autores profanos; sueño con tus labios imaginando un beso y también recorriendo mi rostro hasta mi boca. Sueño con el día en que iremos a la marcha para pedir la paz, y luego haremos el amor como si fuera la última batalla. Sueño con la calma del amor que se merece la respiración de mis días, y el amor que merece pelear la guerra indescifrable de tus caricias. La vida es tan corta, tanto que las mariposas aletean intensamente para mover el mundo a pesar de lo efímera que resulta su existencia. No moriré antes de amarte, porque quizás en ese amor que sueño se esconde el aleteo de las mariposas y el morir paciente de las larvas. No son fáciles las épocas y miles mueren; yo sueño con vivir a tu lado mientras la bomba no toque el centro de la tierra.


sábado, 10 de noviembre de 2018

Universidad, amor y revolución


Universidad, amor y revolución

“Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”. (Manifiesto Liminar, Córdoba 1918).

Mauricio Rodríguez Amaya

 
Violentos, terroristas, vagos, insensibles con la precaria economía nacional, incendiarios, vulgares, profanos, demonios; estas y otras voces pululan en los medios y en los púlpitos, desde donde  los poderosos que defienden el establecimiento intentan convencernos que estos piquetes de energía con los que hoy nos despierta el movimiento universitario, son solo manifestaciones pasajeras en insensatas de agentes encubiertos del nuevo enemigo internacional o interno (cualquiera que sea su nombre) para poner en riesgo las instituciones que los poderosos han creado con tanto esfuerzo, a costa de ignorancia, violencia y fe. Basta abrir un canal oficial, encender la radio, o soportar un titular de prensa, para ver el alud unísono de insultos y señalamientos orientados a desprestigiar la fuerza vital del estudiantado, sus justas consignas y sus formas creativas de encender la pradera.
 
Son épocas de mentiras y verdades a medias; son épocas en que el odio es más importante que la sensatez y la arrogancia es más admirada que la justicia. Es una época de fascismo social; en las calles se oyen las voces del régimen vetusto que pide a gritos que se levanten los bloqueos, que cesen las marchas, que los estudiantes abandonen la estridencia de sus consignas, que vuelva el orden aquel en que las calles le pertenecían a los automóviles y a los policías. Pero no hay vuelta atrás, un estudiantado creativo y renovador ha decidido no dejar detener la rueda de la historia que han puesto a andar; se han lanzado al paro nacional y han ocupado las calles y las tarimas, los palcos y los balcones; han osado recibir sus clases en las calles bloqueadas y también han debido enfrentarse con gallardía a la tiránica violencia con que el gobierno resuelve a bala lo que los estudiantes exigen con argumentos.

En estas épocas, el fascismo ha cambiado de cara, pasando de sus tácticas autoritarias a la más diversas y democráticas formas de discriminación, estigmatización y miedos; y preciso en estas épocas, cuando se caminaba a pasos agigantados hacia atrás, el movimiento estudiantil emerge desde las universidades públicas y privadas para intentar detener esta carrera loca hacia el pasado; para darle perspectiva al futuro y para exigir que éstas y las generaciones futuras tengan el legítimo derecho al estudio, a la crítica, al verbo sanador de la poesía y al remedio impredecible de la ciencia. Ya van dos meses que el paro y las manifestaciones exigen el financiamiento de la educación superior; van más de 60 días en que el estudiantado va entre marchas y campamentos, entre asambleas deliberativas y decisivas jornadas para definir el futuro del movimiento. Se pide presupuesto, se exigen reformas a los modelos de enseñanza e incluso se levantan propuestas para construir constituyentes universitarias.  
En efecto, el movimiento universitario, no solo exige financiación; en el corazón del debate están los cambios académicos y curriculares, nuevos programas universitarios, transformaciones a los modelos de enseñanza, acciones reales para conectar a la universidad con la comunidad, reescribir nuestras historias y repensarnos colectivamente el devenir. No se trata de una pelea solo por dinero, es también la brega para que la universidad deje de ser la pizarra legitimadora de este orden de cosas decadente; se lucha para la que la universidad reconozca y hable la lengua de los pueblos, de las culturas, de las historias populares que tejen sus destinos emancipatorios; se trata de poner nuestra universidad a la altura de las exigencias de las ciencias y la técnica, para superar las taras del extractivismo, el colonialismo, el patriarcado y el capitalismo; se trata de refundar la idea misma de universidad, desde las voces otras y los colores otros, los que en las distintas geografías de la América Nuestra siguen disputándose el derecho a vivir y re-existir labrando tesoneramente la sobrevivencia de la especie humana.
 
La disputa por la universidad siempre será una disputa contra los saberes dominantes que convierten la vida en recursos y a los humanos en medios; esa disputa por el saber propio y el reconocimiento de nuestra propia historia, es lo que realmente asusta al establecimiento; pensarán ellos en sus agobiantes poltronas de Palacio, que aquello del dinero es negociable, pero lo que no están dispuestos a entregar son sus miradas omnímodas del mundo, su decidida vocación por la servidumbre y su emblemática apología de la violencia. Así que lo que está construyendo hoy el movimiento universitario, -si logramos atenderlo con todos los oídos, las ganas y el corazón-  puede ser una gran oportunidad para repensarnos la vida misma, la democracia, la protección de los bienes comunes, la sociedad en donde sentir sea más importante que obedecer y donde amar sea necesario, aunque no sea estrictamente productivo.   
 
En la universidad se tejen los amores y se tejen las revoluciones; se tejen los romances del campamento, y el súbito beso sobre la capucha; se teje el honor de la palabra y el deseo de abrazarnos en medio de la bruma y de los gases. En la universidad se teje el deseo de hacer trizas este orden ruinoso que nos condena al atraso y nos deja en ridículo ante el juicio prolijo de las naciones. En la universidad se tejen los amores que caminarán juntos o separados esos días de tropel y de asambleas, de besos furtivos y de abrazos fraternos; recordarán las paredes universitarias, ese entresijo de discursos y versos con el que nos enamoramos de la vida y de las luchas, las asambleas y los campamentos serán memoria del deseo inalterable de mandar a la mierda una sociedad que renunció a la esperanza y que ahora espera sentada los titulares de la prensa mentirosa. En la universidad se tejen los amores y eso amores serán por siempre revolucionarios, porque el amor es revolucionario, cuando es verdadero.  
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miércoles, 20 de junio de 2018

Te veo en las Calles


Te veo en las calles

 Almaro

S
é que habíamos prometido vernos pronto en la copa de un nevado, bajo la cristalina golpiza de una cascada o bajo el sol intenso de una mar desprovista de sombras. Pero no logro ver el nevado, ni la playa, ni la cascada. No logro hallarte en esos lugares que hoy vuelven a estar en riesgo, porque los que gobiernan desprecian el agua del nevado, destruyen la montaña de la cascada y envenenan la mar. Solo logro verte en la calle, en la marcha que pide agua, en la multitud que quiere democracia y en la protesta contra los explotadores de la tierra. Veo tus manos trazando en la pared un mensaje a los jóvenes revolucionarios, te veo sobre la ventana de un auto alzando las banderas de la paz y la esperanza. Veo tus ojos tras la capucha que esconde el rostro para poder mostrar la indignación; mis ojos no pueden dejar de ver tu sonrisa caminando de la mano con tus camaradas exigiendo el pan, el agua, el derecho a un mundo donde vivir valga la pena. Te veo rechazando desde la tribuna el asesinato del estudiante víctima de la intolerancia policiaca, te veo llevando la pancarta en donde se lee paz, mientras tus labios, sedientos, la gritan en coro. Te veo en la protesta y el tropel, te veo en medio de la muchedumbre y el mitin, te veo en la reunion preparatoria de la marcha y en la marcha preparatoria de la próxima lucha.
Vienen tiempos difíciles, difíciles para la montaña y para el amor, para la cascada y el nevado; las balas volverán a ocupar el silencio del desierto y las amenazas caerán de nuevo mientras se envenena la tierra con glifosato. Vienen las bombas del fracking y de la guerra, todo indica que la pequeña paz, recién nacida, se quedará de nuevo a las puertas de un hospital viendo morir a sus abuelas y estas a sus hijos. Vienen tiempos de violencia y lágrimas, y aun no logro verte en el nevado, escapada de las tribunas y las marchas; Estás ahí, en medio de la gente que ha recuperado su dignidad; te veo venir encabezando la manifestación; te veo con tu piel convertida en dibujo y te veo llevando la banderita verdeamarilla o la camiseta roja de la sangre roja; veo tu cabello recogido peinado combativamente para que pueda ver el sello precioso de tu juventud y tu cuello. Te veo dirigiendo la reunión del consejo de estudiantes y la junta del barrio, te veo organizando la asamblea y adornando la sede, escribiendo con el corazón las consignas sobre papelitos que serán repartidos en el mitin y te veo hablándome al oído, diciéndome casi en silencio, solo después de un beso, “no me esperes en el nevado, es el tiempo de vernos en las calles”. 



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lunes, 21 de mayo de 2018

La Casa del Caracol


LA CASA DEL CARACOL
Almaro




Durmió el caracol 300 años, encerrado en su hogar de piedra;  cuando el sueño acabó y vino la necesidad de ver la luz, salió de su morada intacta, levantó no sin dificultad los pseudópodos entumecidos por el descanso casi eterno. Sacó la cabeza y sintió la rudeza del sol sobre sus  acrisolados ojos. Miró a su alrededor buscando recuerdos en su memoria insondable que le permitieran ubicarse en su presente subrepticio y lejano.


Estupefacto con los brillos irreconocibles, los vientos inmutables y el frío de las rocas, más eternas aún; dio un primer paso, buscó de nuevo entre su memoria calcárea algo que le aferrara con la vida, con el destino inmemorial de despertar después de tanto tiempo. Nada halló, nada vio que le perteneciera. Todo había cambiado, todo cuanto conocía había fenecido  y todo había nacido de nuevo sobre los estrépitos rocosos de los muertos.  Había que decidir entre volver al caparazón incorruptible o arriesgarse a traspasar la piedra. Era menester tomar decisiones inmediatas y soportar el rigor del camino que el destino asumiera. Volvió sobre su vientre, nada sintió que ya no conociera, nada vio que ya no hubiera repetido noche tras noches durante los últimos 300 años. Volvió  a la luz, ya con ahínco, ya con ganas, nada le parecía más extraño que volver a su cueva infinita. Vino entonces un primer paso, el definitivo; el viento de la noche arreció sobre el acantilado, las mareas alcanzaron con su brisa el canto de las rocas, una llovizna fría desafió el ímpetu de la coraza y el caracol volvió a refugiarse.

Durmió, agobiado por el fracaso y adormecido por la paciencia de la espera. Así pasaron 300 años más, hasta que la calidez del alba iluminó la concha y tuvo la fuerza para volver a intentarlo definitivamente. Por fin, salió de su concha, sintió el frío que nunca había conocido su espalda, sintió la brisa sobre sus ojos entre abiertos para resistirla, sintió el piso áspero de la roca y se aferró a ella con sus jugos biliares, abandonó su casa y caminó libre por primera vez, conquistó la cima de la piedra y pudo presenciar por mucho tiempo el magnífico manifiesto de las rocas sobre las cuales el mar escribe diariamente su propia historia. Leyó los aires y probó la brisa, su casa quedó abajo, muy abajo, ya no era menester volver a ella, la muerte llegaría en pocas horas y refugiarse de nuevo ya no valía la pena.


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martes, 8 de mayo de 2018

Tú, el Viejo y La Mar




Tú, el Viejo y La Mar


Almaro

“Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban altos, empleaban el artículo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como un contendiente o un lugar, o aun un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.” Ernest  Hemingway., el Viejo y [la] Mar

Leíamos sentados bajo la luz del parque ante la tibieza de la brisa de la mar pacífica, llegamos a esa altura de la obra de Hemingway, en donde narra la diferencias del amor a la mar del viejo Santiago y el trato indiferente de los navegantes, para quienes esa ELLA misteriosa e inmensa no es más que otro EL, simplemente El Mar. Leí para ti, que  acariciabas mi cabeza mientras yo llevaba a tus oídos las páginas del libro, “Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores…” tu, posaste tu mano blanca sobre las hojas, dejaste tus ojos en los míos, y después de tomar con calma el aire de la noche, preguntaste algo que no podía responderse sin dejar la lectura: por qué el libro no se llama el viejo y la mar, si ese amor entre ambos es tan obvio? Sonreímos, especulamos, culpamos al autor, al editor, al libro, a la época, incluso al viejo. Las especulaciones se fueron convirtiendo en teorías y las teorías en programas de lucha; del amor de la mar, pasamos a las promesas de nuestros besos y a las posibilidades de entretejer, como el viejo, las tardes a la espera en esa mar paciente,  eterna y azul.

Fue el viejo quien no tuvo la fuerza suficiente para declararle su amor a esa ella, cercana y distante.

- Quizás fue el autor, que después de socorrer con sus metáforas el amor del viejo, olvidó recordar que para él,  ella no podía ser otra cosa sino ella, la mar,  y que el mar, quedaba reservado a los indiferentes.



Concluimos en que el editor, era aún más responsable. Hemingway había dejado a su cuidado la finalización de la obra, mientras él se disputaba entre numerosos viajes y la comodidad de su refugio plácido de su balcón de maderas de oro en pleno corazón de La Habana, frente al parque pequeño donde no pocas veces, venían los bohemios a verlo trabajar absorto en su máquina de escribir, puesta sobre una mesita en la que solo cabía esa ella, la máquina y ese ron infaltable de barriles cubanos que inundaron la obra del poeta y que lo acompañaron hasta el escape definitivo de sí mismo. Fue el editor, concluimos, quien se encargó de matar la Mar en el título de la última novela publicada en vida del viejo adusto que había dejado algo de autobiografía y algo de imaginación en ese trabajito, que ahora es imprescindible en las escuelas de toda la América Nuestra.

- Los editores solo piensan en dinero, y es que eso del amor ya no vende tantos libros como antes. Sentenciaste.

Volvieron las risas, los silencios, los besos y el viejo  y su mar se fueron quedando calladitos dentro de tu mochila. Luego entendí que esa simple pregunta con la que diste finalizada la lectura en el malecón frente a esa mar pacífica, era sencillamente una revelación, una declaración profunda sobre los cambios históricos que puede producir el adjetivo que designes, para El, para La. Las cosas son como se nombren, los amores, son entonces así simples, como la mar. Y es posible que entremos en él, en ella, para viajarlo juntos, juntas, nuestras almas, las olas, las noches, las estrellas, las lunas, las vidas. El amor es como la mar, y podríamos lanzar botellitas con papeles cifrados en donde le contemos al mundo que en medio de esa inmensidad, compartimos un universo pequeñito, que cada segundo cuenta,  que la distancia es la falta de imaginación y a veces la imaginación misma; que el continente que decidas para esperarnos será siempre más pequeño que lo que falta por nadar, por vivir, con la sal en los labios y el agua dulce pidiéndonos tregua. El amor es la mar. Así que vamos a ir a ella, a preguntarle por los pasos que siguen.  Tú lo dijiste al final de la noche, solo antes de que se acabara el espacio dispuesto a las palabras: Es una teoría que no podremos confirmar nunca, pero ya hemos confirmado que sí es cierto que un amor enorme puede esconderse en el más mínimo de los detalles.   


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domingo, 1 de mayo de 2016

Haití

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almaro

Vino con el mar, y se fue con él; desde el astillero, su vestido blanco combatía los vientos; morena de soles y ojo brillantes como luces del puerto, su sonrisa esplendida, diáfana, interminable; sus labios finos y gruesos, su boca era misterio poderoso de imperios coloniales. Caminó contra el viento; mi tarea, recibirla de su travesía y acompañarla complaciente al hotelito que desde antes había escogido para su estadía; el día hervía y el sol estaba inmarcesible sobre todas las sienes negras y blancas, mulatas y mestizas. El puerto es el lugar en que se conjugan los mundos, done se atesoran los vocablos precisos y el sitio donde todo tiene un valor para traficantes y mercachifles.

Su español era escaso y mi ingles inexistente. Sus pocas palabras eran inescuchables en el bullicio del mercado, los pesqueros y los piratas, entre las ventas de la calle y el paso constante de los automóviles. La guerra había empezado lejos, así que su llegada a estas calles escondidas, era inevitable. Ella venía a prevenirnos de las intrigas  de los asesinos y al mismo tiempo a refugiarse de su propia muerte. Yo era solo el desconocido encargado de llevarla al hotel que serviría de escondite y de lugar de interminables reuniones y planes de defensa. Salimos de la repelencia y del bullicio, logramos un café cercano, tranquilo, poca luz, tenue de música y mustio de presencias; ahí pude verla  perfectamente bella a la luz precisa de la ventana. Dije algunas cosas para ganar confianza, sonreía, sonreía como sonríe la noche repleta de lunas y de estrellas, sonreía como sonríen las perlas en los mares de Kyona.

Haití fue tomada años antes y liberada por sus abuelos y sus tatarabuelas; pero cada cuanto, los invasores volvían sobre ella para intentar recapturarla y humillarla como en los tiempos del cepo y de la hoguera; esta vez, las calles sangraban y lloraba el cielo a cántaros interminables la tragedia extendida por los bríos de la naturaleza indómita, que adolorida daba vueltas sobre su propio vientre; ni el terremoto aplazó la guerra y en las calles se confundían los cuerpos grises del cemento y las almas ensangrentadas de la guerra; Ella venía a recobrar sus fuerzas, a indicar estrategias, a buscar acalanto y a sonreír en esta tarde solaz ante mis ojos perdidos en los suyos. Fueron tres horas arañando idiomas y destrozando lenguas imprecisas. Un Vino acompañó la cena, y la noche fue intensa, negra como sus pupilas, fría como la incertidumbre de la guerra y plácida como la  caminata sobre la calle del hotel.

Noches enteras  vine a verla, a aprender y a escuchar, a presentir que algo de su sonrisa maravillosa y eterna era para mí. Ella era la paz, ella venía a prevenirnos y a prepararnos. Era hija de Obá, pero se estremecía con la sevicia de los invasores, no deseaba un lucero como cárcel, no quería defraudar su linaje ni su espada; hubo una noche en que su piel morena fue acariciada por las aguas sórdidas de la mar; hubo un beso del que solo una estrella fue testiga, hubo un abrazo que solo los vientos presenciaron distantes; hubo un sueño, en donde vi su alma mientras ella contemplaba imperturbable los luceros donde viajan las almas que Obá castiga cuando en la guerra pierden la batalla.


Una mañana volvió a su barco, camuflada en faldones y camisas de algodón rosado, clandestina, imperceptible,  volvía a la resistencia cargada de esperanzas. Se fue con las olas y los vientos, volvió a su tierra a enfrentar invasiones y pecados, a pelear por tierras libres, azotadas y liberadas mil veces. Yo no pude separarme del puerto hasta que el barco desapareció ante la mirada del tiempo; con ella se fue el sol y la noche me acompañó un buen rato mientras el éxtasis de la ciudad dejaba espacio para las brisas del mar frío; yo volví también a mis luchas, con la imagen detenida de ese beso recóndito, volvía a enfrentarme a mis propios enemigos, como ha mandado Obá, volvía con la esperanza que ella y su pueblo ganen de nuevo esta guerra, o a verla quizás en algún lucero, si Obá la condena al exilio de las noches, ante la pérdida de la batalla. 
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