Indignación nacional El verdugo premia y Filadelfia llora Mauricio Rodríguez Amaya www.bajolamole.blogspot.com La medalla de la libertad, símbolo de los revolucionarios de Filadelfia que hace 232 años sellaron la independencia norteamericana, es ahora la herramienta con que el Asesino de Bagdad premia a sus más cercanos colaboradores, cómplices y aliados. Y por su puesto, Como ya parece ser costumbre, Colombia tiene que registrar en las negras páginas de su amarga historia que un Presidente reciba semejante distinción, no por haber contribuido a la lucha por los derechos de los pueblos a la libertad y la autodeterminación, sino, por el contrario, por apoyar sin cortapisas a uno de los gobiernos más sanguinarios e impopulares de W. Bush es responsable de más de 30 mil muertos en Irak durante la guerra que él mismo creó, sin contar a los más de 4 mil soldados norteamericanos que dieron su vida por semejante caprichito petrolero. G.W. Bush es el responsable de más de 7 mil muertos durante su aventura en Afganistán. Se debe a su provocadora política de seguridad el alevoso atentado contra las Torres gemelas. Bush apoya soterradamente con inteligencia, dólares y armas la masacre contra Palestina; Bush propició el atentado contra la democracia venezolana en abril de 2002, estimula golpes y masacres en Bolivia y alimenta diariamente la felonía de los guerreristas en Colombia. Este matarife texano pone las medallas mancillando los símbolos de la libertad norteamericana y los sueños de quienes en Filadelfia firmaron por una patria respetuosa de los pueblos. A quienes condecora? A los mismos que han apoyado su vergonzoso trajinar de guerra y muerte: Howard, ex primer ministro australiano, Blair, ex primer ministro británico y Álvaro Uribe, presidente de Colombia. Los dos primeros apoyaron con armas y dinero las agresiones contra Irak y Afganistán, el último, no contó con los recursos para hacer lo mismo, pero hace parte de la lista negra de gobiernos lacayos que firmaron las cruentas aventuras del imperio. Como si fuera poco, mientras Nuestra América busca los rumbos de la autodeterminación, las reformas y el socialismo, el gobierno de Uribe, junto a otros Estados afiliados a la Doctrina Monroe, es el más pertinaz aliado del gobierno de Bush en la región. Provoca odios inútiles entre los vecinos del sur para congraciarse con sus jefes en el norte. Estimula la guerra y facilita la instalación de bases militares en el Sur para instigar y provocar a los gobiernos que promueven el viraje y las reformas. El gobierno de Colombia, en nombre de la Seguridad Democrática, ha motejado con el sesgo de Terroristas a todos quienes hacen parte de la oposición política, ha descuartizado el presupuesto para garantizar los 800 mil dólares diarios que le cuesta a la patria su histeria guerrerista. El verdugo del mundo premia a sus secuaces y Filadelfia llora el ultraje de su estrella. Pero nuestro pueblo sufre una indignación más al saber que el pérfido gobierno de Colombia es premiado por apoyar la guerra, la destrucción y el asalto del mundo. ¿Con qué ojos nos mirará el mundo?, cómo podremos verlos a la cara sin sentir la vergüenza de cargar con la marca del tirano?. Indignación es lo que se siente al ver de nuevo que quien se aposta en el gobierno para ser de las suyas es premiado por su arrogancia, cuatrerismo frenético y genuflexión a los intereses de Monroe y sus discípulos.
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miércoles, 14 de enero de 2009
El verdugo premia y Filadelfia llora
jueves, 4 de diciembre de 2008
del narcoterrorismo al narcofascismo
Del narcoterrorismo al narcofascismo
Mauricio Rodríguez Amaya Mauro_rodriguez1@yahoo.com El narcotráfico entró por la puerta de atrás en los setentas y hoy está instalado en Pablo Escobar impuso en Colombia el mayor imperio narcotraficante en su historia. A mediados de la década de los 70 el Cártel de Medellín se estableció como epicentro de la actividad narcotraficante y paramilitar en Colombia y desde el oriente impulsó la más sangrienta cacería contra los demás cárteles, los grupos políticos no cooptados y, por su puesto, contra la izquierda. Esta historia, conocida por todos y vuelta a la luz por estos días a propósito de los quince años del asesinato de Escobar, constituyó la configuración de una nueva clase empresarial y política que fue desplazando a los oligarcas tradicionales, por un lado, y afianzando sus alianzas con los capitales internacionales de drogas, armas e información, por el otro. La táctica desplegada por esta clase emergente puede consiste en una efectiva combinación de formas de lucha, que vinculaba al tiempo, el jugoso negocio del tráfico internacional de drogas, las obras sociales de bajo costo para lavar el dinero recogido, la participación electoral en todo el país y el terrorismo como medio de destrucción de los enemigos y desestabilización política. Al terrorismo de Estado, vieja herramienta de mantenimiento del statu quo, se sumó un nuevo aliado: el terrorismo narcotraficante desplegado por sicarios, paramilitares y elementos de la fuerza pública vinculados hasta los tuétanos con el nuevo negocio. Este es, palabras más, palabras menos, el origen del narcoterrorismo en Colombia. A Finales de los 80, el Pentágono, en los documentos de Santa Fe IV, dio este nombre a la actividad de las guerrillas colombianas, con el fin de desestimar su actividad política y facilitar la deslegitimación necesaria en la estrategia de quitarle el agua al pez. Pero el narcoterrorismo es la táctica dominante del poder de la nueva clase política-empresarial narcotraficante. No hemos olvidado las masacres en el Magdalena Medio, Urabá y el Meta; los cientos de bombas en Medellín, Cali y Bogotá principalmente; el carro-bomba del DAS; el asesinato de políticos destacados en la lucha contra el narcotráfico, entre ellos varios candidatos presidenciales; la guerra sucia contra La muerte de Escobar representa la caída del jefe, pero no el desplome de la cúpula narcopolítica que había logrado ascender en la vida nacional gracias a las jugosas ganancias del negocio de la droga y de la eliminación física de sus oponentes en la arena político-electoral. Y es por esta razón, que a pesar de la muerte de los principales jefes (o dueños) del cártel de Medellín, sus discípulos y amigos no perdieron el terreno avanzado en más de 10 años de votos, sangre y coca. Y la mejor muestra de este fenómeno lo representa Alvaro Uribe Vélez, amigo personal de Pablo Escobar y de los hermanos Ochoa, exdirector de Uribe tuvo la capacidad de darle continuidad al proyecto político del cártel de Medellín, y adicionalmente, logró establecer alianzas de gran trascendencia con los enemigos de Escobar, conocidos como los PEPES (los enemigos de mi amigo, son mis amigos). Con Uribe se juntaron las principales fuerzas del narcoterrorismo colombiano, las distintas ramificaciones de las nuevas cúpulas narcotraficantes y las fuerzas paramilitares creadas bajo la égida de los Ochoa, Rodríguez Gacha y los Castaño. Uribe reorganizó la élite empresarial y política del narcotráfico, supo aliarse astutamente con el gobierno de Bush, lo que le permitió no ser cuestionado por sus consabidos vínculos con la mafia y se convirtió en un aliado estratégico del monroísmo en América Latina. Pero la estrategia política de esta clase es más radical y perversa, pues no consiste solo en darle mantenimiento al negocio del tráfico internacional de las drogas, sino que tiene que ver con la consolidación de un Estado totalitarista de corte fascista. El proyecto de esta nueva cúpula busca garantizar su mantenimiento en el poder de forma indefinida, por medio de un jefe irrebatible, de un estado centralizado en función del jefe único, violencia organizada y cacería de brujas contra los oponentes, cortinas de humo para evadir los cuestinamientos de fondo, control total de la información social y los medios que la producen y una agresiva estrategia de terror que justifique la antidemocracia y el crimen oficial. Este nuevo régimen puede denominarse como narcofascismo, pues la construcción del estado totalitario, se funda en las gabelas y favorecimientos que requieren las elites narcotraficantes para poder ampliar la rentabilidad de su negocio, con la particularidad de eliminar las barreras que la democracia impone, la concentración y monopolio del poder. El narcofascismo es la nueva articulación de las mafias con la política de seguridad norteamericana; de los capos con una clase empresarial y política corrupta; de la antigua represión estatal con las nuevas formas de terrorismo mediático, psicológico, físico y económico. El narcofascismo es la apuesta de una clase dominante altamente violenta y cada vez más enriquecida con los beneficios del neoliberalismo, las drogas y la guerra. Por estos días, muchos buscan formas diversas de recordar las bondades y perversidades del capo Pablo Escobar Gaviria; unos se rasgan las vestiduras por los favores recibidos (o prestados) y otros pasan de agache para que nadie recuerde sus lazos familiares o filiales. Unos y otros llevan la cruz a cuestas de un país desangrado y empobrecido, envilecido por la ansias del dinero fácil y manipulado por los medios de comunicación dominante. Pero también, por esta época del año, el capo que hoy gobierna está pasando sus peores días; el primo de Escobar Gaviria que dirige la casa desde la cocina, busca broncas internacionales para distraer al público de incautos, y miles de colombianos ven cómo los mafiosos (favorecidos con el régimen de Uribe) se quedan con sus pocos ahorros y recursos. Este país de miles de tragedias, tiene como alternativa la memoria, es tiempo para no perder de vista la desdicha creada por una elite que desde Escobar hasta Uribe, han hecho del delito su forma de justicia, del terrorismo su manera de resolver las crisis y del asalto su práctica bursátil. |
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domingo, 19 de octubre de 2008
martes, 30 de septiembre de 2008
EL QUINCE TRISTE QUE ENTERRÉ A MI HERMANO
Oscar Rodríguez Amaya, era un hombre integral, un artísta, cantante de música urbana, un hombre limpio. hace nueve años tuvo que salir de Cúcuta, su tierra y su casa, por la presión de la que son víctimas miles de jóvenes por todo el país, por parte de los grupos paramilitares ("hoy ya extintos" de acuerdo con reportes oficiales).
Era un estudiante, autodidacta, buen lector, compositor de sus propios temas, y creador de las músicas que acompañaban sus líricas. En poco tiempo se ganó un reconocimiento enorme en Bogotá por su calidad y por el contenido de su música. Pero en Colombia, ser talentoso no es suficiente, y aveces se vuelve peligroso. A pesar de su incansable esfuerzo, se fueron reduciendo las opciones para hacer de su música su vida. trazó un paréntesis y viajó a trabajar al lado de mamita.
En Bogotá quedaron Samuelito, su niño de dos años, y Jenny, su compañera, para esperar el cumplimiento de una promesa clara: salir de tantas penúrias económicas, construir el hogar digno y en paz, alcanzar una casa para que el niño se sintiera orgulloso de su padre, su madre y su familia.

Con Oscar todos hemos muerto un poquito. Ha muerto un poco más esta patria agobiada con la sangre de miles de sus hijos. Ha muerto un poco más la democracia ya destrozada por la "seguridad"; mi mamita, mis hermanas, mi padre y yo, todos hemos muerto en algo más. Y sin embargo, la vida nos enseña que hay que morir para que todo nazca. Hemos revivido instantes inolvidables, hemos recuperado la memoria; hemos decidido hacer que renazca la unidad al medio del fuego que nos abraza y nos redime. Hemos vuelto a nacer en Dios.
A sus amigos, a sus amigas, a sus camaradas, sus parceros, a todos los que tuvimos el honor de conocer a este hombre grande, les propongo como tarea recordarlo por su mirada límpia y siempre franca, por su sencibilidad humana y por su verticalidad contra la injusticia. Vamos a recordar a Oscar por todos los días maravillosos de su vida, y no por el minúto triste de su muerte.
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Mauricio Rodríguez Amaya
Muerte Hermano Bajo+la+mole

