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domingo, 10 de marzo de 2019

La chica de la tela




La chica de la tela

Almaro





Ya hace varios días que no viene; he estado esperando inútilmente sobre las 9 o cerca de las 4, que eran las horas en que acostumbraba a verla desde la ventana que deja luz al pequeño escritorio donde trabajo en esta agencia de viajes. Ella venía, silenciosa, sola, con su maletita de estudiante, dejaba en el suelo sus pertenencias, sacaba una enorme tela negra, y empezaba, sin decir una sola palabra, a improvisar una serie de movimientos que con el tiempo se iban volviendo más fuertes, más intensos, más conmovedores; después de algunos minutos, iniciaba un monólogo extraño, entre sonidos estridentes y textos de alguna obra teatral, una poesía o alguna canción de tierras lejanas; cantaba, gritaba, gemía, hablaba en susurros, con su voz tenue, melancólica, fuerte, aguda y grave. La primera vez que se instaló frente a mi ventana, pensé que se trataba de alguna chica buscando algún aliento económico con su presentación unipersonal, sin ayuda, sin compañía, solo algunos transeúntes que se dejaban salir de su camino para introducirse en la rutina de esta chica; muchas personas la miraban extrañados al pasar a su lado, e incluso, algunas veces los agentes del orden intentaron detener su ejercicio infructuosamente, porque mientras ajustaban esos movimientos extraños a un delito perseguible, el ejercicio se daba por finalizado; otras veces vi rostros absortos convertidos en sonrisas y en otras ocasiones, vi gente dejar pasar minutos de sus vidas para convertirse en su público gratuito.


Muchas veces la vi repetir su extraña presentación, nunca pidió monedas ni esperaba recibir aplausos, solo ella y su enorme tela negra llegaban y se iban en el mismo silencio absorto. Con el tiempo comprendí que no era la necesidad de la limosna la causa de sus vueltas en el suelo; entonces pensé que se trataba de una actriz de alguna compañía teatral que había decidido abstraerse de su grupo para preparar su presentación; también llegué a pensar que se trataba de una estudiante que por alguna razón extraña, abandonaba la comodidad de los salones de clase y los portentos auditorios y por la dureza de los andenes y el cemento para desarrollar sus corporencias, (que es como le llaman las actrices a las conversaciones que se realizan con el cuerpo) sin más aspiraciones de público que los pocos transeúntes extrañados, los policías al servicio de la cuadra y yo, yo desde mi ventana y mi escritorio de venta de viajes.



Cuando ella convierte la calle en su escuela, su campo de combate, su teatro, o lo que sea, los transeúntes se detienen, miran un poco, pretenden haber comprendido alguna cosa, y luego se retiran; yo no, yo me quedo observando toda la secuencia, paro mis ocupaciones y me deleito con su voz y su danza, con su cuerpo y su cabello, casi tan largo como la tela negra en que se envuelve sobre el suelo frío; Cuando termina cada presentación, está extenuada, sudorosa, cansada; toma con el mismo silencio y la misma calma su maletita de estudiante y se retira, sin aplausos, sin público, solo yo, que ya no puedo concentrarme en estas solicitudes de créditos de viaje. Pienso en qué querrá decir con sus discursos, por qué baila en su tela y se deja envolver sobre ese suelo duro; por qué la gente no se queda hasta el final, a ver qué pasa, cómo termina todo eso; pienso si por algún momento cambiará la escena, dirá otra cosa, saldrá de su sencilla presentación absorta y mirará de frente a mi ventana y sabrá que la observo, que disfruto mirar su cabello negro, su tela interminable y sus ojos intensos, oscuros, brillantes, su movimiento compulsivo y frecuente, su sonrisa y sus labios, su sudor y su maletita de estudiante.


Ahora mismo no puedo concentrarme en estos papeles, solo quiero saber en qué lugar de la ciudad su tela estará envolviendo su cuerpo, y cuanta gente pasará sin mirarla mientras yo deseo que venga de nuevo, para salir de esta oficina lúgubre, a romper definitivamente mi silencio, y hasta quizás acepte algún refresco, o un café; decirle que la observo con la pasión del teatro o de la pantalla del cine; que quiero saber por qué lo hace, qué nos quiere decir, de quién son esos textos, por qué escogió precisamente instalarse frente a mi ventana. Ella no viene y no puedo pensar en otra cosa, mientras se acumulan estas solicitudes de crédito de viaje, de gente que quiere salir de esta ciudad bajo cualquier pretexto; yo en cambio, quiero salir de mi oficina, quedarme en la ciudad y buscarla, porque en algún lugar, estará silenciosa y bella, envuelta entre su tela y su cabello, hablándole a los nadies, conquistando otros ojos, mientras los míos solo quieren mirarla una vez más para poder volar con ella sobre su enorme tela negra, en la que debe viajar todos los días desde su mundo mágico hasta mi ventana.



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lunes, 31 de diciembre de 2018

Arte y escuela en conflicto por la reconfiguración de sujetos y subjetividades


Arte y escuela en conflicto por la reconfiguración de sujetos y subjetividades

“No dejen compañeros de alistar
Un acto de teatro, una canción, una pintura,
Que digan que Colombia vive y sueña”.

Manuel Cepeda Vargas
La Flecha en el blanco


María Fernanda Sarmiento Bonilla[1]
Mauricio Rodríguez Amaya[2]



Presentación

E
l presente documento pretende abordar, de manera concisa, la experiencia de implementación de la Jornada Educativa 40x40 en el Colegio Camilo Torres, a partir de noviembre de 2012 hasta julio de 2013, con el fin de mostrar un cúmulo de aprendizajes colectivos logrados en el arranque de esta maravillosa experiencia.
El  piloto, se consolidó gracias a la intervención de un grupo de organizaciones y artistas, participantes del Nodo de Artistas por la Educación, bajo la coordinación de la Asociación Cultural ADRA. El Nodo jugó un papel decisivo en la materialización del reto de lograr que el arte vivo pudiera insertarse en la vida escolar de los colegios del distrito.
Durante el desarrollo de este pilotaje, participaron 400 estudiantes, más de 30 artistas de todas las disciplinas, 12 organizaciones de reconocida experiencia nacional e internacional y un equipo coordinador y pedagógico, todos y todas, dispuestos a aprender de este emocionante reto. También participaron de la experiencia, el cuerpo directivo del colegio Camilo Torres, toda su planta docente y más de 200 padres y madres de familia, quienes se vieron involucrados en  varias de las iniciativas pedagógicas y de circulación artísticas que se desarrollaron dentro del colegio.


¿Cómo contribuyó esta experiencia a la reconfiguración de sujetos y subjetividades en el Colegio Camilo Torres? ¿Cuáles fueron los principales aprendizajes logrados por todos los sujetos que se fueron involucrando durante el desarrollo de este pilotaje? ¿Puede efectivamente el arte transformar las subjetividades de la escuela, a través de su participación directa en la vida escolar? Estas serán las tres preguntas que intentaremos responder a lo largo del presente escrito, a partir de pequeñas narraciones que nos llevarán paso a paso por la vida misma del proyecto, por sus dificultades, los logros y los retos que nos ofreció el escenario.

1.      La irrupción en el plano escolar a partir del arte vivo
El gran reto planteado por artistas y sus organizaciones con respecto al proyecto de Jornada Extendida (hoy currículo 40X40) consistió en promover que el arte vivo pudiera introducirse en la cotidianidad escolar, a través de diversas estrategias pedagógicas y metodológicas propias de las artes mismas, en el sentido de formar en las artes a partir de las artes. El alcalde mayor comprendió la importancia y la complejidad de este reto, y promovió que el arte vivo ingresara a las escuelas, no solo para ofrecer presentaciones de productos artísticos sino para desarrollar de manera constante procesos de formación y creación de las artes con los niños y niñas de las instituciones educativas.

Pero a pesar de la decisión del gobierno y la materialización de la política en este sentido, no faltaron oponentes a dichas decisiones; por un lado el gremio sindical docente, ha mantenido desde el principio reparos con este criterio, aunque comparta la generalidad de la política del currículo 40x40 horas. También algunos directivos docentes, diversos sectores de la opinión pública y algunos intelectuales, también plantearon sus reparos a la incursión de clases de artes en la escuela desarrolladas por los y las artistas mismos. Pero sin duda, el principal rival encontrado fue la escuela misma, sus sistemas de normas, su amor por el silencio y el orden, su deseo de la tranquilidad inquebrantable, su apego a formas ya tradicionales del proceso de enseñanza aprendizaje. En el caso concreto de nuestra llegada al Camilo Torres, tanto los artistas como los niños y las niñas, sentimos de entrada esa profunda contradicción. Por un lado, algunos niños y  niñas, vieron en el grupo de artistas, aliados potenciales en su irrenunciable lucha por trasgredir las rutinarias reglas del orden y el silencio perpetuos; otros, no prestaron mayor importancia al cambio y un significativo número se negó a participar activamente en las propuestas del arte, porque eran contenidos que no contaban con calificación, y por tanto, no eran importantes; por su parte, los y las artistas-docentes, debieron trabajar duro para encontrar las claves que les permitiera demostrar que lo que se pretendía desarrollar en la jornada extendida, no solo era importante, sino apasionante, novedoso y en cierto sentido, útil.

Copar el colegio en todas sus dimensiones, sacar a los estudiantes de las aulas, para hacer las clases en los patios, en las escaleras, las aulas especializadas o los auditorios, aprovechando un colegio que precisamente ofrece un espacio suficientemente amplio, se convirtió en un primer reto durante el proceso de irrupción artística en el ámbito escolar; pero lo que no se midió con la respectiva profundidad, es que esta pretensión entraba en franca oposición con un sistema escolar que privilegia la educación dentro del aula y reconoce con menos importancia lo que pasa en los demás espacios del colegio; la idea de hacer clase en los espacios no convencionales, estaba enfrentando de entrada todo el modelo disciplinar de la escuela misma, el modelo de control basado en el espacio y el criterio de poder basado en la organización del aula en torno al maestro. Era de entrada una declaración trasgresora que por supuesto no fue bien recibida entre el cuerpo directivo y docente del colegio, pues estábamos poniendo en discusión todo el modelo de orden con el cual se ha garantizado durante años las relaciones de poder intersubjetivas que definen el entorno escolar tradicional.


El arte vivo en la escuela, no solo implicaba la enseñanza de ciertos contendidos  y técnicas en cabeza de artistas, era también darle vida al entorno escolar, llenarlo de sonidos poco armoniosos, irrumpir con la danza el espacio de la quietud y echar por la borda el vacío para coparlo todo con la experiencia estética. Se podrán imaginar el nivel de caos que fuimos capaces de crear y para el cual, ciertamente no teníamos respuestas. Aun así, preferíamos el caos  y la polifonía altisonante, a condenarnos a asumir que solo es posible aprender un contenido o una técnica dentro de un solo espacio destinado exclusivamente para eso.

Esta estrategia además tenía de fondo, confrontar la desidia de muchos de los chicos y chicas con respecto a lo que pasaba en la jornada, pues debe contarse que los estudiantes se enteraron que estarían en jornada extendida, no a través de un proceso de diálogo sino como una directriz indiscutible, como muchas otras a las que se acostumbró la escuela tradicional, lo que llevó a que muchos y muchas se quedaran en el colegio por obligación pero se negaran a participar en los centros de interés que se abrieron para cubrir una población de 400 estudiantes. Entonces, ya que ellos y ellas estaban en el colegio obligados (y hablamos de aquellos que no lograban escaparse) había que ir a donde estaban, salir del salón a buscarles, a invitarles a convencerles de participar en los centros de interés en artes; despertar su interés, promover el entusiasmo y de paso permitir conocernos unos y otros, en medio del caos, la desidia y la pasión por hacer de la escuela un lugar  abierto para el arte vivo.

No fueron pocas las discusiones y las reflexiones generadas por este panorama. Desde el palco de la autoridad escolar, se nos ordenó cancelar el uso de espacios no convencionales para las clases, volver todos al salón, único lugar permitido para aprender; renunciar al ruido en los corredores, lo que implicaba dejar de raspar instrumentos en las clases de música que se hacían en lugares públicos, recuperar el orden y garantizar el control sobre los chicos. Bueno, debemos decir que fracasamos en el cumplimiento de esta orden, durante más de 6 meses nos fue imposible negarnos a promover el arte en todos los espacios vetados para aprender; era imposible hacer capoeira en un salón, o parkour en medio de pupitres; o música sin disfrutar el resonar de los tambores al descubierto. En esto fracasamos, pero por otro lado, nos ganamos la amistad, la solidaridad y el entusiasmo de los y las estudiantes, quienes entendieron que era posible, no solo aprender artes, sino des-ritualizar el lugar de dicho aprendizaje.

Una apuesta por la pedagogía creadora, dialogante y transformadora

Hablamos muchas veces de los enfoques pedagógicos y las apuestas de los procesos de enseñanza construcción colaborativa de conocimientos; así que las rondas entre maestros y maestras, los acompañamientos a los proceso de formación dentro y fuera de las aulas, nos permitió comprender que en juego estabamos construyendo una apuesta pedagógica, a partir de comprender la pedagogía como ese proceso, el camino y el método para la construcción y la búsqueda del conocimiento, con una particularidad, todos y todas, estudiantes y maestros, estábamos aprendiendo y enseñándonos mutuamente; incluso desaprendiendo muchas de las taras que la educación tradicional ha creado en cada uno de nosotros, en su afán incontrolable por los resultados, mientras insistíamos en saborear mucho más los procesos. Asimimos la pedagogía como camino, como la ruta elaborada y planificada para caminar dialogando con estudiantes y compañeros de viaje, y la ruta se basó en aprender caninando; también asumimos que en la pedagogía hay un discurso siempre, que toda práctica pedagógica se alimenta de apuestas epistemológica, y la nuestra se fundamentó en la pedagogía dialogante, las pedagogía del conflicto y la construcción colaborativa del conocimiento, para aproximar, no solo los saberes de los maestros y maestras sino todo ese universo se conocimientos y experiencias vividas por cada uno de los grupos de estudiantes; establecimos varios métodos, aportados desde las experiencias de los y las maestras, buscamos y aprendimos de esa necesidad de aprender de nosotros y nosotras mismas, y en muchos casos reconocimos las dificultades metodológicas a la par que diariamente nos estrellábamos a nuevos descubrimientos; así que entre los métodos heteroestructurantes y autoestructurantes, pudimos construir una experiencia rica en experiencias metodógicas a la que le falta camino para seguirse inventando.



2.     El abordaje del conflicto desde el diálogo
No fueron pocas las dificultades que surgieron en razón de las rupturas propuestas, no solo con respecto al espacio escolar, sino sobre los contenidos y las metodologías aplicadas; era necesario construir espacios de reflexión que nos permitieran entender mejor la vida escolar y en cierta forma buscar que los otros también nos entendieran y entendieran lo que hacíamos. Desde el planteamiento mismo del proyecto, nos habíamos dado a la tarea de planear escenarios de encuentro con los demás estamentos de la comunidad educativa.
En consecuencia, promovimos talleres con docentes, padres y madres, para dialogar sobre la jornada educativa en artes, pero a través de los lenguajes propios del arte. Por ejemplo, con los docentes, escépticos y confesos promotores de la jornada, realizamos un taller sensorial, donde combinamos elementos de la meditación, la danza, la escucha, el juego con objetos y la reflexión sensorial colectiva.  Posteriormente nos arriesgamos a ir a sus clases, a aprender cómo lo hacían, cómo ganaban la atención de sus estudiantes, cómo lograban desarrollar sus temas sin tantas interrupciones. Sin duda, fue una experiencia contradictoria; reconocimos en muchos de ellos y ellas esa mágica capacidad humana de ganar la atención de los otros y las otras a través del respeto y la palabra, redescubrimos en los profes esa faceta apasionante del maestro, dejamos de verlos como meros instrumentos de la represión sistémica y recuperamos esa mirada solidaria de quienes deben atreverse a llevar a los niños y las niñas de lo conocido a lo desconocido. Aprendimos de ellos, sencillamente dialogando sin decirnos nada, nada más que la gratitud de permitirnos compartir su experiencia.


De nuestra parte, nos propusimos apoyar a los docentes en el desarrollo de sus contenidos en matemáticas o ciencias, español o inglés, a partir de ejercicios mismos desde el arte. Logramos que la clase de español de los jóvenes de 11 grado se realizara a través del montaje de una obra de teatro, que combinaba episodios del cuento de Gabriel García Marques llamado “El ahogado más hermoso del mundo”; los estudiantes de inglés, aprendieron a cantar y los de sistemas pudieron construir su propio cortometraje. En clase, los docentes de estas áreas ofrecían tiempo a nuestros artistas-docentes para lograr materializar, por un lado los desarrollos teóricos y técnicos de su especificidad y por el otro, promover la construcción de piezas artísticas desde sus propias áreas de conocimiento. No solo estábamos en nuestras clases de artes después de mediodía, varios de nuestros artistas estaban durante la mañana apoyando las clases de los docentes del colegio, a fin de garantizar esos diálogos imprescindibles entre la ciencia y la estética, entre la educación y la sensibilidad, entre pedagogos y artistas.

La experiencia con los padres y madres, fue igualmente interesante y conmovedora; con ellos y ellas realizamos talleres artísticos, sensoriales y lúdicos, aprovechando herramientas de la danza, el teatro y la literatura; más de 200 familiares de los niños y las niñas, disfrutaron de masajes colectivos, juegos de rondas, talleres de escritura, trabajo de escena, entre otras ejercicios, con el fin de que conocieran lo que estaba pasando en la jornada extendida; era una forma de dialogar con ellos y ellas, desde las artes, sobre sus hijos, sobre las relaciones de familia, sobre la necesidad de ganar otros niveles de comunicación en casa, y sin duda, para redescubrir esas potencialidades artísticas que durante la vida fueron relegándose y sucumbiendo ante la brega diaria por lo necesario, lo útil, lo cotidiano.
Esta forma de dialogar, nos permitió canjear preocupaciones sobre el orden, por reflexiones sobre el papel mismo de las artes en la escuela; su carácter trasgresor fue cediendo frente a su carácter renovador, lúdico y creador. Nos volvimos interlocutores de un debate que solo es posible vivir en la práctica misma de la enseñanza y en el contexto mismo de la escuela.


3.      Un proyecto común y otras estrategias
¿Cómo lograr que los muchachos y muchachas asistieran a clases de arte, más allá de la obligación que implicaba la jornada, más allá de tener que hacerlo para evitar problemas por el control de asistencia, o por una eventual mala calificación? La respuesta de los y las artistas fue unívoca, era necesario hacer que los y las estudiantes dejaran de ser sujetos pasivos del proceso aprendizaje y se convirtieran en protagonistas de una historia, de un proyecto común.

Sobre la base de este criterio, cada maestro y cada maestra, promovió la construcción de un proyecto de grupo de forma concertada con su grupo de estudiantes, para ello, se preguntó por los gustos, los miedos, las pasiones, los talentos. Se reflexionó sobre los problemas cotidianos y sobre las formas creativas de hacerlos visibles. El agua y el aire, las basuras, las drogas, el bulliyng, el primer amor y las nuevas frustraciones, fueron temas de especial interés entre los niños, las niñas y los jóvenes. En ciclo uno, el proyecto giró alrededor de los animales y el amor por la naturaleza; en el grado tercero, la protección del medio ambiente se convirtió en pieza de teatro; en quinto grado, un dragón hecho con cartones, papeles y colores fulgurantes significó el amor por la fuerza, las potencias nacientes y el trabajo colectivo. El proyecto de sexto se llamó “no me gusta”, porque se basó en todo aquello que no les gustaba a estos adolescentes, incluyendo la necesidad de hacer proyectos con la profe de artes. Capoeira y danza urbana,  máscaras y stomp, instrumentos de plástico y de latas, obras en yeso y en acrílico, colores, sonidos y voces, cientos de voces, configuraron un universo de expresiones nuevas, revividas, sentidas y gustosas, a través de los cuales esos niños y esas niñas dejaron de ver el arte como la clase interminable después de las 12, para entenderla como el espacio para la conspiración con el color y la música, el rato agradable para la creación y la iniciativa y el lugar común para expresar lo que se quiere y lo que se sueña, lo que se odia y lo que se teme, lo que somos y lo que queremos ser.

Para algunos artistas, esta terea fue difícil, porque incluso en las artes, también hay una tendencia a imponer lo que se sabe; o a despreciar la planeación, porque según algunos, planear constriñe la creatividad. Así que no todos lograron materializar proyectos colectivos y se limitaron a la externalización de ciertas técnicas y contenidos. El proyecto nos permitió descubrirnos y redescubrirnos, convertirnos en aliados y en cómplices, porque al final de la jornada habíamos logrado entender que podemos hacer parte de una misma historia, de un mismo proyecto. Una nueva subjetividad surgida del deseo de construir algo colectivamente, de convertir el aprendizaje en experiencia sensible y de hacer de la creatividad una posibilidad material a través de la planificación y el trabajo en equipo.
  
4.      Subjetividades en conflicto a través de los aprendizajes compartidos
¿Qué hemos aprendido y qué logramos desaprender en el desarrollo de esta experiencia? Podemos resumir los aprendizajes/des aprendizajes en dos grandes criterios de organización; aprendimos que una pedagogía basada en el diálogo, puede promover aprendizajes activos, basados en la experiencia sensible y no en la mera recepción racional de manuales o fórmulas; que las relaciones intersubjetivas pueden ser motores para la construcción de conocimientos; que en cada sujeto hay una historia y es una historia que merece ser contada, compartida e imaginada por los y las demás; y también aprendimos que el arte vivo en la escuela puede contribuir irrevocablemente a la transformación de las subjetividades que en ella habitan, pero al mismo tiempo transformar la misma subjetividad de la institución escolar.


En primer lugar, aprendimos que no existe una sola fórmula específica en la enseñanza de las artes en la escuela, que por el contrario, contamos con múltiples enfoques y paradigmas pedagógicos aplicables al campo de la formación de las artes, con las artes, desde las artes. Pero logramos encontrar, en la construcción pedagógica un criterio articulador: una pedagogía dialogante, que reconoce que el proceso pedagógico es precisamente eso, un diálogo entre sujetos intervinientes y que desde sus propias perspectivas pueden aproximarse a los proyectos comunes, a los nuevos retos del conocimiento, a nuevas experiencias sensibles, a nuevos campos de  reconocimiento propio y de los demás. Volver al diálogo como forma de aprendizaje, implica conocerse y reconocerse, romper con el monopolio sobre el poder de la palabra y el conocimiento; a través de una pedagogía dialogante, no solo logramos descubrir el mundo de los niños y las niñas, sino autodescubrir nuestras propias potencias y limitaciones. El diálogo nos abre radicalmente al “libro de la vida”, para utilizar  la expresión de  Decroly[3]; dialogar implica poner en evidencia que venimos de realidades comunes y al mismo tiempo distintas, pero que a través del diálogo entre saberes y sujetos, podemos promover la búsqueda de sentidos, se nuevos significados, de nuevas posibilidades de transformación simbólica y cultural de los entornos. El dialogo pedagógico, promueve en intercambio, el conflicto y las posibilidades de proyectos compartidos entre sujetos que sienten, actúan y piensan, en franca referencia a las dimensiones humanas identificadas por Wallon; en resumen, una pedagogía basada en el diálogo posibilita la acción colectiva, el amor y la pasión por lo que se hace dentro y fuera del proceso pedagógico, a la vez que promueve la comprensión de nuevos campos de conocimientos y técnicas venidas del mundo artístico y de la experiencia misma de los sujetos del conocimiento.

Muchos de los experimentos iniciados dentro de los centros de interés, nacieron de las preocupaciones, pasiones, deseos y perspectivas de los y las estudiantes, y solo pudieron desarrollarse en la medida que existía una efectiva relación intersubjetiva creada entre artistas y estudiantes y mediada, por un lado por la experiencia de vida de cada sujeto participante, y por el otro, por un conjunto de conceptos, técnicas y procesos que las diversas disciplinas de las artes. Pero no era suficiente, saberlos, los y las artistas debían ganar el corazón y la razón de sus estudiantes, para que esos conocimientos, en principio abstractos, pudieran encontrar sentido en la experiencia sensible individual y colectiva. Entender que cada uno y cada una constituía una historia propia, valiosa, merecedora de ser conocida y ser contada, era clave para lograr establecer verdaderos vínculos afectivos y cognitivos que favorecieran el amor por las artes y el interés por la apropiación de sus conceptos y sus técnicas. Por eso la planeación, la organización del trabajo del grupo y el establecimiento de reglas de juego claras, constituyó puntos de partida necesarios para garantizar el desarrollo de la experiencia.

Por otro lado, podemos asegurar que el arte vivo contribuye a llenar de sentido la vida individual y colectiva del grupo que participa en los procesos pedagógicos artísticos, a configurar esa idea de la subjetividad que consiste en dar sentido a la acción individual y colectiva, a comprender la historia y la historicidad de los grupos humanos, de aproximarse a los significados acumulados de la experiencia humana misma, para asumirlos, reconfigurarlos, transformarlos[4]. Ahora, así como es posible transformar la subjetividad de los sujetos participantes, a través de la experiencia estética, es indiscutible que el arte vivo contribuye a la transformación misma de la subjetividad de la escuela, entendida como un organismo vivo, donde se trenzan conflictos y que en sí misma constituye un conjunto complejo de horizonte de sentidos. El espacio tiempo-escolar ha sido permeado por la experiencia sensible de la actividad artística, dentro y fuera de las aulas, irrumpiendo lugares despreciados por el aprendizaje, desmitificando el poder de la razón sobre las demás facultades humanas, devolviéndole a las pasiones su facultad trasgresora, emancipadora, creadora; el arte vivo revitaliza ese camposanto del aburrimiento compartido, como diría Estanislao Zuleta, al referirse al campo escolar copado por las practicas pedagógicas tradicionales de corte autoritario. Transformar la subjetividad de la escuela misma, implica poder volver a creer en los seres  humanos más allá de las estructuras sociales predeterminadas y copadas por el dominio de diversas formas y dispositivos de poder. Creer en los seres humanos, implica que no es posible aprender sino aquello que somos capaces de convertir en experiencia sensible, en dolor y pasión y amor y deseo. Buscamos lo que deseamos y deseamos lo que nos inspira, el arte además de razón, es corazón vivo latiendo en millonarias pulsaciones para ganarse el corazón de quienes hasta ahora la escuela les ha imposibilitado aprender a través de los sentidos, más allá de la razón. Hemos contribuido a crear nuevas subjetividades, pero el verdadero reto es transformar estética y sensiblemente el espacio escolar. Ese es el reto que nos queda, esa es la tarea del arte vivo dentro de la escuela, y en ese reto, apenas hemos comenzado.    




[1] Artista escénica de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, maestanda en artes escénicas de la Universidad Federal de Bahía, Brasil. Coordinadora General del Proyecto 40x40 de la Asociación Cultural ADRA.
[2][2] Abogado de la Universidad Autónoma de Colombia, educador popular e investigador; parte del Equipo pedagógico del Proyecto 40X40 de la Asociación Cultural ADRA.
[3] Para una mayor aproximación al concepto de pedagogía dialogante. ZUBIRÍA, Julián. Hacia una pedagogía Dialogante. en Los modelos pedagógicos (2014). Editorial Magisterio, Bogotá.
[4] DE LA GARZA, Toledo Enrique. Subjetividad, cultura y estructura. 

viernes, 6 de enero de 2017

Una mirada a la globalización contra-hegemónica en el contexto de nuestra América



“Hacemos parte de un mundo globalizado, pero esta etapa de la globalización aún no cuenta con el elemento nuevo del cual seremos portadores y que en adelante determinará el rumbo de las globalizaciones: la época de nuestro propio descubrimiento”.


Mauricio Rodríguez Amaya


1.     la globalización

¿Cómo entendemos el fenómeno de la globalización? Para empezar, digamos que no es nuevo. Su desarrollo actual es la consecuencia del proceso globalizador europeo desde el siglo XV. Su camino los condujo al resto del mundo y la humanidad fue vista desde la lupa de los conquistadores. Colón encontró en las Indias Caníbales, o a Calibán, tomó sus tierras, y se apoderó de sus riquezas; pero el peor error y a la vez su máximo delito, fue haber destruido cientos de años de conocimiento propio de los pueblos de esta parte del mundo. La experiencia norteamericana fue similar en el genocidio pero distinta en la pretensión; también allí fueron muertos pueblos enteros, eliminadas las civilizaciones y los sobrevivientes condenados a la desmemoria; pero los británicos se quedaron a vivir en tierra nueva desde el primer día, su proceso de coloniaje se inició al tiempo con la conquista. En el resto de la tierra nuestra, el coloniaje solo tuvo lugar seriamente cien años después de la conquista. Esta “ventaja” en el tiempo, es determinante para el desarrollo de dos proyectos americanos: el del norte y el del sur.

El mundo británico fue desplegando las posibilidades económicas del proyecto capitalista, gracias al auge de la explotación de los productores de bienes y servicios, a la piratería marina contra España y a una fuerza naval tan solo comparada con la de los fenicios (quienes instauraron el primer mercado común algo más de 3000 años). Con su proyecto expansionista, fue creciendo su independencia del papado y de las instituciones católicas, lo cual favoreció el despliegue de la mentalidad burguesa. Esta herencia será adoptada por la nueva mentalidad norteamericana, y cien años después logrará dar como fruto la independencia de las antiguas colonias británicas en tierra continental americana.

Nuestra América en cambio, se alimentó del más radical y conservador catolicismo; España atravesó los palos a la rueda de la historia y prefirió fracasar en su proyecto feudal, sanguinario y bandido, lo cual significó el rezago histórico de las colonias. Esta tesis no explica todo, pero si en parte, la distancia en los Espacio-tiempo históricos de los proyectos desarrollados en la América europea norteamericana, y nuestra América.  Norte América se incrustó con mayor prontitud y facilidad al proyecto de la globalización británica, sus antiguos dueños pasaron rápidamente a ser sus principales socios y el comercio floreció sin reparos en este sistema-mundo, capturando rápidamente a las empobrecidas y expoliadas economías de las colonias europeas continentales.



La globalización europea encuentra en Gran Bretaña, por un lado, y Francia, por el otro, los dos motores de la expansión mundial. África, Asia y América, están en el mapa de la repartición. Así, durante la segunda mitad del siglo XIX, el imperialismo europeo ha logrado superar su propia historia de coloniaje. En esta pugna, Estados Unidos queda prácticamente solo en la batalla por las antiguas colonias europeas, su tesis de “América para los Americanos”, bien puede traducirse en “América para los norteamericanos”. Esto facilitará la incursión de EEUU como un nuevo actor clave en el sistema-mundo de la globalización europea. Su proyecto ideológico, no alcanzará su interiorización en la América nuestra, porque la preocupación norteamericana en un principio es el comercio y las materias primas y no la ideología. Pero además su proyecto ideológico es el mismo británico en el fondo, por eso no hay duda que Estados Unidos es Europa en América.

Así el mapa es claro: para finales del siglo XIX, Europa camina la ruta de sus propias revoluciones burguesas y proletarias, a la vez que descubre a sí misma que el sueño de la revolución francesa no fue más que un cataplán de buenas intenciones. El imperio Británico crece en nuevas tierras continentales en África y Asia, Francia hace lo suyo, y América del Norte, se empeña en crecer a costa de las repúblicas independientes del sur y del caribe. Mariategui comprendió que los países latinoamericanos llegan con retardo a la competencia capitalista. Los primeros puestos están definitivamente asignados. El destino de estos países dentro del orden capitalista, es de simples colonias[1].

Esta complejidad combina el proyecto moderno racional europeo continental, con el utilitarismo británico/norteamericano. Nuestras nacientes instituciones se verán empeñadas en copiar ambos modelos o combinarlos.  Faustino Sarmiento prefiere imponer el modelo norteamericano en la pobre Argentina, y Bello prefiere pensar a la francesa en materia de derecho. Nuestras naciones, son libres de la presencia material española o francesa, portuguesa o británica, pero no conocen aún su propia emancipación intelectual, somos aún la prolongación de Europa en América, esta etapa la ha denominado De Sousa Santos como la época europea de nuestra América.

Hacemos parte de un mundo globalizado, pero esta etapa de la globalización aún no cuenta con el elemento nuevo del cual seremos portadores y que en adelante determinará el rumbo de las globalizaciones: la época de nuestro propio descubrimiento. Auque la copia nos gobierna y el comercio nos oprime, el siglo XIX significa para nuestra América el inicio del auto-descubrimiento. Hemos empezado a ver el mundo desde nuestros ojos y no desde los ojos de Europa. Por supuesto que la conciencia de este fenómeno tardará algunos años en imponerse. Simón Bolívar comprendió, gracias a su mentor, don Simón Rodríguez,  que la originalidad era el camino, pero para ello debíamos descifrar lo que éramos y lo que nos definiría como potencia en ciernes. No fue necesario indagar más allá de nuestras pieles para entender que en América el indio y el negro son los oprimidos, y que su mezcla con el español, son la fuente de una nueva raza, una raza cósmica en palabras de Vasconcelos. De esta manera se inicia una ruta intelectual y cultural que nos irá dando las claves de nuestro auto-descubrimiento. Pero dejemos este tema para más adelante.

La globalización capitalista del siglo XX, se enfrentó a la talanquera del socialismo, al poder real de los obreros y las obreras, a su inoportuna hazaña de contribuir a la liberación del mundo, a su pertinaz preocupación por el ser humano. La repartición de la periferia cuenta ahora con nuevos elementos que surcarán toda la centuria. Los modelos de acumulación y regulación impuestos en Europa, después de la gran depresión norteamericana y de la segunda guerra mundial, se basan ahora en pretender una supuesta mayor participación de los obreros en la riqueza global, pero el paradigma de la plusvalía relativa y del Estado de Bienestar, requería economías sólidas y en desarrollo como posibilidad de detener el nuevo fantasma; el socialismo había ingresado por la puerta de atrás, por un país pobre y atrasado, y se sentó en todo el centro del camino del progreso europeo/norteamericano. Nuestra América, estaba más próxima en años a la perspectiva socialista que al modelo de acumulación y expoliación de nuestros vecinos más próximos. Por esta razón, el imperialismo europeo/norteamericano, desarrolló la más perversa persecución contra nuestras instituciones y sus líderes, era menester asegurar el dominio de su hegemonía sobre la región antes que el fantasma del comunismo conspirara contra sus ideales de progreso y consumismo.

Se incrementó la explotación de nuestra noble fuerza de trabajo, la expoliación de nuestros recursos naturales y se persiguió el olvido de nuestra cultura. Éramos extraños en nuestra propia tierra, veíamos el mundo gracias a las sombras que nos dejaba ver la caverna europea. Comíamos del cuerpo de la Fe y nos consumíamos en las fosas de la miseria humana. Éramos modernos, de acuerdo al molde necesario para el progreso de Europa y de norte América. Una modernidad eurocéntrica, etnocéntrica y anglosajona. Una modernidad basada en el progreso de la industria a costa de la vida humana y la naturaleza; una modernidad contada por la civilización de los conquistadores contra la barbarie de los conquistados; una modernidad que nos enseñó que la guerra entre hermanos satisfacía necesariamente las promesas del progreso del norte, y que la venta de cabezas (como diría Monterroso[2]) era indispensable para el exquisito gusto estético del norte.

Heredamos de la modernidad su ortodoxia, su unicidad para mirar la historia, su Eurocentrismo totalisante, su universalismo racional y su tendencia a homogenizar los fines. Adicionalmente, la hegemonía norteamericana sobre la región nos terminó de alejar del sueño inconcluso de la Revolución Francesa, nos enseñó el utilitarismo y el pragmatismo y nos metió en la cabeza que lo importante se mide por lo que cuesta, lo que sirve es todo aquello que se compra, que el consumismo es el símbolo de la libertad y la competencia la mejor manera de relacionarnos.

Pero si existe un rasgo particular de la globalización contemporánea es su tendencia a colocar a los y las jóvenes en el centro de ésta, por medio de una muy sutil y definida ideología del consumismo; para ellos y para ellas crecen las marcas, los centros de intercambio, los accesorios cada vez más inútiles; ellos y ellas disparan los tiempos de obsolescencia de lo que se compra, no cuentan con oportunidades para el empleo y la educación, pero los mass media los empujan todos los días a las plazas del consumo. El enorme arsenal de mercancías, de modelos de consumo, de estereotipos, estándares de comportamiento, figuras y moldes para la estética, entre otros factores de alienación, han logrado que muchos y muchas jóvenes, hijos de la televisión, entrenados para contemplar la vida en vez de hacerla[3],  prefieran ver pasar la historia sin necesidad de comprometerse con ningún proyecto. Galeano ha dicho que los niños y niñas latinoamericanos tienen un pie amarrado a un televisor, y podríamos decir que sus conciencias están atadas a otras mercancías que los aíslan y cosifican. Esa dicotomía entre lo que se tiene y lo que se desea ha colocado a los y las jóvenes en franca riña con el modelo de exclusión, y en su ímpetu crece la necesidad de cambiar el mundo; saben que algo está mal en el sistema sino todo el sistema; incursionan nuevos ritmos y líricas, importados todos, pero resignificados y contextualizados a la realidad de nuestra América; se visten de acuerdo a patrones externos, pero hablan con el lenguaje de Calibán, han apropiado los símbolos, pero los han traducido a las necesidades históricas del continente. El consumo no descansa y se mantiene alerta, convirtiendo todo nuevo componente simbólico en mercancía. Muchos caen en la trampa, pero otro tanto sabe que sus culturas y expresiones significan manifestaciones expresas de ruptura, resistencia y revolución.


Este relativamente fácil acceso a nuevos productos y accesorios, ha cambiando el tiempo-espacio de vida de los jóvenes del continente; su velocidad es mayor en relación con el tiempo-espacio en que actúan los adultos; creen conocer más cosas, y controlan cantidades enormes de información. Esta dinámica  nos permite asegurar sin ambages que esta generación tiene en sus manos elementos indispensables de movilidad y consolidación de proyecto emancipatorio de nuestra América, pues la crisis de las instituciones modernas es fácilmente observable a los ojos de los jóvenes y adolescentes de hoy.

La globalización contemporánea es la globalización del consumo, del comercio libre y la mercadolatría. Sus productos son baratos en el centro porque la periferia ha pagado los altos costos con su fuerza de trabajo y sus recursos naturales destruidos; pero este modelo en línea ha entrado en crisis y ha empezado a develarse el engaño.  Pese a su  pretendida homogenización de la cultura moderna, en su versión más miserable y consumista, se han despertado los pueblos ancestrales, las culturas históricas y milenarias manifestaciones humanas con sus raíces vivas y en muchos casos aún intactas. La homogeneidad no prospera, porque el espacio común de la modernidad  ha debido ceder ante el influjo de la heterotopía. Nuestra historia ya no puede ser contada en una sola perspectiva; ha llegado la hora de vernos a nosotros mismos, de reconocer nuestra historia como irreductible, como propia del futuro y como posibilidad emancipatoria. La ortodoxia moderna ha entrado en crisis, y es la hora de que nuestro autodescubrimiento nos permita el derecho a la heterodoxia. Pero ello no consiste en un problema provincial o regional. Es una tarea de todos los pueblos oprimidos del mundo, expulsados de los beneficios y condenados al exterminio o la sumisión.


La heterodoxia también se globaliza, el proyecto emancipatorio de nuestra America, es nuestra propia heterodoxia, es en adelante nuestra herencia y nuestro futuro. Es pasado y presente, es nuestro derecho a la trasgresión, es nuestra alternativa de movimiento, es la vida. La heterodoxia globalizada nos exige varias tareas: uno, avanzar en el autodescubrimiento, lo cual significa construir un sentido de nuestra existencia basados en una perspectiva histórica contra-hegemónica.  Y dos, construir un paradigma emergente, que nos coloque en la perspectiva de tener derecho al mundo, al futuro, a la salvación del planeta y de la especie humana misma.


2.     Los retos de la heterodoxia globalizada
            2.1. El autodescubrimiento

El proceso de autodescubrimiento de nuestra América, fue construyendo una perspectiva propia de nuestra historia y de las otras historias del mundo; superó la falsa dicotomía entre civilización y barbarie para establecer una nueva relación entre naturaleza y falsa  erudición[4]. El autodescubrimiento es un proceso complejo y cosmopolita que tiene como función ponernos de frente a nuestra propia condición humana, como americanos, como mestizos, como un contingente humano único; un pueblo con una cultura propia que es a la vez la síntesis de muchas otras culturas, conquistadoras y conquistadas, importadas y originarias, pero todas vivas y llenas de posibilidades para seguir definiendo la personalidad propia de nuestra América.

El autodescubrimiento nos permitió volver la mirada a los abuelos y abuelas Caribes, Taynos, Mayas, Incas, Aztecas, Chibchas, Sinúes, Marichies, Arawuacos y toda la gama maravillosa de culturas, colores, mitos y saberes que poblaron la America Precolombina. El autodescubrimiento nos devolvió el mito, la posibilidad de explicar el  mundo con la magia de nuestra imaginación cósmica.

Los mitos fundacionales de los pueblos originarios, son a la vez una ratificación de su enorme conocimiento de la naturaleza, de su respeto por ella, por el hombre y los demás animales. La cultura muisca, que tuvo lugar en el altiplano cundiboyacense, por ejemplo, encuentra en el mito una manera de relatar, de explicar el origen del mundo; su particularidad, su unicidad, es a la vez la potencia generadora de una mentalidad continental, que no cuenta con sistemas racionales universalistas sino que encuentra en la particularidad su fuerza:

La tierra estaba despoblada de hombres. Entonces, en el helado páramo de Iguaque, de las aguas transparentes de la laguna, emergió una hermosa mujer con un niño entre brazos. Ella era Bachué la gran madre. Cuando el niño se convirtió en el primer hombre muisca, ella procreó con él hijos de seis en seis, hasta que sus hijos se fueron cruzando y la humanidad se extendió sobre el mundo. Bachué les enseñó los principios básicos de la convivencia y cumplida su tarea regresó a la laguna de Iguaque y allí se despidió de la humanidad transformándose en dos serpientes que se hundieron en la profundidad de las aguas[5].

El autodescubrimiento nos permitió darnos cuenta, que al contrario de la homogenización, nuestra fuerza principal es la diversidad; muy a pesar de que el mito fundacional judío-cristiano, ha querido presentarse como verdad única, los pueblos originarios no han renunciado a creer en sus propias historias sobre el origen.

También fuimos aprendiendo, gracias al mito, que el error humano es una herencia de los dioses. Que nuestra similitud con ellos consiste precisamente en que los dioses de nuestra América, creen en el ensayo, en la experimentación, en el volver a intentarlo. El hombre de maíz solo es posible después de múltiples intentos, de variadas posibilidades que les fueron mostrando a los creadores cómo hacer mejor su creación. El mito fundacional judio-cristiano consiste en la oposición de este principio, pues su dios es perfecto y unívoco.
  
El autodescubrimiento nos condujo a la maravillosa filantropía de los negros, a la magia de sus dioses libertarios, a la liberadora música de sus tambores, a los cimarrones, al trabajo duro, a la fe en el esfuerzo y a la alegría de sus ritmos y fiestas. William Ospina[6] asegura que América es inconcebible sin el aporte africano… sin las miles de toneladas de oro y plata que extrajeron los esclavos en las minas de las antillas, del norte de México, del Potosí, y de la Nueva Granada… Es inconcebible sin la nodriza negra de los poemas de Aurelio Arturo; sin los sones caribeños y los boleros cubanos; sin las tropas negras y mulatas de los ejércitos libertadores; sin las manumisiones del siglo XIX, sin el batallón de pardos y negros de la independencia argentina, sin los tangos y las cumbias, sin el mambo y la salsa, sin los carnavales de Río, sin las trompetas de Matanzas y las marimbas de Jamaica, sin los tambores y las tumbas de papá Montero; sin el Vudú de los haitianos y la santería de los cubanos… sin la erudición continental de Pedro Henríquez Ureña, sin Changó y Yemayá… sin Benny Moré y Celia Cruz, sin Candelario Obeso y Nicolás Guillén. 

La fuerza de la raza negra se ha construido a pulso contra años y años de esclavitud y opresión, y en medio de la tragedia de la raza originaria de todas las razas surge en sus sonrisas la esperanza, la voluntad, el ánimo por  superar la salasión, como diría Nicolás Guillén, hay que tener boluntá; esa fuerza esperanzadora ha forjado el espíritu de nuestro pueblos desde hace cuatrocientos años:



Mira si tú me conose,
Que ya no  tengo que hablá
Cuando pongo un ojo así,
E que no hay na;
Pero si lo pongo así,
Tampoco hay na.

Empeña la plancha elétrica
Pa podé sacá mi flú;
Buca un reá,
Buca un reá,
Cómprate un paquete’ vela
Poqque a la noche no hay lu.

Hay que tené boluntá
Que la salasión no e
Pa toa la bida!

Camina, negra, y no yore,
Be p’ayá
Camina, y no yore, negra,
Ben p’acá;
Camina, negra, camina,
Que hay que tené boluntá.




El auto descubrimiento nos demostró que somos hijos de Europa, no sus siervos. Que del viejo mundo conocimos el paso de la humanidad de la magia a la ciencia, la racionalidad moderna, el renacimiento, la ilustración, las revoluciones científicas y las revoluciones políticas burguesas y proletarias. De Europa heredamos la máquina de la explotación capitalista, y también la fuerza y la teoría de su destrucción: el socialismo. Y auque muchos en Europa miran a la América nuestra con la nostalgia del esclavismo y el coloniaje, muchos hermanos europeos se han comprometido durante todos estos años en nuestras utopías emancipatiorias, en la construcción de un verdadero nuevo mundo.

Qué sería de nuestros proyectos emancipatorios sin el aporte histórico del romanticismo y  del modernismo;  ellos trajeron el crucifijo y lo implementaron con la espada, pero entre ellos también venía el padre de las Casas. Destruyeron nuestras bibliotecas y centros culturales, pero los señores Von Humbolt y José Celestino Mutis nos aproximaron a las ciencias contemporáneas; Hegel nos condenó entre los pueblos sin cultura, pero al fin y al cabo el mismo reconoció que América es el porvenir. Fue en Europa donde  primero encontraron eco Miranda, Bolívar, San Martín, Nariño, Bello y  muchos de los padres de la nueva racionalidad continental.

Sin embargo el principal reto del autodescubrimiento consiste en ser capaces de construir una perspectiva propia, nuestro propio universalismo, pues aún dependemos en gran medida de la mentalidad hegemónica europea/norteamericana, lo que hace de nuestras ciencias sociales copia y calco, no originalidad y riesgo. El autodescubrimiento nos ha permitido entender que, si bien Próspero nos enseñó su lengua, -que ahora es también nuestra, pero no es la única-, es con esa lengua como nos enfrentamos al paradigma de la emancipación humana, mezclada con las lenguas originarias africanas y precolombinas. Somos la América de Calibán[7];  somos Calibán y hemos decidido recuperar todo aquello de lo que Próspero nos despojó, utilizando también su propia herencia y enseñanzas.



2.2.1.  La posibilidad del diálogo intercultural

2.2.2.1. Diversidad como identidad

Las identidades culturales no son rígidas y mucho menos inmutables. Son los resultados siempre transitorios y fugaces de procesos de identificación[8]. Nuestros políticos exóticos han encontrado en el discurso de los nacionalismos una forma concreta de negar la diversidad. En chile no hay indios, solo hay chilenos, expresa la máxima que se extendió paulatinamente por todo el continente americano. Toda la historia del proyecto moderno está pensado desde la óptica de la homogeneidad, pero para el caso de América, desigualdad y diferencia, constituyen dos ejes del mismo fenómeno: los explotados son a la vez, los indios y los negros, los mulatos, los zambos y los criollos; y son también las mujeres y aún más las mujeres negras o indias, mulatas y zambas.



Sousa sostiene que la construcción de los nuevos paradigmas en nuestra América deben basarse en dos principios complementarios e inseparables: el principio de la redistribución, entendido como la lucha histórica por la igualdad, y el principio del reconocimiento, que comprende todo el acerbo de la lucha de los pueblos por el reconocimiento. Estos son los parámetros de las globalizaciones contra-hegemónicas[9]. Desde este punto de vista, los diálogos interculturales constituyen una necesidad histórica de nuestros proyectos. Hasta ahora, la escuela solo habla en la lengua de Próspero e impone sus valores como inmutables. Muy pocos proyectos educativos han asumido la perspectiva etnoeducativa y de hecho los proyectos políticos modernos dominantes están aún en oposición a la etnopolítica y desconocen los avances contemporáneos de la etnografía. Distinto a la pretendida homogenización hegemónica, América es el terreno de la diversidad cultural, de la oportunidad intercultural que crea nuevas posibilidades del mundo y del futuro de la especie humana. Nuestra identidad es la diversidad. Nuestra posibilidad se sustenta en el reconocimiento de las particularidades.

No son los nacionalismos nuestro factor diferenciador. Qué hay realmente de distinto al hombre  y a la mujer de Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia o Colombia­? No son los negros de Haití, los mismos de Brasil, o los indígenas de Guatemala no han sufrido la misma humillación y escarnio que en Chile, en Bolivia o en Colombia?. No es la distribución feudal/nacional nuestro eje de disposición identitaria, lo nuestro está en la mezcla, en el ser mestizo, en el intercambio de nuestras culturas. Nuestra identidad se funda en la diferencia, pero no la de las falsas nacionalidades y los chovinismos locales. Por esta razón, nuestra perspectiva de la tolerancia consiste, como diría el maestro Freire, en la virtud revolucionaria que consiste en la convivencia con los diferentes para que se pueda luchar mejor contra los antagónicos[10].



2.2.2.2. El diálogo intercultural

Si la diversidad es nuestro signo identitario, el establecimiento de encuentros entre las culturas que pueblan nuestro territorio es una labor indispensable en la identificación de los factores de proyecto. Y aquí la complejidad de la globalización se coloca del lugar de los pueblos en franca lid con la ortodoxia moderna. Tuvimos que esperar a la segunda mitad del siglo XIX para que los oprimidos (negros e indígenas, mulatos o criollos) empezaran a hablar en sus propias lenguas. Martín Fierro habló y nos mostró la existencia del gaucho; Candelario Obeso nos platicó en la lengua de los negros de América. En adelante, nuestra literatura es la historia de nuestras culturas. Sin embargo, Aún son pocos los  escenarios donde se permite hablar desde la perspectiva intercultural y la escuela aún está lejos de lograrlo sinceramente. La antropología y la etnografía han jugado un papel determinante en este impulso, y en el caso concreto de los análisis sobre juventud, la perspectiva de los estudios socioculturales nos han dado herramientas indispensables para profundizar en la tarea de las investigaciones desde los discursos interculturales.

Desde este enfoque es sorprendente todo el camino que se puede allanar cuando se trata de establecer análisis, investigaciones y propuestas sobre juventud. Las culturas juveniles se sustentan en discursos importados. La industria cultural ha contribuido a mercantilizar todas las relaciones estéticas e impone una ética del consumismo, que en muchos casos elimina la posibilidad contestataria que traen consigo esos modelos culturales de ruptura. Pero el consumismo tiene límites, son los que imponen la exclusión, la marginalidad y la pobreza; por esta razón las culturas juveniles se han convertido paulatinamente en una respuesta, en un contra-relato, en una acción de oposición a las reacciones del mercado. El hip-hop, por ejemplo, es en primera instancia ruptura de los negros marginados de las grandes urbes estadounidenses y en nuestra América ha logrado mantener su nivel contestatario a pesar de la industria. Ha sido resignificado y contextualizado: si en los EEUU el rap (la música de la cultura hip-hop) significa ritmin and poetry,  muchos movimientos de jóvenes enrolados en esta cultura lo traducen como Revolución Artística Cultural.

Igual sentido adquiere en América el rock, el punk, el metal, y también las manifestaciones culturales tradicionales africanas u originarias del continente; en América hay tantos jóvenes enamorados del rock, como de la música andina latinoamericana y, a diferencia de otros contextos homogenizadores, aquí no es necesario matarse por la cultura; por el contrario, es en nuestros territorios donde crecen las fusiones y las mezclas musicales, produciendo nuevos ritmos que encuentran en el sincretismo una oportunidad de desarrollo. La falta de observación de este fenómeno ha conducido a muchos errores de apreciación de un número importante de investigaciones y estudios institucionales; se han concentrado en la estética de cada cultura y en su lógica interna, y han decidido llamar a estas nuevas manifestaciones culturales como tribus, garantizando así que la cultura moderna (dominante) pase por encima de las ellas.

Es degradante señalar de tribus urbanas las nuevas manifestaciones culturales, pues este concepto se sustenta en el mismo principio de civilización y barbarie: lo que hacen los jóvenes es tribal, lo nuestro es universal. Este discurso del tribalismo ha conducido a que los jóvenes sean observados como elementos extraños a nuestros conflictos culturales, leídos marginalmente, al tiempo que es puesta a salvo la hegemonía, de los factores que buscan su ruptura. Los científicos miran a los jóvenes metidos en su maloka, desde el sacrosanto campo de la universidad moderna, con el enfoque positivista de las ciencias sociales, es decir, sin comprometerse con su realidad y su mundo. Los que hacen de la objetividad una religión mienten. Ellos no quieren ser objetivos, mentira: quieren ser objetos, para salvarse del dolor humano[11].

Vale la pena explorar estas nuevas manifestaciones culturales, o culturas juveniles desde la perspectiva intercultural contra-hegemónica que se sustenta en la díada redistribución/reconocimiento, porque ello nos permitirá entender que los y las jóvenes no están al margen del mundo, sino, por el contrario, están en todo el centro de la globalización capitalista y la alienación de la ortodoxia moderna. Que su heterodoxia no es marginal sino fundamental y necesaria para la definición del proyecto emancipatorio de nuestra América. Preocupémonos menos de los pantalones anchos y puestos sobre la pelvis, del tipo de chompo y el color de las zapatillas. Indaguemos mejor por lo que piensan, lo que desean y las condiciones en las que viven para alcanzar su expectativas de vida. Hablemos con ellos con respeto a su cultura o sus culturas, sin las mismas pretensiones hegemónicas y colonialistas que tanto hemos criticado y que son la causa de nuestro rezago. Hablemos de sus culturas para reconocerlas como propias, y busquemos puentes de comunicación con las otras culturas; no alimentemos el ghetto con estudios que solo miran hacia adentro de los consumos y no sobre las prácticas y los contextos histórico-sociales. En eso consiste el reto del establecimiento de los diálogos interculturales.



2.2.1.3.                  El diálogo con todos los mundos posibles

Si comprendemos la interculturalidad como posibilidad discursiva contra-hegemónica, estaremos dispuestos a conversar con mayor fluidez con los explotados y marginados del resto del mundo. Con los otros y las otras que también luchan en otros lugares por otros mundos posibles. Si la escuela abre sus puertas a las culturas de todo el mundo, nuestra América estará también preparada para abrirle las puertas a los otros mundos y discutir con ellos sin intermediaciones hegemónicas, ni pretensiones de colonizarlos o recolonizarlos. Reconoceremos el efectivo respeto de la diferencia y lograremos establecer como principio el concepto de tolerancia del maestro Freire.

La globalización hegemónica nos junta en las propagandas del televisor, pero nos aísla en la vida real, nos permite acceder a las tecnologías con mayor facilidad pero nos convierte en objetos de los mares de información que circulan por las redes. Cada vez más conectados, cada vez menos comunicados. Pero esta verdad puede invertirse a favor del proyecto contra-hegemónico, aprovechando las ventajas de la interconexión virtual con el fin de establecer efectivos canales de comunicación intercultural. Vivimos la época del surgimiento de nuevas subjetividades que ya no están guiadas por razones únicas o por teleologías omniscientes; esta nueva realidad conduce a la materialización de idearios contradictorios[12], que nos exigen rediseñar  y recrear las posibilidades de la socialización, la comunicación y la interacción de estas subjetividades. El reto nos pone entonces en el centro del futuro de la especie humana, precisamente porque ha entrado en crisis el paradigma moderno del desarrollo capitalista y las instituciones que lo han sostenido y defendido durante más de cinco siglos. La interculturalidad es el lenguaje, o la forma como se mezclan los lenguajes de los otros mundos posibles, con el fin de buscar salidas a la crisis desde una perspectiva de ruptura con el modelo dominante.



Bogotá D.C.; Colombia
Agosto 21 de 2008



[1] RETAMAR Fernández  Roberto.  Todo Calibán . ediciones Ilsa,  2005. pag. 68
[2] MONTERROSO, Augusto. Mr. Taylor. En Obras completas y otro cuentos. Espasa, 1959
[3] GALEANO, Eduardo. E libro de los abrazos, la televisión/3. Siglo XXI editores, 2006.
[4] MARTÍ, José, Nuestra América.
[5]  PINZÓN Carlos;  SUAREZ Rosa. Las enseñanzas de Bochica a los hombres de maíz. Instituto Colombiano de Antropología, 1985
[6] OSPINA William. América Mestiza, Ed. Nomos S.A., 2006; pags. 82-84
[7] FERNANDEZ RETAMAR, Roberto, Calibán.
[8] SOUSA SANTOS Boaventura de. DE la mano de Alicia. Siglo del Hombre Editores, 2006. pag. 161
[9] SOUSA SANTOS, Boaventura De. La Caida del Angelus Novus: ensayos para una nueva teoría social y una nueva práctica política. ILSA-Unilibros, 2003. 
[10] FREIRE Paulo. Pedagogía de la Esperanza. Siglo XXI editores, 2005. pag. 36
[11] GALEANO Eduardo. En El libro de los abrazos, celebración de la subjetividad. Siglo XXI editores, 2006. pag. 106
[12] MEJIA Marco Raúl. Educación (es) en la(s) globalización(es) I. Ediciones Desde Abajo. 2006. pags. 177-180.