Mostrando entradas con la etiqueta Estudiantes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estudiantes. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de febrero de 2019

Gasolina, veneno y espacio público


Gasolina, veneno y espacio público

Mauricio Rodríguez Amaya




“La doble cara del control del espacio público es evidente; se reprimen las movilizaciones indígenas y negras, feministas y proletarias, ambientalistas y del arte popular; en la otra cara de la misma moneda, el fascismo estimula las manifestaciones artísticas de la élite, celebra la guerra al tiempo que garantiza las movilizaciones de las clases dominantes”

  


La radicalización del autoritarismo está cobrando una nueva batalla por el control absoluto del espacio público; mientras, por un lado, los regímenes autoritarios golpean con sevicia a quienes salen a las marchas por sus derechos, como en Barcelona, Colombia o París; por otro lado, se promueven manifestaciones públicas con gran cobertura mediática contra gobiernos que claramente no siguen las directrices del pentágono. Mientras se estimulan conciertos masivos con transmisión directa por más de 6 horas, como en Cúcuta, al mismo tiempo, se reprimen los manifestantes en Ituango o el Cauca; son expresiones diferentes con el mismo objetivo, consistente en controlar el espacio público, en uniformar los discursos e incentivar el odio y el fascismo social.




En Colombia, por ejemplo, mientras las manifestaciones estudiantiles por el derecho a la educación fueron brutalmente reprimidas entre octubre y diciembre de 2018, el mismo régimen garantizó todas las condiciones para que el fascismo se movilizara a favor de la guerra y se exacerbara el odio en una jornada a la que asistió el mismo Presidente de la República, en enero de 2019. Igual sucede en la frontera, igual sucede en Europa, en Estados Unidos y en Haití. La disputa por el espacio público cobra vidas cuando se trata de las movilizaciones callejeras contra regímenes corruptos, pero incentiva la toma de las calles, la quema con gasolina de alimentos o las balas perdidas, cuando se trata de legitimar el odio y la guerra. El fascismo envenena empanadas de las ventas ambulantes en Bogotá, mientras ve morir de hambre a los niños de la Guajira o Haití; Celebra conciertos con artistas de Bolsillo en Cúcuta, pero reprime brutalmente el arte callejero y las mingas indígenas en el Cauca o en la Guajira. El fascismo estimula movilizaciones masivas a favor de la guerra, pero prohíbe las marchas de los campesinos que luchan por la vida en Antioquia.
La doble cara del control del espacio público es evidente; se reprimen las movilizaciones indígenas y negras, feministas y proletarias, ambientalistas y del arte popular; en la otra cara de la misma moneda, el fascismo estimula las manifestaciones artísticas de la élite, celebra la guerra al tiempo que garantiza las movilizaciones de las clases dominantes; como en Bogotá, por ejemplo donde se reprime a quienes protestan contra las ceremonias elitistas de sacrificio animal en la Plaza de “Todos”  La Santa María, mientras la Policía crea corredores exclusivos para que esa misma élite pueda ingresar al disfrute de la sevicia de la sangre en el ruedo.


Lo que está en juego, no es poco; es nada más y nada menos que el control fascista de las calles, de los teatros, de los centros comerciales, incluso de los parques donde aún es mal visto a mujeres que amamantan a sus hijos menores. La icónica fascista del dolor y el control se expresan como omnipotentes, en decisiones policivas y en directrices desde las tarimas; la icónica del odio cobra terreno y las estéticas de la élite se basan el uso machista y patriarcal de los cuerpos de mujeres y hombres. El control fascista del espacio público impone un patrón democratizado, amplificado por la moda y controlado por losa medios de comunicación. El espacio público televisado es la imposición aparentemente diversa del control fascista sobre los cuerpos, las estéticas y el poder político.


Como lo plantearía Boaventura de Sousa Santos, no se trata solo del fascismo político del Siglo XX; hoy enfrentamos también un fascismo social, que desde cierto pluralismo desprecia lo diferente, lo racializado, lo pobre y lo extraño. La sociedad ha sido uniformada por la moda y todo aquello que la controvierte es susceptible de ser cuestionado o agredido. Los casos se multiplican por miles; y esta faceta de la nueva fase del capitalismo global, impone la métrica uniformemente diversa de las prácticas secularizadas del odio, la discriminación y el miedo.


No es un buen momento para quienes han luchado por el acceso democrático al espacio público, es un momento de revés donde el fascismo político y social imponen sus prácticas de adoctrinamiento corporal, y mental. Ni los arboles de los parques se salvan de esta arremetida en ciudades como Bogotá, donde el Alcalde ha decidido incrementar la tala, en una ciudad que se calienta diariamente por el efecto invernadero. No son buenas noticias, ni son buenos momentos. Quizás es necesario observar con detalle este fenómeno controlador del espacio público para que reorientemos los esfuerzos por la reconquista democrática y cosmopoliticista de las calles y los parques, las escuelas y los centros culturales. Es hora de detenerse un poco, tomar distancia y alcanzar a percibir las grietas desde las cuales es posible aun insistir en la brega diaria por el derecho democrático del espacio público.



______________________________________

martes, 2 de febrero de 2010

Hacerse matar por Cien mil pesos no da la base




Mauricio Rodríguez Amaya
www.bajolamole.blogspot.com

Además de sumarme a las miles de voces sensatas que han rechazado de plano el anuncio del Uberrimo sobre su política de empleo para los jóvenes de Medellín -voces que han desnudado el perverso enfoque guerrerista con que se devana las sienes en su onanismo insólito el señor presidente; manifestaciones de indignación sobre la pobreza de ideas y la vileza de intereses del facho que gobierna; declaraciones prudentes que llaman a la cordura al mandatario, con la ingenuidad de quien cree que las vacas vuelan-. Además de sumarme a esas voces, quiero permitirme dar un punto de vista sobre economía básica, de esa economía que se usa en las finanzas familiares o en las tiendas de barrio, al respecto de la cuota correspondiente a salario establecida por el presidente a los jóvenes que decidan convertirse en sapos.

Mi abuela materna tuvo durante años una pequeña venta de helados, ella acostumbraba decir que los refrescos debían venderse a cierto precio, porque el ofrecimiento por debajo “no daba la base del negocio”, para referirse a las eventuales pérdidas. La empresa quebró al fin de cuentas, no por las reglas de oferta y demanda, sino por el desmesurado deleite de cinco nietos a quienes nos salía gratis el esfuerzo financiero de la nona. No da la base, repetía resignada cada vez que se veía compungida a convertir su producto en nuestro suculento obsequio.

Pues por estos días, en que Medellín se encuentra en un enfrentamiento cruel entre paramilitares sin jefes y narcotraficantes con más ínfulas, en donde el sicariato ha crecido y los muertos pululan en las barriadas, donde Don Berna dejó a su deleite a los nuevos cabecillas paramilitares que hoy se presentan como bandas, o águilas negras o paracos gaitanistas, etc.; donde las flores de la ciudad no dan abasto con tantas tumbas por estos días, El presidentico paisa se le ocurrió poner en riesgo la vida de los estudiantes, convertir las escuelas en campos de guerra y volver a su lógica de vincular a la sociedad civil al conflicto.

Este apostata de la justicia, este justiciero de mano dura para sus enemigos y corazón grande para los mancusos, los bernas y los joséobdulios (me acabo de percatar que este último aún no está preso), creó un nuevo empleo para subsanar el desastre de su seguridad democrática, y volver a los años de las CONVIVIR: el sapeo estudiantil clasificado. Para acceder a un trabajo de estos se requiere, poner en riesgo la vida y la de toda la familia, denunciar al cual más cualquier comportamiento que a criterio del empleado le parezca análogo del terrorismo; para ser un buen sapo, se requiere el mayor desprecio por la vida, por el futuro y por los suyos, quien se emplee en el área no tendrá que pensar en pensión, porque seguramente terminará muerto producto de los informes que provea.
El sueldo, más pírrico que el mínimo. Más perverso que la propuesta misma: cien mil pesos. Quien sapee en las calles o en las aulas de clase, se ganará cien mil pesos, devaluados y sin derecho a prestaciones, sin horas extras, porque horas extras será las que empiece a vivir quien se comprometa en este empleo. Regalar la vida por cien mil pesos, parece ser la consigna del presidentico paisa, que tanto quiere a sus coterráneos, que tanto dice amar a los estudiantes de su natal provincia; hacerse matar por cien mil pesos, cree el decrépito tirano que es una alternativa saludable para los jóvenes de Medellín a quienes el crimen habrá de cobrarles el servicio prestado con sus propias carnitas y sus propios huesitos.

Sicariar en las calles de la capital paisa, costaba hace unos años (en las épocas de Escobar Gaviria, cuando el Ubérrimo era el consentido de los capo) algo cercano a los dos millones; seguramente el precio ha bajado después de que el negocio quedó monopolizado por los castaño, los de la terraza o don Berna. Pero no debe estar por debajo de los quinientos mil pesitos. Supongamos que el sueldo del sicario por actividad cumplida no pase de los quinientos mil. Quien asesina a este precio, desprecia su vida misma. Estará dispuesto a seguirlo haciendo, hasta gratis de ser necesario, si medio se entera de que algunos muchachitos de la escuela de arriba (basta revisar donde están los colegios de las comunas paisas), están dando dedo al zoco para ganarse los cien mil miserables pesos que les prometió el presidente.

Este negocio, como diría mi abuela, no da la base. El sicario que se gana cinco veces lo que le dan al sapo, sabe matar, por gusto o por hambre, o por ambas. El niño sapo, no tiene la menor idea del peligro que le asecha y el precio de su esfuerzo puede ser una bala; Al presidente no parece importarle nada de esto. Al presidente le interesa el odio y los muertos, no la paz. A Este crápula de sonrisa pedante y mirada de odre no le importan los jóvenes; solo quiere echarle más candela al infierno que vive Medellín, en medio de nuevos reacomodos y cuentas por cobrar de los capos de la mafia y los asesinos asalariados de los grupos paramilitares.

Para un escolar de una comuna paisa, este negocio no le da la base. Es común que algunos muchachos den su vida por unos cuantos millones, que al fin de cuentas dejará a su familia para mitigar la miseria en que se vive cotidianamente; esto es cierto; pero difícilmente se harán matar los paisas por un salario que no cubre ni el carro que lo conducirá a la tumba. Este negocio nefasto y pervertido, no da la base.