martes, 30 de septiembre de 2008

EL QUINCE TRISTE QUE ENTERRÉ A MI HERMANO

Ayer, quince de septiembre, todo estaba puesto contra el mundo, fue el día en que tuve que darle sepultura a Oscar, mi hermano menor, al niño de la casa. Mis hermanas, mi padre y mi madre, muchos amigos y una misma ausencia. Oscar Orlando, fue asesinado en Cúcuta, muy cerca de su casa, donde volvió después de años largos de recorridos, aprendizajes, orgullos y desventuras. Volvió a la casa buscando nuevos rumbos, En poco tiempo, montó su propia zapataría y tinturería, cuidó a nuestra madre con la mayor contemplación y cariño; estudió en el SENA reparación de computadores y ya estaba listo para iniciar un nuevo ciclo académico.

Oscar Rodríguez Amaya, era un hombre integral, un artísta, cantante de música urbana, un hombre limpio. hace nueve años tuvo que salir de Cúcuta, su tierra y su casa, por la presión de la que son víctimas miles de jóvenes por todo el país, por parte de los grupos paramilitares ("hoy ya extintos" de acuerdo con reportes oficiales).

Era un estudiante, autodidacta, buen lector, compositor de sus propios temas, y creador de las músicas que acompañaban sus líricas. En poco tiempo se ganó un reconocimiento enorme en Bogotá por su calidad y por el contenido de su música. Pero en Colombia, ser talentoso no es suficiente, y aveces se vuelve peligroso. A pesar de su incansable esfuerzo, se fueron reduciendo las opciones para hacer de su música su vida. trazó un paréntesis y viajó a trabajar al lado de mamita.

En Bogotá quedaron Samuelito, su niño de dos años, y Jenny, su compañera, para esperar el cumplimiento de una promesa clara: salir de tantas penúrias económicas, construir el hogar digno y en paz, alcanzar una casa para que el niño se sintiera orgulloso de su padre, su madre y su familia.

Con Oscar todos hemos muerto un poquito. Ha muerto un poco más esta patria agobiada con la sangre de miles de sus hijos. Ha muerto un poco más la democracia ya destrozada por la "seguridad"; mi mamita, mis hermanas, mi padre y yo, todos hemos muerto en algo más. Y sin embargo, la vida nos enseña que hay que morir para que todo nazca. Hemos revivido instantes inolvidables, hemos recuperado la memoria; hemos decidido hacer que renazca la unidad al medio del fuego que nos abraza y nos redime. Hemos vuelto a nacer en Dios.


A sus amigos, a sus amigas, a sus camaradas, sus parceros, a todos los que tuvimos el honor de conocer a este hombre grande, les propongo como tarea recordarlo por su mirada límpia y siempre franca, por su sencibilidad humana y por su verticalidad contra la injusticia. Vamos a recordar a Oscar por todos los días maravillosos de su vida, y no por el minúto triste de su muerte.
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Mauricio Rodríguez Amaya


martes, 22 de julio de 2008

Desagravio a la libertad


Mauricio Rodríguez Amaya

mauro_rodriguez1@ yahoo.com





Nuestra herencia libertaria es corta, y sin embargo, está llena de glorias y pesares. Pletórica de líricas y heráldicas y también de muertes y dolores. Cuando Antonio Nariño tenía 16 años, participó vivamente del movimiento comunero que desde Vélez lideraba el rebelde Galán, otro Antonio, por cierto. Luego estuvo preso y desde la caverna conoció los frutos de sus luchas, un 20 de julio, cuando “el chispero” Carbonell llamó a la plebe a no perder esa hora memorable, a costa de volver a las cadenas y los grillos, que amarraban el cuerpo de Nariño.

Y también la ciencia se tornó libertaria. Años antes, la expedición botánica había decidido enfrentar el dogma y combatir la ignorancia. Sus eruditos convirtieron un observatorio astronómico en obelisco de la libertad, siempre en secreto, pues de los sabios nunca se sospecha. Así se materializaron 30 años de soberana resistencia. Algunos insisten en culpar un florero, pero lo cierto es que la libertad se fue fraguando poco a poco, casa a casa, tertulia por tertulia, tarde a tarde. En el alma del criollo y del indio nació el deseo, y con él la necesidad, la responsabilidad y la causa. En los ojos ya no brillaba tanto la tragedia como la esperanza, el yugo se fue sobrellevando mientras se materializaba la revolución y las gargantas acalladas a espada y crucifijo, guardaban el mejor estertor para probar alguna vez el grito de la independencia.

Esa es la historia de la libertad, trágica y bella; la misma que sufrió con la traición y el odio de los hermanos de la Nueva Granada; que vio morir a sus mejores hijos en el patíbulo del “pacificador"; y que volvió de la muerte para florecer la patria desde los campos y las cumbres boyacenses.

Ese tesoro que es de todos no es de nadie, y ahora lo usurpan lo tiranos, lo vanaglorian los dictadores, lo vilipendian los homicidas oficiales y lo venden los ricos. Nuestra riqueza mayor se hace trizas en manos de unos cuantos serviles del caudillo, que remeda al napoleón español en su postura y ciencia del gobierno. Para exacerbar su déspota conducta, prensa hablada y escrita convierte el país en una cárcel de papeles y noticias, convocan marchas para asegurar la dictadura y compran conciencias con camisetas y permisos (los mismos que se niegas si se trata de la enfermedad de un hijo, por ejemplo).

La patria es una cárcel troglodita, solo se habla de aquello que le agrada al carcelero, de sus victorias sólamente, claro. A nombre de la libertad priman grilletes; en nombre de la libertad asesinan a los hombres libres. En nombre de la libertad somos esclavos del monopolio informático, de las cadenas de nuestra patria boba, embelesada por la falacia del capataz baladrón de la república. En nombre de la libertad marcharán miles de ignorantes y a la cabeza sus verdugos, los cancerberos del régimen tiránico.

No marcharé esta vez, porque soy libre, porque la libertad merece un desagravio, porque los pueblos libres prefieren su más pequeña esperanza a la obligación de soportar un país por cárcel. No saldré a respaldar a los verdugos, no saldré a marchar junto a los mismos que desaparecen, torturan y asesinan; Quien conoce la libertad podrá perderla temporalmente, pero siempre luchará por ella, pero quien no la conoce no habrá visto su luz y la caverna enceguecerá su vista y su conciencia. No marcho, porque la libertad merece un desagravio, que la recuerde digna y soberana, a pesar de su ajada vestidura. No marcho, porque ser libre me lo exige, porque la libertad pide a gritos que la salvemos de las garras tiránicas del capo. No marcho, porque Colombia se merece libre, porque la patria nos lo pide a gritos, porque el futuro no merece esto, porque mis hijas no merecen esto. No marcho, porque soy libre y porque la libertad merece un desagravio.

martes, 27 de mayo de 2008

Andrés Felipe, el socialista


Andrés Felipe, el socialista


Mauricio Rodríguez Amaya
mauro_rodriguez1@yahoo.com

El ministro de agricultura cree en la propiedad estatal sobre la tierra, pero de aquella que le pertenece a las víctimas del paramilitarismo, la relatifundización y los megaproyectos.

Andrés Felipe Arias, ministro de agricultura, anunció una nueva licitación para que las multinacionales se apoderen de la producción sobre las tierras de Carimagua, que cuenta con una extensión de 17 mil hectáreas y cuya destinación consiste en ser devueltas a los desplazados, es decir, a sus dueños originarios.

Colombia cuenta con la cifra lamentable de cuatro millones de desplazados; colonos, indígenas y afrocolombianos que han sido sacados de sus tierras por la presión oficial o paramilitar, en un largo y tormentoso proceso de relatifundizació n, que ha puesto las mejores tierras del país en manos de narcotraficantes, productores de agrocombustibles y tierras de engorde. Pero cuando la historia da la vuelta y se recuperan fundos para que sus verdaderos dueños recuperen la propiedad y se acabe el destierro, el ministro vira a una especie de “socialismo uribista”, para oponerse a la propiedad privada sobre la tierra; para evitar que quienes son sus dueños puedan efectuar el uso, el goce y la libre disposición sobre sus predios.

Se les ofrece como alternativa un contrato de usufructo, cuyo negocio tiene como característica, entre otras limitaciones, que no se transfiere ni “por testamento o abintestato”, según el artículo 832 de nuestro Código Civil. Esto significa, que los herederos quedarán en el limbo al momento de la muerte del usufructuario y las multinacionales podrán disponer libremente de las tierras que debieron haber sido heredadas por las familias.

Cunde el cinismo y angustia la vergüenza. Andrés Felipe Arias, el más uribista de los uribistas (no solo por su patético parecido, sino porque es quien mejor hace las tareas que le impone el presidente) ahora se reclama enemigo de la propiedad privada. Cree que el Estado debe administrar las tierras para evitarle a los campesinos las angustias que trae consigo la propiedad. El ministro se horroriza con que unas 500 familias puedan recuperar la propiedad sobre sus tierras, pero no dice nada ante el hecho de que el 80% de las tierras de uso agrícola son propiedad de un grupo reducido de familias o están en manos del narcotráfico o los paramilitares.

Lo que muestra el caso Carimagua, es el desvergonzado modelo de expansión latifundista a favor de las multinacionales productoras de agrocombustibles, que no solo incrementa el desplazamiento forzado, destruye la economía campesina y afecta negativamente zonas estratégicas del medio ambiente, sino que amenaza con destruir definitivamente la soberanía alimentaria del país, elemento indispensable para el futuro de las próximas generaciones.

Este es un momento decisivo para que los colombianos y colombianas discutamos a profundidad la cuestión agraria, pues de imponerse el “modelo socialista” del ministro Arias, no existirá verdadera reparación para quienes fueron despojados de sus tierras por la fuerza paramilitar, la complicidad estatal y el interés privado de las multinacionales. Pero este debate requerirá de una intensa actividad de movilización social en defensa de los derechos del campesinado, las reservas indígenas y étnicas, el patrimonio nacional y el derecho que tenemos los pueblos a construir las fuentes que garanticen nuestra propia existencia.
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