lunes, 22 de octubre de 2018

PRONUNCIAMIENTO DE LA SEGUNDA ASAMBLEA NACIONAL DEL CONGRESO NACIONAL INDÍGENA-CONCEJO INDÍGENA DE GOBIERNO


PRONUNCIAMIENTO DE LA SEGUNDA ASAMBLEA NACIONAL DEL CONGRESO NACIONAL INDÍGENA-CONCEJO INDÍGENA DE GOBIERNO
Octubre, 11,12,13 y 14 de 2018, San Cristobal de las Casas, México
“tejemos la vida, pues es la encomienda que recibimos de nuestros antepasados.”
A las Redes de Apoyo al Concejo Indígena de Gobierno - A la Sexta Nacional e Internacional - A los pueblos de México y el mundo
Hermanas, hermanos:

Desde la Segunda Asamblea Plenaria del Congreso Nacional Indígena y el Concejo Indígena de Gobierno, llevada a cabo del 11 al 14 de octubre en el CIDECI-UNITIERRA, San Cristóbal de las Casas, Chiapas, nos dirigimos respetuosamente a las y los compañer@s, que conforman las Redes de Apoyo al CIG, a los pueblos de este país y del mundo para vernos, consultarnos y emprender nuevos pasos para la construcción del nuevo mundo que necesitamos.
Lo decimos con urgencia, porque los que somos pueblos originarios, en nuestra lucha en contra de la profunda enfermedad causada por el capitalismo, tejemos la vida, pues es la encomienda que recibimos de nuestros antepasados. Eso, para nosotros es construir la vida y hacerla crecer en cada rincón, con una esperanza que apueste por la memoria y por los tiempos venideros. Nos tejemos en colectivo como pueblo y en ese trabajo nos tejemos también como personas.  



Somos redes en nuestras localidades donde buscamos en colectivo tener una sola palabra que sea espejo de nuestra madre tierra, de su latido y de su vida. Somos redes de redes en nuestras comunidades y regiones que son colectivos de colectivos, donde encontramos una sola otra palabra, que entre los nuestros, escuchamos con atención porque sigue siendo lo que decidimos libremente ser, eso es nuestra lucha permanente y por eso la respetamos y honramos, haciéndola nuestro gobierno, no ahorita sino siempre, porque de nuestras diferencias surge el acuerdo colectivo. O sea, de nuestro ser diferentes surgimos como uno solo, como los pueblos que somos y es por eso que también honramos nuestras diferencias.
Así, cuando por acuerdo del Quinto Congreso Nacional Indígena decidimos conformar un Concejo Indígena de Gobierno, no fue vacilando, ni pretendiendo que todos sean como nosotros, ni queriendo decir a nadie qué hacer, sino para decir al mundo que no es cierto que el gobierno deba ser para destruir, sino para construir. No es cierto que el gobierno deba ser para servirse, sino para servir. Debe ser espejo de lo que somos cuando soñamos decidiendo nuestro destino, y no la mentira que nos suplanta para decir en nuestro nombre que quiere ver muerto todo a su alrededor.
A eso que tejemos, le llamamos organización y es el territorio que defendemos, es la lengua que hablamos y nos negamos a perder, es la identidad que no olvidamos y que engrandecemos con la lucha. Pero resulta que es también lo que los dueños del dinero necesitan para destruir y convertir en más dinero, para hacerlo mercancías con la explotación, con la pobreza, la enfermedad y con la muerte de muchos otros millones de personas que no son de nuestros pueblos y que viven en las ciudades y en el campo. O sea, tampoco es cierto que la muerte, la represión, el despojo y el desprecio sea sólo para nosotras y nosotros los originarios.



Por eso, ejercer la autonomía con nuestras formas ancestrales de caminar preguntándonos, es la única puerta para poder seguir haciendo de la vida, nuestro camino irrenunciable, pues afuera todo se acomodó para afianzar el terror y la ganancia de los poderosos. En ese contexto, aunque nuestra libre determinación sea reconocida en sus leyes viciadas, no hay forma de que se detenga, o siquiera se frene la acumulación capitalista basada en nuestro exterminio. Esto será posible hasta que se desmonte la finca, la hacienda, la fábrica, el campo de concentración o el cementerio, en lo que han convertido nuestro país y nuestro mundo.
El Concejo Indígena de Gobierno es la forma de honrar nuestras diferencias, para encontrar ahí la palabra en la que nos reflejemos, y que sea un verdadero gobierno. Lo otro, eso a lo que arriba llaman Estado Mexicano, es sólo una mentira hecha para imponer, reprimir y ocultar la muerte que ya se nos desborda haciendo evidente el engaño. Es decir, no son más que una banda de rateros que fingen ser institución de derecha o de izquierda. En cualquier caso, traen la guerra consigo y por más que la maquillen también se les desborda, porque el patrón es el patrón.
Pero abajo, no tenemos más que defender la vida con o sin las mentiras del gobierno que sale, del gobierno que entra, porque las palabras sobran cuando se amenaza a los pueblos Binniza, Chontal, Ikoots, Mixe, Zoque, Nahua y Popoluca del Istmo de Tehuantepec con sus proyectos trasístmicos y la expansión de las Zonas Económicas Especiales, a los pueblos Mayas con su proyecto de tren capitalista que despoja y destruye a su paso la tierra. Las palabras sobran ante la anunciada siembra de un millón de hectáreas con árboles frutales y maderables en el sur del país, ante la ilegal y amañada consulta para la construcción del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, o ante la oferta para que sigan invirtiendo las empresas mineras que tienen concesionadas grandes extensiones de los territorios indígenas. Las palabras sobran cuando sin consultar a nuestros pueblos el futuro gobierno impone la creación, al estilo del viejo indigenismo, del Instituto Nacional  de Pueblos Indígenas, comandado por los desertores de nuestra larga lucha de resistencia.
Las palabras sobran cuando vemos el cinismo con que son entregados los pueblos de México a los intereses de Estados Unidos a través del Tratado de Libre Comercio, mismo que promete ratificar el futuro gobierno de López Obrador, quien en uno de sus primeros discursos no dudó en ratificar la continuidad en la actual política monetaria y fiscal, es decir, continuidad en la política neoliberal, la cual será garantizada con el anuncio de que las corporaciones militares seguirán en las calles y con la pretensión de reclutar 50 mil jóvenes para las filas armadas que han servido para reprimir, despojar y sembrar el terror en toda la nación.
Cuando nuestras demandas fueron parar esta guerra y que los derechos de los pueblos indígenas se reconocieran en la constitución mexicana, traducidos en los Acuerdos de San Andrés, fuimos traicionados porque el patrón que no vemos y que es a quien sirven los que dicen gobernar, ordenó tender sobre nosotros muchas leyes que hacen legal robarnos con violencia la tierra, programas para dividirnos y hacernos pelear entre nosotros, sembrar el desprecio y el racismo hacia todas las direcciones. Entonces, las palabras sobran también cuando con cinismo hablan de reconocer en sus leyes profundamente podridas los Acuerdos de San Andrés o nuestra libre determinación, sin siquiera tocar el asesino montaje capitalista que es el Estado Mexicano.
De aprobarse los Acuerdos de San Andrés en el actual contexto, estando vigentes las sucesivas reformas al artículo 27 constitucional, que han transformado la tierra en mercancía y han puesto las riquezas del subsuelo en manos de las grandes empresas, sin acabar con los regímenes de concesiones de aguas, minería, bienes nacionales e hidrocarburos, sin imponer límites al poder imperial derogando el actual Tratado de Libre Comercio y limitando severamente a las grandes corporaciones trasnacionales, sin destruir el control que los grandes cárteles de la delincuencia ejercen, apoyados en las corporaciones militares, sobre nuestros territorios, estaremos viviendo, en el mejor de los casos, una burda ilusión, que nos oculta la embestida del dinero contra nuestros pueblos.
Nosotros, en el Congreso Nacional Indígena-Concejo Indígena de Gobierno, no tenemos duda y no seremos parte de ninguna transformación exponencial capitalista, que con sus prácticas viciadas, tiene su mirada puesta en nuestros territorios. No seremos parte de su mentira sedienta de nuestra sangre y nuestro extermino.
Es por eso, que acordamos seguir construyendo la organización que se convierta en un gobierno propio, autónomo y rebelde, con compañeras y compañeros de otras geografías, para romper en colectivo la inercia que nos imponen, para ver entre todos por donde viene la tormenta y en medio de ella no dejar de tejer, hasta que nuestro tejido se junte con los otros, que brotan por todos los rincones de México y el mundo para que se hagan concejos, que juntos, seamos concejo de gobierno con las redes del apoyo al CIG. Que se desdoblen con sus propias formas y su propia identidad en el campo y la ciudad sin importar las fronteras.
Acordamos consultar en nuestras comunidades, pueblos, naciones, tribus y barrios las formas y modos de construir junto con las redes de redes, chiquitas y grandes, una coordinación que nos enriquezca en el apoyo y la solidaridad, que haga de nuestras diferencias nuestra fuerza, en redes de resistencia y rebeldía con la palabra que nos hace ser uno solo, de manera respetuosa y horizontal.
Y como es de por si nuestro modo, cada paso depende de lo que mero abajo acordemos, por lo que llevaremos a nuestras regiones estos resolutivos para ser consensados, y que la palabra colectiva que nos hace ser lo que somos, nos marque el ritmo, el modo y la dirección. 
Nuestros pasos dependerán también de lo que mero abajo en colectivo decidan los otros y las otras, los maestros, estudiantes, mujeres, trabajadores del campo y la ciudad, de todos lo que en medio de la guerra capitalista también han decido tejer la organización que eche abajo la muerte y la destrucción en la que los capitalistas solo ven ganancias. Si es su decisión, de abajo y autónoma, les llamamos a que consulten de manera seria y comprometida al interior de sus organizaciones y colectivos si es o no necesario para ustedes conformar su Concejo de Gobierno.
Si así lo deciden, en consecuencia a nuestro llamado para hacer retemblar la tierra con la organización de abajo y a la izquierda, siempre contarán con nuestra palabra compañera, desinteresada y solidaria. Compañer@s no serán pasos fáciles, ni rápidos, pero estamos convencidos de que se nacerán profundas grietas para desmontar el poder de arriba.
 En su momento y de acuerdo a la consulta que realicemos en nuestras comunidades, el CNI-CIG discutiremos la incorporación a algo más grande, que sea capaz de incorporar nuestras luchas, pensamientos e identidades. Algo más grande que se haga fuerte con las visiones, modos, formas y tiempos de cada quien. 
Hermanas, hermanos es esta nuestra palabra colectiva, que sigue llamando a la organización de abajo para defender la vida, y sanarnos junto con nuestra madre la tierra.   
Desde CIDECI-UNITIERRA, San Cristóbal de las Casas, Chiapas
A 14 de octubre de 2018
Por la Reconstitución Integral de Nuestros Pueblos
Nunca Más Un México Sin Nosotros
Congreso Nacional Indígena
Concejo Indígena de Gobierno
Ejército Zapatista de Liberación Nacional

Fuente: http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2018/10/14/pronunciamiento-de-la-segunda-asamblea-nacional-del-congreso-nacional-indigena-concejo-indigena-de-gobierno/

lunes, 8 de octubre de 2018

Nuestros domingos cortos


Nuestros domingos cortos

Almaro



Los domingos son los días más largos de los siete siglos que dura una semana, recuerdo mientras leo pacientemente a William Torres y lo imagino  saltando a bostezos los clasificados de la prensa dominical. Los domingos son días de descanso largo, de encuentros familiares y almuerzos robustos en la mesa de la abuela; las tardes de domingo son para la televisión inservible o los oficios aplazados durante años que otra vez quedarán a la espera de otra época. Los domingos son los días más largos, menos cuando los domingos son nuestros domingos y el tiempo se nos vuelve efímero, veloz, y el pretexto previo de los lunes siempre se hace breve.

En esos domingos juntos, el día empieza tempranito y mientras yo voy por un café tu terminas de hilar los últimos sueños de la mañana; luego vienen las caricias tempranas y algún beso de bienvenida; pronto el desayuno llenará el espacio de las palabras y el silencio nos llevará bajo las cobijas; iremos a caminar después de recorrer suavemente nuestros cuerpos, vamos sueltos de ropas, porque el sol del domingo es más intenso, agradecido de las gentes que viajan a los parques o las plazas para calentar la memoria y dejar pasar inútilmente el día. Buscamos refugio en un café de calle, o entramos en un museo del cual no teníamos la menor idea; dejamos que nos devore la memoria de los anaqueles,  resolvemos las cábalas de los libros viejos con números romanos; vamos de la mano, despacio, buscando una librería de fábulas por descubrir, o el teatro o el cine, para dejarnos llevar de alguna buena historia; o sencillamente un parque, para contar en nuestras manos las hojas amarillas o las semillas infinitas de un falso pimiento; caminamos, conversamos y en menos de lo que deseamos, el domingo fenece apacible, apocopado, plenamente corto.  Los domingos son, contigo, una caricia que se escapa fácil entre nuestras manos.



Esos domingos juntos, esos domingos cortos, los añoro, aunque duren menos que los domingos otros. Esos domingos de subirnos a una montaña, o de aguas cálidas o de brisas de páramos; esos domingos cortos, son intensamente repletos de la magia que hace que caminar juntos sea siempre una historia inspiradora, un bálsamo de aliento, una esperanza. Los lunes, cuando ya no estás, esos lunes en cambio, si son verdaderamente largos lunes.

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miércoles, 20 de junio de 2018

Te veo en las Calles


Te veo en las calles

 Almaro

S
é que habíamos prometido vernos pronto en la copa de un nevado, bajo la cristalina golpiza de una cascada o bajo el sol intenso de una mar desprovista de sombras. Pero no logro ver el nevado, ni la playa, ni la cascada. No logro hallarte en esos lugares que hoy vuelven a estar en riesgo, porque los que gobiernan desprecian el agua del nevado, destruyen la montaña de la cascada y envenenan la mar. Solo logro verte en la calle, en la marcha que pide agua, en la multitud que quiere democracia y en la protesta contra los explotadores de la tierra. Veo tus manos trazando en la pared un mensaje a los jóvenes revolucionarios, te veo sobre la ventana de un auto alzando las banderas de la paz y la esperanza. Veo tus ojos tras la capucha que esconde el rostro para poder mostrar la indignación; mis ojos no pueden dejar de ver tu sonrisa caminando de la mano con tus camaradas exigiendo el pan, el agua, el derecho a un mundo donde vivir valga la pena. Te veo rechazando desde la tribuna el asesinato del estudiante víctima de la intolerancia policiaca, te veo llevando la pancarta en donde se lee paz, mientras tus labios, sedientos, la gritan en coro. Te veo en la protesta y el tropel, te veo en medio de la muchedumbre y el mitin, te veo en la reunion preparatoria de la marcha y en la marcha preparatoria de la próxima lucha.
Vienen tiempos difíciles, difíciles para la montaña y para el amor, para la cascada y el nevado; las balas volverán a ocupar el silencio del desierto y las amenazas caerán de nuevo mientras se envenena la tierra con glifosato. Vienen las bombas del fracking y de la guerra, todo indica que la pequeña paz, recién nacida, se quedará de nuevo a las puertas de un hospital viendo morir a sus abuelas y estas a sus hijos. Vienen tiempos de violencia y lágrimas, y aun no logro verte en el nevado, escapada de las tribunas y las marchas; Estás ahí, en medio de la gente que ha recuperado su dignidad; te veo venir encabezando la manifestación; te veo con tu piel convertida en dibujo y te veo llevando la banderita verdeamarilla o la camiseta roja de la sangre roja; veo tu cabello recogido peinado combativamente para que pueda ver el sello precioso de tu juventud y tu cuello. Te veo dirigiendo la reunión del consejo de estudiantes y la junta del barrio, te veo organizando la asamblea y adornando la sede, escribiendo con el corazón las consignas sobre papelitos que serán repartidos en el mitin y te veo hablándome al oído, diciéndome casi en silencio, solo después de un beso, “no me esperes en el nevado, es el tiempo de vernos en las calles”. 



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jueves, 14 de junio de 2018

Petro, el trabajo, el Agua y la Paz


Petro, el trabajo, el Agua y la Paz

"Si Petro cumple con la agenda del trabajo, la protección del agua y de la paz, Colombia podría pasar del lastre del atraso a la vanguardia del desarrollo; los territorios tendrían derecho a la palabra y la palabra de los pueblos sería decisiva. Las montañas y los ríos tendrían una segunda oportunidad y la democracia podría construirse sin el miedo al francotirador". 



Mauricio Rodríguez Amaya


Conozco a Petro hace más de dos décadas; cuando él era Representante a la Cámara y yo era dirigente de la Asociación Nacional de Estudiantes de Secundaria, nos acompañó en varias escuelas y eventos políticos, lo acompañamos cuando quiso ser Alcalde de Bogotá por primera vez y su campaña pasó casi desapercibida, luego volvió al Congreso para enfrentar sin miedo la parapolítica y la corrupción. Nos volvimos a encontrar en el Polo Democrático en orillas diferentes y votamos por él es su campaña presidencial de 2010. También fui testigo de su gobierno en Bogotá, y la forma como logró darle síntesis a la agenda social iniciada ocho años atrás y que no pudieron detener, a pesar de la persecución fascista de Vargas Lleras, Ordoñez y Uribe Vélez.  





La Agenda política de Petro ha sido coherente en lo que conozco de su carrera, ha enfrentado la corrupción desde varias tribunas, supo denunciar incluso esa misma corrupción cuando El POLO la orquestó en Bogotá; ha sido contundente en su denuncia de la toma mafiosa del Estado y no ha dejado de construir con la gente una agenda de derechos, basada en la sobrevivencia del planeta, el derecho a la dignidad humana y la posibilidad de construir una sociedad más incluyente y equitativa. Es un hombre billante y académicamente riguroso, no sobrestima su capacidad y sabe rodearse de personas que piensan colectivamente las agendas y los discursos. Su Programa Progresistas se basa en lo construido con los años, con las luchas dadas de toda la vida y con los aprendizajes que le permiten combinar con audacia en sus discursos teorías y opiniones políticas. es de esos políticos que al escucharlos uno se siente en clase de economía o de Historia, o de ambas. 





Sin duda, la agenda de Petro está lejos de ser Socialista. Por lo menos del Socialismo estatista clásico que conocimos en la Europa del Este y que repetimos sin miramientos contextales en algunas latitudes de nuestra América Latina. La agenda política de Petro combina, no sin las respectivas contradicciones, la necesidad de crecer en empresas y negocios con la protección adecuada de los bienes comunes de la naturaleza; habla de productividad y también de empleo decente; conversa con las nuevas tecnologías pero no desprecia los saberes ancestrales de nuestros pueblos originarios, habla de energías limpias pero reconoce el poder imprescindible del petróleo para la economía global contemporanea; En lo particular, hay tres temas que hacen que la decisión de votar por Petro sea hoy el producto de la voluntad y de la razón: Primero, Un gobierno de la Colombia humana puede poner de relieve la necesidad de proteger el agua, de ordenar el territorio alrededor de la conservación de nuestras fuentes hídricas; Segundo, en la Colombia humana, se reversaría la reforma laboral del neoliberalismo, que destruyó el trabajo decente y nos condenó a la precariedad, la tercerización y la violencia contra los sindicalistas; Tercero, Petro es quien puede garantizar que el Estado cumpla la palabra dada en el Acuerdo para la terminación del Conflicto armado con las FARC y al tiempo podría proponer caminos para resolver con el diálogo la confrontación con el ELN, incluso Propone fórmulas creativas para reducir la capacidad ofensiva de los grupos paramilitares, que aliados al narcotráfico y la clase política más retardataria, amenazan con mantenernos en el capítulo casi eterno de la guerra.



 Si Petro cumple con la agenda del trabajo, la protección del agua y de la paz, Colombia podría pasar del lastre del atraso a la vanguardia del desarrollo; los territorios tendrían derecho a la palabra y la palabra de los pueblos sería decisiva. Las montañas y los ríos tendrían una segunda oportunidad y la democracia podría construirse sin el miedo al francotirador. Por supuesto que habrán perdedores si Petro Gana. Perderán las mafias el control del Estado, perderán las redes de narcóticos el control de ciertos territorios, perderá el latifundio improductivo y perderán los que se oponen a salir del atraso del extractivismo. Perderá la clase corrupta y perderá el fascismo. Perderán los dueños de la guerra y los financiadores de la muerte.




Este es un voto de aprecio personal y de compromiso colectivo. Es un voto de confianza y un voto de trabajo, pues será responsabilidad de todos y de todas hacer que el gobierno de Petro cumpla con lo dicho. Colombia está a pocas horas de iniciar un rumbo que aún no conoce, y eso asusta; pero esta vez, sabemos bien lo que significa el retorno del fascismo y no hay futuro que pueda ser peor que ese que ya vivimos y todavía nos duele. Es el momento del trabajo, del Agua y de la Paz.

 
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jueves, 31 de mayo de 2018

Aún podemos derrotar la Guerra


Aún podemos derrotar la Guerra

"le queda la tarea a la gente de a pie, a los que se cansaron de trabajar sin horas extras, a los ahogados de los créditos impagables de la educación privada, a los campesinos hartos de las explosiones de la sísmica o las bombas, a las mujeres cansadas de la exclusión patriarcal, a las madres que guardan de sus hijos asesinados las fotos y el deseo de conocer la verdad".


Mauricio Rodríguez Amaya
@MauricioRodríguezAmaya.blogspot.com

Hemos construido un país basado en el odio, en la confrontación armada y en la destrucción física y epistémica del enemigo. La guerra ha sido un sello particular de nuestra política. Pareciera que sin guerra no sabemos cómo organizar el Estado, cómo distribuir los recursos públicos ni cómo construir consensos y disensos democráticos. Hace pocos meses abandonamos una de las más largas, que costó más muertes fuera de ella que en los combates y en las confrontaciones directas entre los ejércitos en disputa;  Los fusiles fueron acallados, pero no hemos sido capaces de pensar diferente a la época en que esos fusiles lo definían todo.  

Hemos pasado la primera vuelta de las elecciones presidenciales y las sorpresas nos son pocas. En números planos, más allá de un eventual fraude, gana un candidato que a voces es la encarnación de quienes se apoderaron de las tierras, desplazaron millones de colombianos, entregaron miles de títulos mineros, promovieron el paramilitarismo y sembraron cientos de fosas. Gana quien mejor sabe vender el miedo, miedo al vecino, miedo a lo diferente, miedo a las alternativas, miedo al cambio. En eso se sustenta la agenda de quienes saben bien cómo enriquecerse haciendo exactamente lo mismo, a quienes saben combinar muy bien la retórica del odio, la práctica de la violencia institucionalizada y la economía parasitaria del narcotráfico y el extractivismo.


No sorprende que en una sociedad precarizada por la pérdida de los derechos del trabajo, violentada en la dignidad por siglos de violencia, enferma de paranoia contra los diferentes, banalizada por la publicidad y aceitada por el afán de lucro, gane el que mejor recoge la esencia de lo que esa sociedad es y conoce. No sorprende que la gente vote por medio almuerzo aunque eso represente perder el refrigerio de sus hijos, o que voten por la minería, aunque sueñen con ir a la finca o la montaña; no sorprende que se inclinen al odio, aunque cada domingo religiosamente se prometan a sí mismos perdonar a los que los ofenden. Pero lo que sí sorprende es que algunos de quienes  han luchado contra ese modelo de corrupción y explotación se hagan a un lado en un momento de definiciones cruciales que podrían ponernos en la ruta de las economías emergentes y en la posibilidad de superar la guerra devastadora.  Sorprende que los adalides de la corrupción dejen solo al candidato que en segunda vuelta puede derrotar a los corruptos. Sorprende que los que ayudaron a construir la paz se hagan a un lado para facilitar el retorno de quienes prometieron hacerla trizas. Sorprende que los que han denunciado la violencia de las mafias, dejen el camino abierto a las mafias para que ganen con sus mayorías aceitadas.



No es el momento de hacerse a un lado, sino de asumir los retos de una disputa histórica entre el poder tradicional de la guerra y la posibilidad de una era de paz; entre quienes se enriquecieron recibiendo las coimas del extractivismo y quienes proponen hacer transformaciones para recuperar la economía con producción y conocimiento. Es el momento de dar la disputa por un cambio de rumbo, que puede tener apuestas alternativas e incluso contra-hegemónicas. Algunos líderes, contrario al llamado del momento histórico, han abandonado la pelea por los cambios en esta etapa de  las definiciones. Quizás porque esos cambios no son su agenda, quizás porque aún siéndolo, temen más a los desconocido de los cambios que a lo conocido de la guerra que también les permitió  fama y prestigio. Algunos de esos líderes han abandonado a la suerte la opción de cambio; entonces, le queda la tarea a la gente de a pie, a los que se cansaron de trabajar sin horas extras, a los ahogados de los créditos impagables de la educación privada, a los campesinos hartos de las explosiones de la sísmica o las bombas, a las mujeres cansadas de la exclusión patriarcal, a las madres que guardan de sus hijos asesinados las fotos y el deseo de conocer la verdad. Esta pelea se hará sin los rostros reconocidos y mediatizados que en el momento de las definiciones abandonaron insolidariamente el cambio. Se hará con millones de rostros anónimos donde se marca la indignación y la dignidad de no desfallecer cuando sus caudillos les han dado la espalda. El cambio habrá que caminarlo sin las grandes lumbreras que se ocultaron por sobrevivencia o por estrategia; el cambio se caminará a pie, preguntando, viviendo las inclemencias del clima y el silencio de la prensa. Así como nos ha tocado siempre, con el corazón en la mano y un buen libro en la mochila, nos corresponde caminar preguntando lo que no sepamos e imaginando para explicar el mundo que nos corresponde construir; nos corresponde derrotar la guerra a los que no hemos renunciado a dejar definitivamente atrás el camino marcado por las cicatrices de las bombas y las minas. Aún podemos soñar y caminar, y mientras se camine y se sueñe, hay esperanza.


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lunes, 21 de mayo de 2018

La Casa del Caracol


LA CASA DEL CARACOL
Almaro




Durmió el caracol 300 años, encerrado en su hogar de piedra;  cuando el sueño acabó y vino la necesidad de ver la luz, salió de su morada intacta, levantó no sin dificultad los pseudópodos entumecidos por el descanso casi eterno. Sacó la cabeza y sintió la rudeza del sol sobre sus  acrisolados ojos. Miró a su alrededor buscando recuerdos en su memoria insondable que le permitieran ubicarse en su presente subrepticio y lejano.


Estupefacto con los brillos irreconocibles, los vientos inmutables y el frío de las rocas, más eternas aún; dio un primer paso, buscó de nuevo entre su memoria calcárea algo que le aferrara con la vida, con el destino inmemorial de despertar después de tanto tiempo. Nada halló, nada vio que le perteneciera. Todo había cambiado, todo cuanto conocía había fenecido  y todo había nacido de nuevo sobre los estrépitos rocosos de los muertos.  Había que decidir entre volver al caparazón incorruptible o arriesgarse a traspasar la piedra. Era menester tomar decisiones inmediatas y soportar el rigor del camino que el destino asumiera. Volvió sobre su vientre, nada sintió que ya no conociera, nada vio que ya no hubiera repetido noche tras noches durante los últimos 300 años. Volvió  a la luz, ya con ahínco, ya con ganas, nada le parecía más extraño que volver a su cueva infinita. Vino entonces un primer paso, el definitivo; el viento de la noche arreció sobre el acantilado, las mareas alcanzaron con su brisa el canto de las rocas, una llovizna fría desafió el ímpetu de la coraza y el caracol volvió a refugiarse.

Durmió, agobiado por el fracaso y adormecido por la paciencia de la espera. Así pasaron 300 años más, hasta que la calidez del alba iluminó la concha y tuvo la fuerza para volver a intentarlo definitivamente. Por fin, salió de su concha, sintió el frío que nunca había conocido su espalda, sintió la brisa sobre sus ojos entre abiertos para resistirla, sintió el piso áspero de la roca y se aferró a ella con sus jugos biliares, abandonó su casa y caminó libre por primera vez, conquistó la cima de la piedra y pudo presenciar por mucho tiempo el magnífico manifiesto de las rocas sobre las cuales el mar escribe diariamente su propia historia. Leyó los aires y probó la brisa, su casa quedó abajo, muy abajo, ya no era menester volver a ella, la muerte llegaría en pocas horas y refugiarse de nuevo ya no valía la pena.


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martes, 8 de mayo de 2018

Tú, el Viejo y La Mar




Tú, el Viejo y La Mar


Almaro

“Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban altos, empleaban el artículo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como un contendiente o un lugar, o aun un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.” Ernest  Hemingway., el Viejo y [la] Mar

Leíamos sentados bajo la luz del parque ante la tibieza de la brisa de la mar pacífica, llegamos a esa altura de la obra de Hemingway, en donde narra la diferencias del amor a la mar del viejo Santiago y el trato indiferente de los navegantes, para quienes esa ELLA misteriosa e inmensa no es más que otro EL, simplemente El Mar. Leí para ti, que  acariciabas mi cabeza mientras yo llevaba a tus oídos las páginas del libro, “Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores…” tu, posaste tu mano blanca sobre las hojas, dejaste tus ojos en los míos, y después de tomar con calma el aire de la noche, preguntaste algo que no podía responderse sin dejar la lectura: por qué el libro no se llama el viejo y la mar, si ese amor entre ambos es tan obvio? Sonreímos, especulamos, culpamos al autor, al editor, al libro, a la época, incluso al viejo. Las especulaciones se fueron convirtiendo en teorías y las teorías en programas de lucha; del amor de la mar, pasamos a las promesas de nuestros besos y a las posibilidades de entretejer, como el viejo, las tardes a la espera en esa mar paciente,  eterna y azul.

- Fue el viejo quien no tuvo la fuerza suficiente para declararle su amor a esa ella, cercana y distante.

- Quizás fue el autor, que después de socorrer con sus metáforas el amor del viejo, olvidó recordar que para él,  ella no podía ser otra cosa sino ella, la mar,  y que el mar, quedaba reservado a los indiferentes.



Concluimos en que el editor, era aún más responsable. Hemingway había dejado a su cuidado la finalización de la obra, mientras él se disputaba entre numerosos viajes y la comodidad de su refugio plácido de su balcón de maderas de oro en pleno corazón de La Habana, frente al parque pequeño donde no pocas veces, venían los bohemios a verlo trabajar absorto en su máquina de escribir, puesta sobre una mesita en la que solo cabía esa ella, la máquina y ese ron infaltable de barriles cubanos que inundaron la obra del poeta y que lo acompañaron hasta el escape definitivo de sí mismo. Fue el editor, concluimos, quien se encargó de matar la Mar en el título de la última novela publicada en vida del viejo adusto que había dejado algo de autobiografía y algo de imaginación en ese trabajito, que ahora es imprescindible en las escuelas de toda la América Nuestra.

- Los editores solo piensan en dinero, y es que eso del amor ya no vende tantos libros como antes. Sentenciaste.

Volvieron las risas, los silencios, los besos y el viejo  y su mar se fueron quedando calladitos dentro de tu mochila. Luego entendí que esa simple pregunta con la que diste finalizada la lectura en el malecón frente a esa mar pacífica, era sencillamente una revelación, una declaración profunda sobre los cambios históricos que puede producir el adjetivo que designes, para El, para La. Las cosas son como se nombren, los amores, son entonces así simples, como la mar. Y es posible que entremos en él, en ella, para viajarlo juntos, juntas, nuestras almas, las olas, las noches, las estrellas, las lunas, las vidas. El amor es como la mar, y podríamos lanzar botellitas con papeles cifrados en donde le contemos al mundo que en medio de esa inmensidad, compartimos un universo pequeñito, que cada segundo cuenta,  que la distancia es la falta de imaginación y a veces la imaginación misma; que el continente que decidas para esperarnos será siempre más pequeño que lo que falta por nadar, por vivir, con la sal en los labios y el agua dulce pidiéndonos tregua. El amor es la mar. Así que vamos a ir a ella, a preguntarle por los pasos que siguen.  Tú lo dijiste al final de la noche, solo antes de que se acabara el espacio dispuesto a las palabras: Es una teoría que no podremos confirmar nunca, pero ya hemos confirmado que sí es cierto que un amor enorme puede esconderse en el más mínimo de los detalles.   


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domingo, 18 de junio de 2017

De la insurgencia armada a las resurgencias populares

De la  insurgencia armada a  las resurgencias populares

“Como el agua que espera su tiempo para brotar sobre la tierra, vinieron los pueblos a usurpar la voz oficial, con sus consignas y sus barricadas; hoy siguen llegando pueblos al concierto de las nuevas luchas, las del agua, las de la vida, las del territorio, las del trabajo, las de la semilla natural, las del derecho a la educación y a la salud, las del derecho a vivir de nuevo a resurgir de las cenizas que dejó la guerra.”



Mauricio Rodríguez Amaya

Muchas lunas han durado las guerras y muchos soles han recibido los generales que con ellas crecieron y que con ellas mueren y resucitan incansablemente. Muchos años han durado las guerras y muchos hijos han cobrado sus noches. La Insurgencia Armada, fue el producto de siglos de humillación y avasallamiento de los poderosos contra pueblos inermes; fue la respuesta al tratamiento violento recibido por los poderosos contra los humillados. La insurgencia en armas se convirtió en la posibilidad de sobrevivencia que quedó a los pueblos desterrados de sus suelos de origen; pero al mismo tiempo, esa insurgencia valiente de nuestros pueblos, alimentó el pretexto incontrovertible de la guerra, que gorda y enferma de hambre, creció borracha en la borrasca del “todos contra todos”.  La guerra nos enseñó  que el máximo objetivo era la victoria, aunque pululara el hambre y el miedo. La autoridad legítima de la guerra  se legitimó en la teoría siempre creativa del enemigo interno o externo. Cualquier señal del enemigo se respondía con balas; cualquier respiración peligrosa era leída como signo de debilidad institucional, cualquier exclamación de protesta era causa rotunda contra los agitadores. Así, la guerra nos fue poniendo en bandos; de un lado, los defensores de la sacrosanta institucionalidad amenazada, y del otro, el resto, los peligrosos, las brujas, los herejes, los dueños de sospecha y las desposeídas de pan y de salud. La guerra ordenó el presupuesto, monopolizó las tierras, enterró a las víctimas y consumió el herario. Hacer la guerra, se convirtió en el negocio más promisorio al tiempo que sirvió de pretexto para perseguir y aniquilar las voces que pedían paz, salud, una vela y un estero para soñar la vida y vivir los sueños.

De esta forma las luchas del pan y del agua fueron tratadas con las balas con que se combate al enemigo interno; las luchas por la tierra y el maíz se convirtieron en teatros de operaciones de los militares contra campesinos peligrosos para la estabilidad del régimen. Las luchas por el trabajo fueron convertidas en pretexto para perseguir guerrilleros en los sindicatos y en las fábricas.  Las voces de los pueblos fueron acalladas, perseguidas, sepultadas. Las largas marchas fueron diezmadas y las barricadas populares fueron repelidas con las metralletas institucionales. Así pasaron los años, hasta que se fue naturalizando la violencia y el oprobio se fue volviendo parte del paisaje cotidiano.


Pero desde debajo de la tierra, las voces que lucharon seguían insistiendo tercamente en no morir; desde abajo, desde las canteras y los surcos, las voces seguían repitiendo sus consignas y resistiéndose al olvido obligatorio; cuando empezaron los tiempos de acallar los fusiles, esas voces se hicieron más nítidas, más contundentes, y los que no habíamos muerto aprendimos a escuchar, a aprender en silencio y volver a las marchas, a las calles, a la ribera del río y a la boca de la mina. Como el agua que espera su tiempo para brotar sobre la tierra, vinieron los pueblos a usurpar la voz oficial, con sus consignas y sus barricadas; hoy siguen llegando pueblos al concierto de las nuevas luchas, las del agua, las de la vida, las del territorio, las del trabajo, las de la semilla natural, las del derecho a la educación y a la salud, las del derecho a vivir de nuevo a resurgir de las cenizas que dejó la guerra. Llamo resurgencia popular a ese conjunto de fenómenos sociales, que estaban esperando brotar para hacer sentir sus polifonías y sus discursos, sus prácticas emancipatorias y sus agendas de cambio. 

Resurge del pueblo de Cajamarca, Piedras y Cumaral, la democracia popular como herramienta para defender el territorio; en menos de 6 meses tres consultas populares le ganaron el pulso a las multinacionales del Oro, que a nombre del extractivismo han extenuado los territorios y la dignidad de sus gentes. También resurge la voz de los Concejos municipales de Támesis y Jericó quienes desde las tribunas institucionales se sostienen en impedir proyectos mineros en sus territorios.

La resurgencia de Buenaventura permitió el paro más largo y hermoso de su historia. No hubo un solo habitante de esta ciudad que no hiciera parte del Paro Cívico. El Gobierno ha hecho promesas y los pueblos han aceptado esperar con escepticismo el compromiso de la palabra empeñada; y si el gobierno no cumple, como es de conocerse su costumbre, el paro volverá a vestir las calles con partidos de futbol y ollas comunitarias en cada barrio de Buenaventura.

El Chocó salió a las calles y la resurgencia popular dijo no más a siglos enteros de olvido y rezago; un acuerdo con el Gobierno permitió levantar el paro, y la gente sabe que en adelante, este país centralizado y racista deberá contar con la historia viva de los pueblos del pacífico.


De la resurgencia de los pueblos indígenas habla hoy la Guajira. Más de 70 días duró la huelga los obreros de la Empresa operadora de la explotación salinera; también las autoridades indígenas Wayuu han tomado el lugar dejado por los obreros de la huelga, y se han tomado las instalaciones de la Empresa privada para exigir cambios en las condiciones del contrato de operación que empobreció a Manaure y enriqueció un grupo de patronos que desprecian el saber y el sabor de la sal de los Wayuu. También están en paro los Wayuu que defienden su territorio en la Alta Guajira contra las trampas de la Empresa EPM quien decidió dejar de cumplir los acuerdos de la Consulta Previa. Y están en pie de lucha los pueblos Wayuu que viven sobre el ferrocarril del Cerrejón que extrae el carbón de Colombia sin que los pueblos originarios puedan disfrutar la renta del extractivismo.



Los maestros y las maestras, lograron la movilización más grande de los últimos años, para mejorar sus condiciones de trabajo y para cambiar al mismo tiempo las condiciones en que el Estado central ha postrado a los colegios y las escuelas. Resurgen los diálogos de luchas entre estudiantes, maestros y comunidades para exigir presupuesto para educación, infraestructura de calidad, y  gratuidad de la educación.

Resurge la voz de los educadores y las educadoras populares, los que han sembrado metodologías participativas y apuestas de conocimiento decoloniales, antipatriarcales y anticapitalistas. Resurge el sueño de una universidad popular de los pueblos, y  hoy cientos de hombres y mujeres comparten esta nueva apuesta colectiva.



Resurge la prensa popular y alternativa, la voz de las regiones y las poblaciones marginadas, la que se enfrenta al monopolio institucional televisado. Resurgen las madres comunitarias y sus luchas por sus derechos, resurgen los activistas de derechos humanos, resurgen las voces trasgresoras del arte popular rompiendo el orden de las calles y los teatros. Resurge un país que de las cenizas de la guerra, clama por su oportunidad definitiva de cambiar la historia.

Es la época de las resurgencias populares. Es el momento de volver a las luchas de los excluidos, los marginados, las mujeres y los hombres de la lengua nativa, del sembradío y de la fábrica. Es la resurgencia de su lucha y de sus voces; es la resurgencia de sus sueños, por los que vivieron y murieron los abuelos y las abuelas que sembraron por primera vez esta porción del mundo y que hoy ha decido asumir el reto de renacer para cambiar el destino trágico al que nos había condenado el pretexto oficial de la guerra. 




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domingo, 21 de mayo de 2017

Buenaventura y Chocó: La Revolución Pacífica

Buenaventura y Chocó:
La Revolución Pacífica

El Paro en el pacífico dejó al descubierto el abandono en que durante décadas el Estado Colombiano, centralista, racista y capitalista, ha sometido a los pobladores del Chocó y Buenaventura.

Por Mauricio Rodríguez Amaya




El chocó no aguantó más y desde cada casa se construyó el Paro Cívico, la gente salió a las calles, cerró el comercio y empezó uno de los capítulos más bellos por la dignidad del pueblo chocoano. Algo parecido sucedió en Buenaventura, la hora cero decretada fue el pasado martes 16 de mayo a las 5:00 a.m.; a partir de entonces, se clausuró el comercio en su totalidad, las vías fueron cerradas y la multitud se tomó las calles. Lo que antes eran estacionamientos de tracto mulas, se volvieron improvisadas canchas de futbol, lugares de canto y currulao, puntos de encuentro entre amigos y vecinas. Así nació el paro, como su región, pacífico, valiente, solidario; un Paro que sólo ha recibido por parte del Estado, la acostumbrada represión policial y estigmatización y señalamientos por parte de los medios de  comunicación dominantes.

El Paro en el pacífico dejó al descubierto el abandono en que durante décadas el Estado Colombiano, centralista, racista y capitalista, ha sometido a los pobladores del Chocó y Buenaventura. El pacífico colombiano pide servicios públicos, pide agua potable, pide escuelas y colegios, pide desarrollo económico, pide paz, esa paz con la que se sueña después de la guerra, esa paz que implica pan y salud, trabajo y dignidad. Esa región ha sido marginada y estigmatizada por siglos. Fue construida a fuerza del cimarronaje libertario del pueblo afro decsendiente  y de la resistencia indígena y mestiza. El pacífico colombiano se quedó rezagado del desarrollo centralista, machista y racista con el que se construyó el Estado; detrás de la cordillera quedó el desarraigo y el abandono.  En esa región, la minería y la industria maderera esclavizan pueblos enteros y destruyen ríos y montañas que sirvieron de refugio a pueblos libertarios; por esa región entra y sale el libre comercio, el 60% de las importaciones que recibe Colombia, pero en su pueblo solo quedan los desperdicios de los contenedores y la contaminación producida por los buques. En toda la región pacífica, sus habitantes son precarizados y tercerizados en su trabajo, estigmatizados por su condición negra o indígena, y condenados a la pobreza y al olvido. A Buenaventura la baña el Dagua y el Danubio, pero no tiene agua potable; su naturaleza produce maderas finas y fieles, pero no tiene industria maderera, la pesca es diaria y abundante, pero no hay mercado pesquero, y los barcos que antes hacían la pesca se oxidan en el mar del abandono. El Chocó tiene las tierras más fértiles de toda Colombia, pero no hay alimentos, las aguas más torrenciales, pero no hay energía y la gente más noble, pero no hay escuelas. El poder central del Estado se queda con todo, con las riquezas del puerto y la industria maderera, con la fuerza de trabajo y la exigencia del oro.



12 familias son dueñas de la Sociedad Portuaria de Buenaventura, ninguno de sus dueños vive en Colombia, pero el puerto vincula 4000 obreros que no tienen contratos de trabajo, estar tercerizados, ganan menos de veinte dólares al mes y no cuentan con seguridad social ni derecho a pensiones.  4000 obreros producen la riqueza de 12 familias, las mismas que controlan los Ministerios de Comercio Exterior y del Trabajo, la Superintendencia de Puertos y la Presidencia de la República, la Gobernación del Valle y la Alcaldía de Buenaventura. Ellos lo controlan todo, pero no viven en Colombia para ver las consecuencias trágicas del modelo de explotación violenta que imponen en el puerto más importante de Colombia.


Los pueblos del Pacífico no aguantan más y han lanzado a la historia un grito de rebeldía, han iniciado una revolución pacífica, libertaria y bella, una revolución negra, indígena y mestiza; una revolución que desde el mar atravesará las montañas de los Andes y se escuchará en cada Rincón de la América Nuestra. La Revolución del Pacífico, es la revolución de todos nosotros y nosotras, los que luchamos por un país donde valga la pena vivir y sembrar, danzar la ritmo del currulao y la marimba, disfrutar los ritos y los mitos de las gentes bellas que conversando con la tierra y el océano han decidido iniciar una nueva lucha por la libertad y han prometido no dar marcha atrás.
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