martes, 20 de abril de 2010

El Efecto Gossaín

El efecto Gossaín

 

Mauricio Rodríguez Amaya

www.bajolamole.blogspot.com

 

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Hace pocos días, Juan Gossaín, Director de noticias de RCN, presentó en su editorial matutina, su opinión sobre el escándalo producido por la interceptación ilegal del DAS, su papel de persecución a la oposición y su capacidad para crear la hecatombe que buscaba Uribe para su segunda reelección.  

 

El veterano periodista colombiano, en un ataque sorpresivo de ética, después de prestar sus servicios por años al canal radiofónico del régimen, mostró la radiografía de la seguridad democrática: terrorismo de estado, montajes, sabotajes y desprestigio social y jurídico a los opositores del uribismo. Sorpresa para la mayoría, que durante años hemos escuchado al periodista preferido de San Bernardo adular a gobernantes de turno, uno por uno, a esconder verdades para favorecer posturas oficiales, a vivir del chiste mientras el país se sume en sus tristezas. Desconcierto para sus jefes y émulos, por semejante respuesta con tan alto grado de dignidad y estoicismo, en medio de tanto periodismo bursátil y de bolsillo.

 

Juan Gossaín es un periodista colombiano que además de contar con una mente brillante y una oratoria métrica, rigurosa y creativa, ha servido juiciosamente a la prensa de los Ardila Lulle por más de 20 años,  fue Pastranista hasta cuando tocó y ha sido Uribista mientras los dueños de la marca lo definan. Ahora, precisamente ahora, cuando está en pleno debate la concesión del tercer canal de Televisión y los intereses de la casa Santos (cuyo candidato presidencial es precisamente el del gobierno)  y los de los socios de RCN están enfrentados, Gossain se despacha en denuncias y señalamientos sobre la función del DAS como aparato del gobierno para confrontar la oposición a partir de operaciones, estrategias y acciones que el mismo periodista califica de monstruosas. Pero supongamos que este detalle empresarial no tiene ninguna influencia sobre la opinión del editorialista, y que efectivamente su opinión es el reflejo de un acto de estupor y vergüenza.

 

Si Juan Gossaín, que ha servido tan disciplinadamente a los intereses de los medios que construyeron el efecto que Amnistía Internacional denominó El embrujo autoritario; que ha servido a los medios que mantienen postrada la opinión pública a favor del régimen impuesto por el finquero; que han contribuido al señalamiento de la oposición y alimentar el odio contra los vecinos; si Juan Gossaín logró ver y entender las macabras operaciones de la oficina de seguridad del presidente y fue capaz se plantear la necesidad de superar el estado de manipulación, zozobra y engaño impuesto por el ubérrimo, ¿porqué no atrevernos a pensar que otros miles de colombianos y colombianas, igualmente frustrados y estupefactos puedan cambiar de opinión a favor de los cambios que requiere el país, para poder  superar toda la porqueriza impuesta en los últimos 8 años de corrupción, persecución antidemocrática y falsos positivos?. En Perú fue posible un cambio que permitió llevar a la cárcel a Fujimori y a Montesinos. Si en Colombia hay gente decente, del tamaño de este Gossain que hoy nos sorprende,  ¿por qué no incentivar su participación para que cambiemos el rumbo de la historia, y en un futuro próximo puedan ir a la cárcel los ubérrimos, sus respectivos santos y los JoséObdulios?

 

Quizás Gossaín no votará por Petro, que sería lo más consecuente con su  nueva postura. Pero es posible que, apoyados en el material del periodista, impulsemos a más personas a acompañar el proyecto del Polo en las elecciones presidenciales de mayo. Aún no hemos perdido y queda por venir la próxima batalla.

 


 

miércoles, 7 de abril de 2010

Por que Mockus?


¿POR QUÉ MOCKUS?

L.A. Restrepo

Casi estoy siendo arrollado por una desbandada: muchos amigos de diferentes oficios —comerciantes, académicos, profesores, estudiantes, uno que otro profesional, uno que otro trabajador— corren frenéticos hacia el regocijante abrazo del Doctor Antanas Mokus. Un muy educadamente violento griterío emerge del tumulto "A la violencia y la corrupción hay que combatirlas con cultura ciudadana. Para lograrla se requiere de la pedagogía de un maestro. Por tanto, el próximo presidente debe ser un político que, aunque mal político, haya sido profesor y que hable de cultura ciudadana: ¡la inteligencia al poder, muerte a los corruptos!" así, con un tufillo raramente profesoral y típicamente dogmático.

Interesante el discurso aquel: para resolver todos los problemas de Colombia necesitamos un maestro que nos enseñe cultura ciudadana. Así como, hace ocho años, necesitábamos un padre que nos protegiera de los malos. Y así como hace doce años necesitábamos de un santo que nos trajera la paz. Quedo con la sensación de estar siendo burlado por ciertas manipulaciones no carentes de astucia: como el santo no trajo la paz, el padre trajo la guerra para expulsar al malo. Una vez expulsado el malo ahora queremos al maestro para que nos enseñe a ser buenos muchachos.

Pues no creo que el padre haya expulsado al malo porque no creo que ese malo exista como tal y, además, la guerra que se propuso terminar continúa con diferentes intensidades. Y no creo que los problemas del país los resuelva la cultura ciudadana que un maestro viene a enseñarnos. Si todos estamos de acuerdo con que la cultura ciudadana es la solución ¿Por qué pensamos que es a los otros a los que hay que educar? En otras palabras ¿por qué no hemos empezado con nosotros mismos? Llega a mi mente el proyecto de Germania, la capital del Tercer Reich: una ciudad perfecta con buenos ciudadanos y calles limpias de basura, polución, corrupción y violencia; toda edificada sobre bella mampostería de mármol esculpido por esclavos gitanos y judíos, tan anónimos como en su momento los cartuchinos del parque Tercer Milenio.

Soy un convencido de que las materias de religión y ética en los colegios y en las universidades no sirven para enseñar ni ética ni moral. Si no funciona en un aula de clases, mucho menos en un país tan grande, diverso y complejo, al cual se quiere convertir en un gran paraninfo. Quiero decir que la cultura ciudadana, así como la ética o la moral, no se enseñan como se enseñan aritmética o física moderna; el que quiera resolver los problemas del país con cultura ciudadana debe empezar practicándola, y para eso no necesita a un presidente que se lo enseñe.

En cambio creo que para resolver esos problemas, que son en esencia problemas políticos, debe atacárselos con soluciones políticas. Las soluciones espirituales a los problemas espirituales serán posibles por cambios en la cultura, cambios que no dependen de un Presidente. Empero, las soluciones políticas en Colombia sólo se construyen cambiando la ruta de los acontecimientos políticos actuales, que son los mismos de hace más de 40 años. Por ello a todos mis amigos que corren a los lejos hacia la montaña verde, les digo que su algarabía tumultuaria no me inclinará a votar por el buen Mokus. Votaré por Petro.


viernes, 26 de marzo de 2010

Ser Falso es Positivo



Ser Falso es Positivo

Reflexiones que podrían ser para tu blog, si te parece

¿Qué heredamos de la cultura precolombina en territorios de América?

 

Manuel Caicedo Paz

Santiago de Cali

Programa Camino al Barrio, TV Comunitaria

www.bajolamole.blogspot.com

 

Si nos atenemos a lo fundamental, espectacular y grandilocuente de las instituciones políticas que nos rigen, ¡nada! Los vencedores suelen siempre -como ocurre nada más hoy con los asentamientos judíos en territorios palestinos ocupados a sangre y fuego-, borrar en lo posible todo vestigio del pasado, fundamentalmente con dos objetivos: a) impedir que la persistencia de las estructuras preexistentes esté recordando la infamia, y b) aplicar borrón y cuenta nueva en el devenir histórico de la comunidad agredida. Al fin y al cabo, toda invasión y arrasamiento de otro pueblo parte de considerarlo inferior, atrasado, y en consecuencia el ingreso triunfal de la contraparte no solo es una azaña militar transitoria sino, en esa lógica, el advenimiento del progreso, la civilización, la forma de vida superior. Ninguna agresión contra otras naciones suele justificarse en la idea de llevar el atraso, la pobreza y la decadencia, sino en valores absolutamente trascendentes, épicos (Testigo de excepción Don Alonso de Ercilla, escritor monarquista del siglo xvi, y su largo poema La Araucana).

 

El caso de la presencia europea en América da cuenta cabal de estas dinámicas: más allá del anecdotario casi fabuloso en que se ha convertido la perplejidad de conquistadores y avanzados ante la majestuosa y exuberante naturaleza americana, lo cierto es que, a poco andar por estas tierras, y cuando aún no se hibridaba la sistemática resistencia que años después habría de caracterizar la historia continental de aquellos tiempos -es decir, cuando aún era posible, digamos ingenuamente, establecer vínculos de amistad propuestos en la mayoría de los casos por el liderato de los pueblos invadidos, como Anacaona y Caupolicán, para no ir más lejos-, el asombro cuasi místico no debió impedir a los civilizados ocupantes apreciar en toda su magnitud la colosal proeza arquitectónica, sanitaria, política, social, cultural y religiosa -atenida esta última a sus dioses tutelares- creada por quienes -¡oh ironía!- habría de tildárseles luego como bárbaros, déspotas, incultos, paganos y otros epítetos del vademécum imperial, arma poderosa del dominio posterior.

 

Vista semejante imponencia de las formas -remember Machu Pichu, Tlaxcala, Guatemala, Santa Martha y más portentos-, y en ellas la estricta aplicabilidad de sus meandros -tempranísima versión de arquitecturas funcionales posmodernas-, cualquiera con dos dedos de frente debió intuir que se encontraba ante civilizaciones avanzadas, solo posibles entre hombres y mujeres de elevada inteligencia, vasta formación tecno/científica, arraigados hábitos de trabajo y esfuerzo, así como sólidas formas políticas que, en conjunto, traducían estables y progresistas sociedades.

 

España, que sufría una insoportable guerra de diez siglos con la vecindad extra continental morisca -de la que había recibido, aún a troche y moche, ingentes aportes culturales en lo hablado, pulido y construido-, bien habría podido remozar sus ímpetus de potencia cultural y espiritual disminuidos en la prolongada contienda, e incorporar buenamente, a su atractivo acervo multiétnico, esta ignota resonancia de colores rutilantes, que sin duda habría venido a iluminar la ya oscurecida y decadente mensajería espiritual de la península. ¡Goza la mente imaginando la enorme consecuencia positiva que habría resultado del sincrético proceso, en la formación de una más poderosa  civilización conjunta!

 

Pero no fue ese el derrotero: rindiendo culto a los hados de la infamia, se procedió a preparar y ejecutar, fría y profesionalmente, una barbarie arrasadora -contra los bárbaros, vea usted- que no solo liquidó una inaudita herencia propiedad de la humanidad entera, sino que privó a esta de un nuevo advenimiento, de un nuevo florecer, cuyo potencial impacto en el destino humano está por medirse. La destrucción de todo vestigio en las civilizaciones invadidas, su reducción a monumentos para asombro de la humanidad contemporánea o -en el mejor de los casos- su débil referencia mediante tradición oral y lenguajes arqueológicos -tenue evocación cifrada que no consigue desentrañar la magnitud de la epopeya destruida- constituyó una pérdida -para no decir crimen, eludiendo lenguajes tremendistas- de la cual la humanidad ya no podrá reponerse.

 

¿Y que decir entonces de la herencia comportamental, ámbito de preocupación en nuestros días? ¡Enigma! Qué tipo de hombres y mujeres habrían resultado si el 14-92 hubiese resultado un verdadero encuentro de culturas, no es fácil de intuir; al fin y al cabo, tal personalidad así emanada recibiría sin esguinces la influencia del quehacer contemporáneo, en aras de cuyos dioses iracundos -mercado, individualismo a ultranza, egoísmo sin límites, hechizos héroes televisivos, abandono de utopías- habría ofrendado en holocausto buena parte de su construcción seglar. En cambio, brillantes creaciones sociológicas colectivistas -la minga, las borracheras y otros usos agoreros- apenas dejan asomar sus virtudes en hombros de necesidades cotidianas insatisfechas por grandes mayorías, manera de paliar en parte toda clase de carencias.

 

¿Cómo encontrar en el indigenato de hoy sumas alegrías a la manera occidental, tan arraigada ya en nuestra psiquis? ¿Cómo no cargar el peso de la terrible desconfianza hacia la mestiza y otras etnias, si se interrumpió abrupta, salvajemente su decurso histórico, sus instituciones políticas, su infraestructura y base económica pero, sobre todo, su vasta cultura milenaria, su música y otros goces del espíritu?

 

Pero en la que hoy llamamos malicia indígena, mezcla de fingimientos, melancolías y provechos indebidos -dicen quienes indebidamente se aprovechan de toda riqueza societal-, de odios y resquemores, tiene también su cuota el escenario de la tal independencia: cuando ya es un hecho que el invasor ha sido derrotado por patriotas en armas -largo ciclo del reloj con que iniciamos esta nota-, acobardado como todo poderoso en batahola de sucesos victimiza a población civil y castiga su opinión, obligando al populacho a silencios espectrales, a diálogos por señas en las esquinas asediadas de la fría Santa Fe; abundan los falsos positivos por presuntos apoyos a la gesta de Bolívar, pero 1810 y los Morales rompen temporal y parcialmente esa modorra expresiva, despertando júbilos y juramentos contenidos que muy pronto, malaya sea, serán sofocados por la contraofensiva imperial. Será hasta los prolegómenos del agosto memorable, nueve años más tarde, cuando de nuevo la euforia permita explosiones de contento. Días antes, sin embargo, los rostros embozados en las ruanas y tupidos chales, los ojillos apenas asomados y perplejos, solo veían una densa polvareda que venía del norte, oliendo aún a Boyacá, sin saber quien regresaba: si el Ejército Libertador, vencedor del dicho puente,  o las hordas imperiales, triunfantes otra vez. La terrible incertidumbre de previas calendas numerosas dejaría su imborrable impronta en los siseos de dicción que, 140 años después, recogerá magistralmente el escritor mexicano Carlos Fuentes,  receptor consciente de esa herencia colosal. Tal siseo, mirando de reojo y no a la cara, medio cubierta con la mano derecha que porta la punta del chal, aumentará una gestualización inconfundible que tiene su remoto origen en la inenarrable opresión de posconquista.                                    

 




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jueves, 25 de marzo de 2010

viernes, 12 de marzo de 2010

Gloria, Hernando y Lucho: un Voto decente


Gloria, Hernando y Lucho:
No es un voto seguro, pero sí decente



Mauricio Rodríguez Amaya
www.bajolamole.blogspot.com

En una democracia marginal como la nuestra, mucha gente se orienta por lo que la gran prensa indique, y si es en temas electorales, muchos y muchas optan por votar por el más seguro, dizque con el propósito de “no perder el voto”. De las consecuencias de este desatino ni hablar. Mi voto no será seguro, (porque la competencia está durísima) pero será un voto de conciencia, un voto decente, una apuesta por personas que harán mucho por recuperar la democracia, luchar por la paz y cambiar el rumbo de un país que está quedando en ruinas.

Al Senado, votaré por Gloria Inés Ramírez; maestra, dirigente sindical, excelente madre e intachable comunista. Ella representa una mirada honesta y una práctica ejemplar de la política de la izquierda colombiana. Gloria Inés Ramírez, es una mujer valiente que ha sufrido las asechanzas del régimen; que vivió el exilio, pero volvió para enfrentar con la frente en alto el poder del ubérrimo desde el Senado de la República. Este será su segundo periodo en el parlamento y estoy seguro que no dará el brazo a torcer en la defensa de los derechos y la paz.

A la Cámara por Bogotá, votaré por Hernando Gómez Serrano; entrañable amigo, orador inagotable, gran conversador y con un excepcional conocimiento sobre la realidad del país, la región y Bogotá. Cualquiera que se haya gozado una conferencia de Hernando Gómez Serrano sobre megaproyectos, planes estratégicos o sobre el POT de la capital, o quien haya tenido el gusto de caminarse la ciudad con él, con sus historias y sus enseñanzas, la tendrá difícil si piensa votar por otro. Si llega a la Cámara, no tengo duda que hará historia en el Parlamento colombiano.

Votaré con Lucho en la consulta presidencial del Partido Verde; porque ha sido un político honesto; reversó la privatización de la educación y la salud durante su alcaldía de Bogotá, y porque habla sin rodeos, directo al hígado, y con la frescura de quien no tiene nada que temer, ni nada que deber. Lucho, de ganar la consulta, le dará un tono nuevo a esta campaña presidencial, tan aburrida y prefabricada.

Colombia requiere que su congreso funcione en el Parlamento y las regiones y no la Picota, que los legisladores y legisladoras trabajen para que se fortalezca la democracia y no para servir de escuderos del presidente de turno. Colombia puede cambiar de rumbo; esta decisión está en las manos de cada uno y cada una de los votantes. El reto es duro, pero no imposible.

jueves, 4 de marzo de 2010

Bogotá Está parada, y el alcalde ahí




Bogotá está parada, y el alcalde ahí



Son varias las causas: un gremio que se niega a regalarse a los monopolios, una ciudadanía que no asume una postura frente a los hechos, una ciudad repleta de carros, trancones obras inconclusas y un alcalde inútil.



Por: Despertandogente


Me permito proponer algunos puntos de vista sobre los factores que en este momento tienen paralizada la ciudad y algunas propuestas que pudieran servir, no para solucionar el problema, sino para enredar un trisito más la cuerda.



En primera medida, los autodenominados pequeños empresarios del transporte público en Bogotá, constituyen uno de los gremios (por no decir mafias) más fuertes de la capital. Cada alcalde pasa primero por ellos, luego por los votos. Viven del trabajo al destajo de los choferes; no pagan impuestos de acuerdo con el valor real de sus rentas, porque sencillamente no se pueden medir sus ganancias en la forma como actualmente está organizada la prestación de su servicio; gozan de un negocio redondo: Invierten en un bus, y en adelante viven de quienes se ven obligados a comprarles el cupo, llevarles diaria o semanalmente las ganancias, mantener el vehículo y asumir los partes que les claven al día. Un chofer de bus se gana 40 pesos por pasajero, el resto queda en los bolsillos del humilde dueño del busesito. Pero ahora andan preocupados; los monopolios del transporte vienen por todo en Bogotá, se cansaron de tanta estorbosa máquina que inunda las calles sin que representen ganancias para ellos. El monopolio es la clave de la estructura económica que defienden alcalde y ministro tan aunadamente. Los pequeños andan preocupados, porque están amenazados de salir del baile, y han decidido parar hasta que las condiciones de su absorción por los más poderosos se haga en unas condiciones de mayor rentabilidad. Los propietarios por sus números, los choferes por orden del patrón y los demás por que les toca, tienen parada a la ciudad, hasta que el más rico les diga bueno, o el alcalde ceda en su pretensión de venderlos con todo y chatarras.



El segundo factor, en mi opinión más grave, consiste en una ciudadanía desmovilizada, pero no por la falta de buses sino por el exceso de opinión pública, que es el nombre real de la falta de opinión propia. Una ciudadanía que se deja manipular sin escrúpulo de los errecenes o los caracoles que les cantan al oído que el paro es producto del terrorismo, que los vándalos son hijos de choferes, y que el pobre ministro vino a salvar al alcalde inútil de tan inmisericorde porfía. Hacer paros en estos días, ¡a quien se le ocurre, en medio de tanta seguridad democrática! ¡Por Dios!. Ciudadanos y ciudadanas que cierran los sentidos a la realidad, se cuelgan de lo que sea para llegar al trabajo, caminan horas enteras por el miserable mínimo que impuso el gobierno en diciembre. Se creen el cuento mentiroso de alcalde y noticieros de que el paro se levantó el martes, y el miércoles y ahora sí mañana. Ciudadanos y ciudadanas que no opinan, que son materia dócil y manipulable del dictamen que se generaliza en las cadenas de radio y en la televisión. Qué podríamos hacer para que entiendan de una vez por todas que estamos en paro. En paro, sencillamente así: En paro.



Del tercer factor de inmovilidad, ni hablar: basta ir por la décima, la del trancón eterno; o ver la desastrosa desaparición de la calle 26, la misma que construyó el abuelo del alcalde inútil; por cada calle un trancón, por cada obra inconclusa cientos de carros y miles de personas soportando con hastío el inmenso mar de autos inmóviles y contaminantes. No es dignidad, ni se puede llamar calidad de vida, la manera absurda como los bogotanos y bogotanas deben soportar las obras que exige el progreso. Del metro ni un centímetro, del Sistema de Integrado, solo desintegración de los más chiquitos a favor del pez grande, de la fase tres del Transmilenio solo el desfase en la entrega de las obras. Las calles de barro siguen siendo de barro, invertimos en echar el cemento sobre el cemento; el gobierno está decidido a montar como sea, al costo que sea, la infraestructura que requieren las multinacionales para que Bogotá sea un puerto de paso de mercancías y materias primas; vemos sin mirar y la vista no nos alcanza para comprender que a los gobiernos de Uribe y de Samuel les importa un bledo la indignidad de los bogotanos, el abuso diario y la falta de planeación efectiva a favor de los pobres.



Y por último, pero no menos importante: Bogotá está paralizada por un alcalde inútil. Este personaje mediático y desinteligente (como diría el filólogo y comentarista Carlos Antonio Vélez), no le importa la ciudad sino su imagen. Esta es la hora en la que el alcalde no ha asistido a ninguna reunión directa con los transportadores. Tiene a funcionarios de segunda y de tercera, en la mesa de negociación, en la que no se puede negociar porque no está el dueño de la marca. Este alcalde mediocre, entregó millones de millones a los amigos del ministro Andrés (el de transporte, aclaro), para que se llenaran los bolsillos sin que cumplieran con sus respectivas concesiones. Este galán de poca iniciativa, no atiende a los problemas de la gente, los agrava; aplica picante para bajar el reconcomio. Cansada la gente de trancones y trancones, él se inventa otros para que no exista duda sobre su estupidez. El alcalde inútil tiene la ciudad parada por las obras y la falta de capacidad para enfrentar con altura una negociación de intereses económicos. Pero, para completar, ha decidido sitiar la ciudad con los chapetones del ESMAD y el ejército (no ha podido meter la armada, porque las pirañas no caben por el Arzobispo). Más violencia en las calles; provocadores profesionales que a nombre de la Ley y el orden público, pueden, en cuestión de minutos, fomentar la más enconada batalla campal, claro, unos a piedra y ellos a bala, como debe ser, en un estado de derecha. El alcalde de Bogotá no renuncia (aún), pero tampoco busca alternativas para volver a la normalidad. Cerrado a la banda por la legitimidad que le ofrece la violencia oficial, anda amenazando a los huelguistas, a los mismos que no ha querido escuchar directamente. Bogotá está sitiada, amenazada y en paro; y el alcalde ahí, mirando pasar la vida desde el Liévano, sin atreverse a constatar con sus propios ojos lo que ya se le salió de las manos: la ciudad entera.



Las soluciones realmente son pocas: una podría ser que el Alcalde cesara en su intento de vender los pequeños a los grandes a precios irrisorios y ridículos; pero esto lo metería en problemas con los monopolios y su amigo el ministro. Otra podría ser que el alcalde renunciara, para que el Polo tuviera tiempo de corregir en algo la mediocridad y el daño; pero los costos políticos ya son insalvables, y mientras se hunde el alcalde en su tontería, se entierran con él las posibilidades de que el Polo demuestre que es capaz de gobernar la ciudad más importante de Colombia.



Por donde se vea las opciones son pocas, y parece que por hoy, la gente seguirá echando quimba la mitad del día, los taxistas seguirán haciendo de las suyas, aprovechándose del cansancio y las necesidades de sus pasajeros; Los pequeños transportadores seguirán en la casa o en las barricadas, y la prensa seguirá insistiendo en que el paro ya fue levantado. Sobre el alcalde inútil, no tenemos la menor idea a que dedicará el día; seguramente estará en la casa, con su mamita, esperando que se levante el paro.