martes, 27 de abril de 2010

Encuesta Rápida

Encuesta Rápida:
 

¿si usted fuera presidente de Colombia, extraditaría a Alvaro Uribe Vélez?

responda sí, no o no sabe.
 
 

 

sábado, 24 de abril de 2010

Soneto a los párpados de Juan Manuel Santos...

Soneto a los párpados de Juan Manuel Santos

Por Daniel Samper Ospina
(Emitido Hoy x Hoy 23/04/10)


Opérate los párpados, doctor:
Respíngate de nuevo aquellas ñatas:
Oh Juan Manuel del tiempo que abaratas
Tus posturas postizas sin color.

Ponte una U en las cejas tan bonitas,
Consigue un senador azul y rojo
Inflámate las bolsas de los ojos
Y usa delineador si no te irritas.

¿Te me estás operando como en Jaque
esta vez en tus ojos y en su empaque
de párpados henchidos como espantos?

Qué miedo y qué postizo tu gobierno
Parecido a tus párpados de invierno
Parecidos a ti, Juan Manuel Santos

martes, 20 de abril de 2010

El Efecto Gossaín

El efecto Gossaín

 

Mauricio Rodríguez Amaya

www.bajolamole.blogspot.com

 

Apoye esta nota con

http://www.youtube.com/watch?v=oLucvgmXVNI

 

Hace pocos días, Juan Gossaín, Director de noticias de RCN, presentó en su editorial matutina, su opinión sobre el escándalo producido por la interceptación ilegal del DAS, su papel de persecución a la oposición y su capacidad para crear la hecatombe que buscaba Uribe para su segunda reelección.  

 

El veterano periodista colombiano, en un ataque sorpresivo de ética, después de prestar sus servicios por años al canal radiofónico del régimen, mostró la radiografía de la seguridad democrática: terrorismo de estado, montajes, sabotajes y desprestigio social y jurídico a los opositores del uribismo. Sorpresa para la mayoría, que durante años hemos escuchado al periodista preferido de San Bernardo adular a gobernantes de turno, uno por uno, a esconder verdades para favorecer posturas oficiales, a vivir del chiste mientras el país se sume en sus tristezas. Desconcierto para sus jefes y émulos, por semejante respuesta con tan alto grado de dignidad y estoicismo, en medio de tanto periodismo bursátil y de bolsillo.

 

Juan Gossaín es un periodista colombiano que además de contar con una mente brillante y una oratoria métrica, rigurosa y creativa, ha servido juiciosamente a la prensa de los Ardila Lulle por más de 20 años,  fue Pastranista hasta cuando tocó y ha sido Uribista mientras los dueños de la marca lo definan. Ahora, precisamente ahora, cuando está en pleno debate la concesión del tercer canal de Televisión y los intereses de la casa Santos (cuyo candidato presidencial es precisamente el del gobierno)  y los de los socios de RCN están enfrentados, Gossain se despacha en denuncias y señalamientos sobre la función del DAS como aparato del gobierno para confrontar la oposición a partir de operaciones, estrategias y acciones que el mismo periodista califica de monstruosas. Pero supongamos que este detalle empresarial no tiene ninguna influencia sobre la opinión del editorialista, y que efectivamente su opinión es el reflejo de un acto de estupor y vergüenza.

 

Si Juan Gossaín, que ha servido tan disciplinadamente a los intereses de los medios que construyeron el efecto que Amnistía Internacional denominó El embrujo autoritario; que ha servido a los medios que mantienen postrada la opinión pública a favor del régimen impuesto por el finquero; que han contribuido al señalamiento de la oposición y alimentar el odio contra los vecinos; si Juan Gossaín logró ver y entender las macabras operaciones de la oficina de seguridad del presidente y fue capaz se plantear la necesidad de superar el estado de manipulación, zozobra y engaño impuesto por el ubérrimo, ¿porqué no atrevernos a pensar que otros miles de colombianos y colombianas, igualmente frustrados y estupefactos puedan cambiar de opinión a favor de los cambios que requiere el país, para poder  superar toda la porqueriza impuesta en los últimos 8 años de corrupción, persecución antidemocrática y falsos positivos?. En Perú fue posible un cambio que permitió llevar a la cárcel a Fujimori y a Montesinos. Si en Colombia hay gente decente, del tamaño de este Gossain que hoy nos sorprende,  ¿por qué no incentivar su participación para que cambiemos el rumbo de la historia, y en un futuro próximo puedan ir a la cárcel los ubérrimos, sus respectivos santos y los JoséObdulios?

 

Quizás Gossaín no votará por Petro, que sería lo más consecuente con su  nueva postura. Pero es posible que, apoyados en el material del periodista, impulsemos a más personas a acompañar el proyecto del Polo en las elecciones presidenciales de mayo. Aún no hemos perdido y queda por venir la próxima batalla.

 


 

miércoles, 7 de abril de 2010

Por que Mockus?


¿POR QUÉ MOCKUS?

L.A. Restrepo

Casi estoy siendo arrollado por una desbandada: muchos amigos de diferentes oficios —comerciantes, académicos, profesores, estudiantes, uno que otro profesional, uno que otro trabajador— corren frenéticos hacia el regocijante abrazo del Doctor Antanas Mokus. Un muy educadamente violento griterío emerge del tumulto "A la violencia y la corrupción hay que combatirlas con cultura ciudadana. Para lograrla se requiere de la pedagogía de un maestro. Por tanto, el próximo presidente debe ser un político que, aunque mal político, haya sido profesor y que hable de cultura ciudadana: ¡la inteligencia al poder, muerte a los corruptos!" así, con un tufillo raramente profesoral y típicamente dogmático.

Interesante el discurso aquel: para resolver todos los problemas de Colombia necesitamos un maestro que nos enseñe cultura ciudadana. Así como, hace ocho años, necesitábamos un padre que nos protegiera de los malos. Y así como hace doce años necesitábamos de un santo que nos trajera la paz. Quedo con la sensación de estar siendo burlado por ciertas manipulaciones no carentes de astucia: como el santo no trajo la paz, el padre trajo la guerra para expulsar al malo. Una vez expulsado el malo ahora queremos al maestro para que nos enseñe a ser buenos muchachos.

Pues no creo que el padre haya expulsado al malo porque no creo que ese malo exista como tal y, además, la guerra que se propuso terminar continúa con diferentes intensidades. Y no creo que los problemas del país los resuelva la cultura ciudadana que un maestro viene a enseñarnos. Si todos estamos de acuerdo con que la cultura ciudadana es la solución ¿Por qué pensamos que es a los otros a los que hay que educar? En otras palabras ¿por qué no hemos empezado con nosotros mismos? Llega a mi mente el proyecto de Germania, la capital del Tercer Reich: una ciudad perfecta con buenos ciudadanos y calles limpias de basura, polución, corrupción y violencia; toda edificada sobre bella mampostería de mármol esculpido por esclavos gitanos y judíos, tan anónimos como en su momento los cartuchinos del parque Tercer Milenio.

Soy un convencido de que las materias de religión y ética en los colegios y en las universidades no sirven para enseñar ni ética ni moral. Si no funciona en un aula de clases, mucho menos en un país tan grande, diverso y complejo, al cual se quiere convertir en un gran paraninfo. Quiero decir que la cultura ciudadana, así como la ética o la moral, no se enseñan como se enseñan aritmética o física moderna; el que quiera resolver los problemas del país con cultura ciudadana debe empezar practicándola, y para eso no necesita a un presidente que se lo enseñe.

En cambio creo que para resolver esos problemas, que son en esencia problemas políticos, debe atacárselos con soluciones políticas. Las soluciones espirituales a los problemas espirituales serán posibles por cambios en la cultura, cambios que no dependen de un Presidente. Empero, las soluciones políticas en Colombia sólo se construyen cambiando la ruta de los acontecimientos políticos actuales, que son los mismos de hace más de 40 años. Por ello a todos mis amigos que corren a los lejos hacia la montaña verde, les digo que su algarabía tumultuaria no me inclinará a votar por el buen Mokus. Votaré por Petro.


viernes, 26 de marzo de 2010

Ser Falso es Positivo



Ser Falso es Positivo

Reflexiones que podrían ser para tu blog, si te parece

¿Qué heredamos de la cultura precolombina en territorios de América?

 

Manuel Caicedo Paz

Santiago de Cali

Programa Camino al Barrio, TV Comunitaria

www.bajolamole.blogspot.com

 

Si nos atenemos a lo fundamental, espectacular y grandilocuente de las instituciones políticas que nos rigen, ¡nada! Los vencedores suelen siempre -como ocurre nada más hoy con los asentamientos judíos en territorios palestinos ocupados a sangre y fuego-, borrar en lo posible todo vestigio del pasado, fundamentalmente con dos objetivos: a) impedir que la persistencia de las estructuras preexistentes esté recordando la infamia, y b) aplicar borrón y cuenta nueva en el devenir histórico de la comunidad agredida. Al fin y al cabo, toda invasión y arrasamiento de otro pueblo parte de considerarlo inferior, atrasado, y en consecuencia el ingreso triunfal de la contraparte no solo es una azaña militar transitoria sino, en esa lógica, el advenimiento del progreso, la civilización, la forma de vida superior. Ninguna agresión contra otras naciones suele justificarse en la idea de llevar el atraso, la pobreza y la decadencia, sino en valores absolutamente trascendentes, épicos (Testigo de excepción Don Alonso de Ercilla, escritor monarquista del siglo xvi, y su largo poema La Araucana).

 

El caso de la presencia europea en América da cuenta cabal de estas dinámicas: más allá del anecdotario casi fabuloso en que se ha convertido la perplejidad de conquistadores y avanzados ante la majestuosa y exuberante naturaleza americana, lo cierto es que, a poco andar por estas tierras, y cuando aún no se hibridaba la sistemática resistencia que años después habría de caracterizar la historia continental de aquellos tiempos -es decir, cuando aún era posible, digamos ingenuamente, establecer vínculos de amistad propuestos en la mayoría de los casos por el liderato de los pueblos invadidos, como Anacaona y Caupolicán, para no ir más lejos-, el asombro cuasi místico no debió impedir a los civilizados ocupantes apreciar en toda su magnitud la colosal proeza arquitectónica, sanitaria, política, social, cultural y religiosa -atenida esta última a sus dioses tutelares- creada por quienes -¡oh ironía!- habría de tildárseles luego como bárbaros, déspotas, incultos, paganos y otros epítetos del vademécum imperial, arma poderosa del dominio posterior.

 

Vista semejante imponencia de las formas -remember Machu Pichu, Tlaxcala, Guatemala, Santa Martha y más portentos-, y en ellas la estricta aplicabilidad de sus meandros -tempranísima versión de arquitecturas funcionales posmodernas-, cualquiera con dos dedos de frente debió intuir que se encontraba ante civilizaciones avanzadas, solo posibles entre hombres y mujeres de elevada inteligencia, vasta formación tecno/científica, arraigados hábitos de trabajo y esfuerzo, así como sólidas formas políticas que, en conjunto, traducían estables y progresistas sociedades.

 

España, que sufría una insoportable guerra de diez siglos con la vecindad extra continental morisca -de la que había recibido, aún a troche y moche, ingentes aportes culturales en lo hablado, pulido y construido-, bien habría podido remozar sus ímpetus de potencia cultural y espiritual disminuidos en la prolongada contienda, e incorporar buenamente, a su atractivo acervo multiétnico, esta ignota resonancia de colores rutilantes, que sin duda habría venido a iluminar la ya oscurecida y decadente mensajería espiritual de la península. ¡Goza la mente imaginando la enorme consecuencia positiva que habría resultado del sincrético proceso, en la formación de una más poderosa  civilización conjunta!

 

Pero no fue ese el derrotero: rindiendo culto a los hados de la infamia, se procedió a preparar y ejecutar, fría y profesionalmente, una barbarie arrasadora -contra los bárbaros, vea usted- que no solo liquidó una inaudita herencia propiedad de la humanidad entera, sino que privó a esta de un nuevo advenimiento, de un nuevo florecer, cuyo potencial impacto en el destino humano está por medirse. La destrucción de todo vestigio en las civilizaciones invadidas, su reducción a monumentos para asombro de la humanidad contemporánea o -en el mejor de los casos- su débil referencia mediante tradición oral y lenguajes arqueológicos -tenue evocación cifrada que no consigue desentrañar la magnitud de la epopeya destruida- constituyó una pérdida -para no decir crimen, eludiendo lenguajes tremendistas- de la cual la humanidad ya no podrá reponerse.

 

¿Y que decir entonces de la herencia comportamental, ámbito de preocupación en nuestros días? ¡Enigma! Qué tipo de hombres y mujeres habrían resultado si el 14-92 hubiese resultado un verdadero encuentro de culturas, no es fácil de intuir; al fin y al cabo, tal personalidad así emanada recibiría sin esguinces la influencia del quehacer contemporáneo, en aras de cuyos dioses iracundos -mercado, individualismo a ultranza, egoísmo sin límites, hechizos héroes televisivos, abandono de utopías- habría ofrendado en holocausto buena parte de su construcción seglar. En cambio, brillantes creaciones sociológicas colectivistas -la minga, las borracheras y otros usos agoreros- apenas dejan asomar sus virtudes en hombros de necesidades cotidianas insatisfechas por grandes mayorías, manera de paliar en parte toda clase de carencias.

 

¿Cómo encontrar en el indigenato de hoy sumas alegrías a la manera occidental, tan arraigada ya en nuestra psiquis? ¿Cómo no cargar el peso de la terrible desconfianza hacia la mestiza y otras etnias, si se interrumpió abrupta, salvajemente su decurso histórico, sus instituciones políticas, su infraestructura y base económica pero, sobre todo, su vasta cultura milenaria, su música y otros goces del espíritu?

 

Pero en la que hoy llamamos malicia indígena, mezcla de fingimientos, melancolías y provechos indebidos -dicen quienes indebidamente se aprovechan de toda riqueza societal-, de odios y resquemores, tiene también su cuota el escenario de la tal independencia: cuando ya es un hecho que el invasor ha sido derrotado por patriotas en armas -largo ciclo del reloj con que iniciamos esta nota-, acobardado como todo poderoso en batahola de sucesos victimiza a población civil y castiga su opinión, obligando al populacho a silencios espectrales, a diálogos por señas en las esquinas asediadas de la fría Santa Fe; abundan los falsos positivos por presuntos apoyos a la gesta de Bolívar, pero 1810 y los Morales rompen temporal y parcialmente esa modorra expresiva, despertando júbilos y juramentos contenidos que muy pronto, malaya sea, serán sofocados por la contraofensiva imperial. Será hasta los prolegómenos del agosto memorable, nueve años más tarde, cuando de nuevo la euforia permita explosiones de contento. Días antes, sin embargo, los rostros embozados en las ruanas y tupidos chales, los ojillos apenas asomados y perplejos, solo veían una densa polvareda que venía del norte, oliendo aún a Boyacá, sin saber quien regresaba: si el Ejército Libertador, vencedor del dicho puente,  o las hordas imperiales, triunfantes otra vez. La terrible incertidumbre de previas calendas numerosas dejaría su imborrable impronta en los siseos de dicción que, 140 años después, recogerá magistralmente el escritor mexicano Carlos Fuentes,  receptor consciente de esa herencia colosal. Tal siseo, mirando de reojo y no a la cara, medio cubierta con la mano derecha que porta la punta del chal, aumentará una gestualización inconfundible que tiene su remoto origen en la inenarrable opresión de posconquista.                                    

 




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